El ángel exterminador y el silencio de los corderos

La Veranda de Rafa Rius

El Ángel Exterminador es sin duda una de las obras maestras de la historia del cine. Su argumento es famoso: un grupo de burgueses celebra una fiesta en una lujosa mansión. Tras acabar, se disponen a marcharse cuando descubren que no pueden hacerlo. Las puertas permanecen abiertas pero nadie puede salir. Desde fuera, cuando detectan la situación, familiares, policía y hasta el ejército intentan entrar en la mansión para rescatarlos pero, pese a estar todas las puertas abiertas, se dan cuenta de que tampoco pueden entrar. Después de varios días y tras distintos avatares cargados de humor negro y mala leche, alguien descubre que después de dar muchas vueltas están como al principio y así consiguen salir. Una vez resuelta la situación celebran en la iglesia una misa como agradecimiento por el feliz desenlace de la movida… pero vuelve a reproducirse el mismo panorama: cuando curas y feligreses intentan salir de una iglesia con las puertas totalmente abiertas, nadie puede traspasar el umbral. En el plano final, vemos un rebaño de ovejas atravesando la plaza y entrando mansamente en el templo.

Las metáforas surrealistas poseen la nobleza de iluminar el túnel sin pretender ser en ningún caso la luz que anuncia su final. Abiertas a múltiples interpretaciones todas ellas igualmente plausibles, atesoran la capacidad de situarnos inermes frente a nuestra perplejidad.

Cuando en El Ángel Exterminador, Buñuel, tras el final de la fiesta, nos presenta un paisaje de puertas abiertas, de pálidos umbrales insondables de tránsito imposible, cuando nos muestra un grupo humano incapaz de ver más allá de sus narices, negándose a sí mismo cualquier posibilidad de liberación, está viajando más allá de las fronteras de la metáfora para ofrecernos un ejercicio de anticipación, una posibilidad de lectura totalmente contemporánea.

¿Cómo no recordar las imágenes de Buñuel desde lo más profundo de una catástrofe social, no por anunciada menos intolerable?

Desde diferentes plataformas se viene planteando desde hace algún tiempo la inviabilidad del actual sistema político desde la perspectiva de una mínima equidad social. Un sistema que continuamente nos agobia con nuevas y crecientes muestras de iniquidad. La explotación es cada vez más despiadada, la frustración y el desánimo se extienden por doquier… Pues bien, a pesar de todo ello, apenas se dejan oír voces que denuncien el carácter insoportable de la actual maquinaria estatal y planteen la necesidad de caminar de manera decidida hacia otras formas radicalmente distintas de entender nuestra vida en común. Es más: aún hay quien se atreve a sostener contra toda evidencia aquello tan viejo y tan falso de que es el menos malo de los sistemas posibles y que esto se arregla con una reforma de la ley electoral. “Está claro que tal como está este sistema no nos sirve, pero… “

Entretanto, como en la película de Buñuel, las puertas que abren caminos hacia nuevos e inciertos horizontes permanecen abiertas de par en par mientras nos obstinamos en permanecer encerrados, discutiendo sobre si son galgos o podencos, cuando es obvio que la fiesta –si es que alguna vez la hubo- hace tiempo que acabó.

Por otra parte, cada vez parece más razonable pensar que todo cambio social debería comenzar por un cambio personal. Difícilmente se puede conjeturar una sociedad libre que no esté formada por personas libres, lo cual implicaría un decidido compromiso individual. Es muy socorrido echar la culpa al sistema cuando hay multitud de pequeñas pero importantes cuestiones cotidianas en las que poco tiene que ver el sistema, que sólo dependen de nuestra voluntad y que a pesar de ello seguimos sin resolver. Pequeños y audaces cambios que modificarían nuestro entorno de cara a autogestionar nuestras vidas y no estar más pillados de lo inevitable en trampas prescindibles.

Tal parece que vivamos instalados en el miedo a explorar la posibilidad de ser dueños de nuestro destino, de promover la cooperación y la ayuda mutua y no el enfrentamiento y la competición, de rechazar la ignominia de toda autoridad impuesta, de vivir personalmente y en la medida de lo posible al margen de Estado y Capital…

Parece evidente que si no ponemos remedio, por el camino que llevamos acabaremos como la película de Buñuel: convertidos en un rebaño de mansos corderos que cruza la plaza y se dirige sumiso hacia una iglesia –cualquier iglesia- que, esa sí, siempre tiene las puertas abiertas para los borregos. (“De cierto, de cierto os digo: yo soy la puerta de las ovejas” Juan, 10:7)

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