La Veranda de Rafa Rius
Aparcando por un momento en la veranda el territorio de lo puramente político, descenderemos unos momentos al campo de las relaciones personales, que también son sociales puesto que se dan en sociedad y acaban afectando en bastantes casos a lo político (y si no que se lo digan al Clinton o al Strauss Kahn)
Cuando se habla de relaciones personales, tal parece que siempre derive la cosa hacia los complicados vericuetos de la relación amoroso-sesuá en pareja, dejando con ello en segundo plano otras patologías, menos aparentes pero profundamente enraizadas en las zonas más salvajes del inconsciente y generadoras de un notable y muy variado menú de traumas a la carta.
Dejando a un lado las relaciones de amistad que serían merecedoras de varios gruesos volúmenes para ellas solas, nos centraremos en el delicioso mundo de la interacción de individuos y roles en el seno de la sagrada institución familiar: supuesta imprescindible célula básica de agrupamiento y organización; alfa y omega, al parecer, de todo proceso de socialización.
Padres frente a hijos, hijos frente a padres, hermanos y hermanas frente a hermanas y hermanos, tíos, primos, cuñados, suegros y consuegros, yernos y yernas… Todo un desquiciado y variopinto museo de los horrores al alcance de cualquiera.
Y sin embargo… todo surge a partir y en torno de la dichosa pareja.
Veamos:
Encuentras –es un decir- una persona que te atrae –es otro decir. Te dedicas durante un tiempo a ensayar frenéticas y denodadas gilipolleces para conseguir atraer su atención, hasta que acaba por confesar entre arrumacos y arreboles, que sí; que tú también le gustas.
A partir de ese punto, todo se precipita. Para cuando quieres darte cuenta ya has entrado en casa. Te ha presentado a su prima preferida, que tiene un marido simpatiquísimo, a su tío Cosme, con un vecino fontanero que va a conseguir ¡Oh milagro! que el grifo de tu lavabo deje por fin de gotear, a Juanín, su hermanito, que te va a pasar el mejor costo que hayas probao… y ¡ya la has pringao!
Entras confiada y por tu propio pie en un laberinto repleto de minotauros, donde el hilo de Ariadna que te permitiría salir es una auténtica telaraña. Una maraña de relaciones indescifrables en la que para sobrevivir no te quedará otra opción que unirte a ella en la gran ceremonia de la confusión, en la gran familia primordial.
Territorio sagrado de diosecillos manes y penates que exigen continuos sacrificios rituales, víctimas propiciatorias inmoladas en el fuego de un hogar alimentado permanentemente con envidias, rencores, celos, reproches, chantajes afectivos… Todo un completo catálogo de estupideces que nos enajenan y nos convierten en reos de nosotros mismos.
Si bien es cierto que Estado ya no necesita de la familia –al menos no en la misma medida que hace cincuenta años- como elemento de control social y escuela de sumisión a lo establecido, no lo es menos el hecho de que a pesar de los pesares de la globalización, del pensamiento binario, de la agresividad invasora de las nuevas tecnologías y del progresivo aislamiento del individuo en el seno del hogar dulce hogar, la institución familiar sigue siendo un pilar básico en la entronización de la Ley y el Orden y en la asimilación acrítica de lo políticamente correcto.
En este contexto, y tal como está el patio laboral, no es irrelevante el hecho de que aumente progresivamente el tiempo de permanencia de las hijas adultas y los hijos en el domicilio paterno, con lo que ello conlleva de aceptación de unas determinadas reglas del juego, de sumisión a la autoridad patriarcal –o más a menudo matriarcal- y de abandono de la lucha por una autonomía individual que permita ser dueña y responsable de las propias decisiones. En este sentido, no parece gratuito que, hace un tiempo, el inefable alcalde de Madrid se descolgara con unas declaraciones en las que remitía el gravísimo problema de la violencia doméstica contra las mujeres al ámbito de las parejas de hecho, de los arrejuntaos pecadores, vamos, ignorando contra toda evidencia empírica y hasta estadística que, bien al contrario, la mayor parte de agresiones se producen entre parejas que han pasado por el altar y/o el juzgado. Esta nueva cruzada por el rescate de los santos lugares de la familia tradicional, promovida por el Papa y su Iglesia y apoyada de forma entusiasta por los jerifaltes de los partidos en el poder, podrá ser cualquier cosa menos inocente. Es por ello que la lucha por experimentar nuevas formas de convivencia y relaciones afectivas entre individuos libres sigue siendo inaplazable.
En demasiadas ocasiones y con harto sospechosa facilidad, damos por sentado que las cosas son como aparentemente son y de ahí a pensar que son como tienen que ser, no hay más que un paso.
No hay excusa ni pretexto: las que estamos por un cambio radical en el modelo de relaciones sociales vigente, las que, con todas nuestras contradicciones a cuestas amamos la anarquía, olvidamos con demasiada frecuencia que, más allá de los grandes temas, la batalla comienza en el ámbito resbaladizo y a menudo lúgubre de la cotidianeidad.









































