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Que veinte años no es nada

La Veranda de Rafa Rius

Eso dice el tango, pero hay opiniones para todos los gustos. Veinte, cuarenta, sesenta, ochenta… ¿Se pueden establecer diferencias significativas entre los sucesivos “yoes” que vamos siendo? Y lo que es más importante: ¿La edad crea barreras comunicativas que dificulten o nos impidan el entendimiento y el disfrute de las relaciones personales con personas situadas en diferentes tramos vitales?

Por desgracia, este es un campo en el que los tópicos más infames campan por sus respetos con total impunidad. Quizás el más atrevido a la par que atroz es el que pontifica acerca de la edad y el sentimiento revolucionario y dice aquella estupidez de que: “el que a los veinte años no es un revolucionario, está loco y el que a los cuarenta sigue siéndolo, también” como si la convicción y el deseo de querer cambiar la inicua sociedad que soportamos fuera una cuestión de edad. Como si el que a los veinte se consideraba revolucionario y a los cuarenta no, no fuese porque seguramente tampoco lo era a los veinte. Como si muchas personas que en su juventud eran más tibias, conforme van acumulando años de derrotas, frustraciones e impotencias, no fueran paralelamente alcanzando la lucidez necesaria para ser cada vez más intransigentes frente a lo indigno.


La posibilidad de comunicación interpersonal y la forma de interrelación con el medio social, tiene seguramente mucho más que ver con toda una serie de factores vinculados a componentes éticos y estéticos y con unas determinadas maneras de vivir la cotidianeidad que con otros factores en cualquier caso aleatorios, derivados de la edad o de una supuesta distancia generacional.

Es muy probable que en los últimos meses de movilizaciones en la calle hayamos presenciado escenas en las que personas de la absurdamente denominada “tercera edad” compartían su tiempo y sus vivencias con otras que podrían ser sus nietos, en pie de igualdad y en un ambiente de camaradería, afecto y complicidades múltiples. Paralelamente, estamos hartos de ver grupos de edad similar, fuertemente enfrentados por sus irreconciliables formas de entender la vida.

Más allá de la evidencia de que existen explotadores y explotados de todas las edades, sumisos y conformistas de dieciocho años tanto como rebeldes y luchadores de ochenta (y viceversa, of course) , habría que analizar si efectivamente existe algún elemento determinante que diferencie de manera significativa las diferentes etapas vitales o si, por el contrario, más allá de aspectos adjetivos y superficiales, el tema de las diferencias generacionales no es sino otro tópico más que nos han vendido, como parte de la vieja estrategia del “divide y vencerás”. En la sociedad capitalista, el dios mercado es el que dicta y monopoliza las reglas del juego social: el marketing impone sus criterios inexorablemente. Así, de la misma manera que hay coches concebidos para hombres o mujeres, obreros o ejecutivos, también, consecuentemente, existen multitud de productos diseñados en función de la edad de sus potenciales consumidores. Las personas hemos devenido en simples células de compra. Llegados a este punto, sí que interesa marcar las distintas generaciones como unidades de consumo diferenciadas para un mejor ajuste de la logística de ventas.

Por un lado, se produce la entronización de la juventud como principal referente vital, no sólo para si misma sino para el conjunto de las edades: se venden como churros las cremas antiarrugas, los tintes para las canas y no es extraño ver personas de “edad avanzada” con bermudas floreadas y una camiseta con el logotipo de algún grupo jevi (ni que decir tiene que cada cual es muy libre de vestir como le venga en gana) y por otro lado, se cultiva la veneración por los mayores de la edad dorada en medio de una ensalada de eufemismos a cual más baboso y atroz, puesto que en muchos casos, los abuelos también tienen sus ahorrillos y siguen siendo un bocado apetecible como potenciales compradores de todas las fruslerías que consigan endosarles, tanto da una cristalería de Bohemia como un fastuoso crucero por las islas del Egeo.

Lo dicho: más allá del insoslayable deterioro físico y mental que el tiempo conlleva, sólo nos queda la evidencia de la utilización mercantilista de nuestros miedos, así que dejémonos de paparruchas generacionales, relacionémonos con las personas guapas de cualquier edad y cuando el cuerpo o el coco dejen de soportarnos con dignidad: un chute de morfina y a otra cosa.

Y sobre todo, no olvidemos que a cualquier edad podemos hacer nuestro el viejo estribillo de Macky Navaja: “La vida te da sorpresas… sorpresas te da la vida”

\ Segueix-nos/

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