La secta del perro

La Veranda de Rafa Rius

“ … y nadie estuvo ya seguro de que una buena mañana no se encontraría en el caso de tener que acogerse a una vida de perro , de la que antes se había mofado. La doctrina de la indestructible libertad del individuo, que una generación antes era todavía una paradoja, convirtióse ahora en un consuelo, que para muchos helenos no era ya paradójico ni trivial.”

E. Schwartz

Corría el Siglo IV Antes de nuestra Era y en Grecia se iniciaba el Helenismo, un largo periodo de decadencia después de los fastos del Siglo V. Pues bien, en pleno Helenismo, en ese contexto de deterioro crepuscular de las ideas clásicas, surgieron unos extraños personajes -hoy diríamos unos frikis de la época- que viviendo voluntariamente al margen de los valores establecidos, se llamaban a sí mismos “kinikós” : perrunos, y eran lo que hoy conocemos como filósofos cínicos.

Hay algunas palabras que tienen una evolución semántica aciaga. Cínico es sin duda una de ellas: ha pasado de ser una corriente filosófica respetada a un adjetivo descalificativo e insultante. Mucho me temo que semejante evolución de su significado no sea del todo inocente. Por lo que se refiere a los “kinikós”, su gusto por el sarcasmo y la sátira más mordaz, su desprecio por los valores sociales más apreciados: dinero, fama, poder; su ascetismo, su práctica sin restricciones de la libertad de palabra, sus actos desvergonzados y públicos (hacer cualquier cosa en cualquier lugar, decía Crates) y el ejemplo elocuente de su forma de vida, coherente con sus ideas: no es el paradigma de lo que los poderes sociales considerarían un modelo a seguir por las jóvenes generaciones.

Pese a ello, o quizás por ello, en nuestros días, frente a una situación monolítica, cerrada, que sólo convoca impotencias de todo tipo, en la que el único cinismo que nos llega, en el peor sentido posible de la palabra, es el que aliña las mentiras en los discursos del poder, no puede ser “normal” que una persona quiera ser feliz como un perro. Detrás de una declaración así, se esconde todo un programa ético, claro y revolucionario que se dirige al individuo consciente y no a la masa acrítica y que supone por tanto un claro peligro para el buen orden del Sistema.

Pues bien, si, como en la época helenística, convenimos en que vivimos tiempos de decadencia en los que los valores éticos más contrastados saltan por los aires, el latrocinio y la impunidad se extienden por doquier, mientras las vidas de las personas se van deteriorando implacablemente y la búsqueda del bienestar y la felicidad, dentro de una existencia irrepetible, aparecen cada vez más lejanas, estaría bien que nos acercásemos un poco más a los cínicos, a los de verdad. Es muy posible que los de la secta del perro, tengan mucho que enseñarnos en los decadentes y nefastos tiempos que nos ha tocado vivir.

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