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Heracles y Sísifo: Apuntes sobre mitología y trabajo

La Veranda de Rafa Rius

Me matan si no trabajo
y, si trabajo, me matan.
Siempre me matan, me matan,
ay, siempre me matan.
(Nicolás Guillén)

Lo aviso al empezar: esto es un alegato contra el trabajo asalariado. Ya sé que en un contexto histórico en el que cabalgamos desbocados hacia cifras récord en millones de parados, puede parecer políticamente incorrecto. Da igual. Precisamente por eso, ahora más que nunca es preciso recordar que aunque el trabajo por cuenta ajena sea hoy algo tristemente necesario, eso no lo convierte necesariamente en algo bueno y deseable en sí mismo.

De hecho, en las dos series de relatos mitológicos que en mayor medida han conformado la identidad sociocultural de las sociedades occidentales –y por contagio, en buena medida también de muchas de las orientales- es decir, la mitología judeocristiana y la grecorromana, el trabajo es considerado como la peor de las desgracias.

En la mitología judaica recogida en la Biblia, el trabajo es tratado como una maldición impuesta tras el terrible pecado de Eva y Adán al desear el conoci­miento devorando la famosa manzana, con la consiguiente expulsión del paraíso: “Y dijo Yaveh Dios: ganarás el pan con el sudor de tu frente” Génesis 3. 19.

También en la mitología griega, la palabra tra­bajo, casi siempre suele ser sinónimo de castigo y es habitual que aparezca ligada a todo tipo de penurias y tragedias. Los dioses del Olimpo nunca han sabido que cosa pueda ser eso del trabajo.

En la actualidad, en cambio, a través de los más heterogéneos medios de forma­ción de masas, el trabajo se nos presenta como una suerte de bendición divina, que desciende sobre las cabezas de un puñado de privilegiados, siempre que sepan hacerse merecedores de ella con su sumisión, mientras el resto de deshe­redados son arrojados a las tinieblas heladas del paro y la marginación.

¿Cómo ha sido posible -dentro de una herencia cultural común- semejante giro de 180° en la concepción del hecho de ocupar el tiempo en algo «productivo»; en esa cosa que solemos llamar trabajo?

La mitología recoge todo un catálogo de la mayor parte de heroicidades y estu­pideces -más de las segundas que de las primeras por razones obvias- que hemos venido haciendo los humanos desde que el mundo es mundo. Analizar las trayec­torias de algunos de sus héroes más conspicuos, nos puede ayudar a ver algo de luz en el asunto. Veamos.

Tomemos, pongo por caso, a Heracles. Uno de los primeros hechos que de su biografía conocemos, ya nos habla de su fuerza prodigiosa y su recha­zo a toda forma de imposición autorita­ria: Aún niño, mató de un lirazo (golpe contundente propinado con una lira) a su maestro, el músico Lino, algo molesto nuestro héroe al haber sido reprendido por su indisciplina. Ya convertido en un apuesto joven, siguió dando muestras de su arrojo: Casado con Megara y feliz padre de cinco hijos, dio muerte a flechazos a todos ellos y, de propina, a dos de sus sobrinos que pasaban por allí. Pero no ha sido su temprana vocación por la masacre lo que lo ha traído hasta aquí, sino su desmedida afición al desta­jo laboral -hasta doce hercúleos y dilatados trabajos le adjudican sus mitógrafos- que lo ha entronizado como el no muy santo patrón del estajanovismo más desafora­do. Cuentan las antiguas crónicas que la sinrazón de tanto ajetreo, hay que adjudi­cársela a su primo Euristeo, de quién Heracles estaba a la sazón perdidamente enamorado. Fue el susodicho Euristeo quien como prenda y prueba de amor del héroe, exi­gió de éste la realización de los citados doce entretenimientos. Sería oportuno señalar -capri­chos del amor- que tras el desproporcionado esfuerzo de bajar al infierno para secuestrar al can Cerbero que guardaba sus puertas y así, ofrecerlo a su amado como chucho de compa­ñía o tras derrotar al inmortal dragón de cien cabezas que custodiaba el jardín de las Hespérides y robar allí sus codi­ciadas manzanas de oro, el due­ño de su voluntad se permitió rechazar ambos presentes por no saber qué hacer con ellos. Ya digo, caprichos del amor.

Mas, pero, no obstante, sin embargo, ¿puede ser asumida la necesidad del trabajo como producto de un capricho de amor? O, dicho de modo menos frívolo ¿puede una persona, jo­ven o no tanto, siguiendo las consignas del orden establecido, enamorarse, comprar un piso con hipoteca, llenarlo con muebles de Ikea, hacer una boda con suntuoso banquete y tarjetón, tener una tierna parejita, y acabar considerando necesariamente necesario, malvender ocho o más horas de su tiempo cotidiano para sostener el tinglado que ella misma ha montado? ¿Puede alguien levantarse feliz, incluso ducharse, cada mañana de cada día, y acudir al tajo con un rictus de beatitud en la jeta sólo por el hecho de pensar que lo hace por y para su Pepe/a y sus Pepitos/as? ¿Puede ser, en definitiva, el amor, coartada que justifi­que la sumisión voluntaria y gozosa al abyecto hábito del trabajo?

Veamos en cualquier caso, otro mitológico ejemplo: el del bueno de Sísifo. Sísifo era hijo de Eolo, y pasaba por ser el más astuto y menos escrupuloso de los mortales. Fundó la ciudad de Efira, que con el tiempo se llamó Corinto. Tuvo un hijo de Anticlea, tras seducirla en la mis­ma noche de su boda con otro hombre. De semejante trajín nació un niño con cara de borde que, andando el tiempo, daría mucho que hablar en las epopeyas homéricas, siendo conocido en ellas -hijo de su padre al fin- como «el astuto Ulises». En estos menesteres andaba Sísifo cuando un mal paso vino a aca­rrearle la más terrible de las desgracias. Cuentan que Zeus, travestido de águila, había raptado una doncella -ocupación, por otra parte, de lo más habitual en él-. Como quiera que cruzase volando el cielo de Corinto con la muchacha en sus garras y Sísifo se percatara de ello, cuan­do el angustiado padre de la moza le preguntó por ella, el ingenuo de Sísifo -por una vez no tan taimado como debie­ra- le contó lo que sabía. Zeus, al ser informado del chivatazo, montó en cólera y concibió el más horrible de los castigos para el bocazas: lo fulminó con uno de sus rayos y lo precipitó en los infiernos, condenándolo allí a empujar eternamente una enorme roca hasta lo alto de una montaña para que una vez en la cumbre, rodara montaña abajo y, una vez de nuevo en la base, roca y roquero, vuelta a empezar una y otra vez.

Si Heracles es el paradigma del traba­jo derivado de la servidumbre del amor, Sísifo es el ejemplo perfecto de la perfec­ta inutilidad del esfuerzo laboral. La im­becilidad sin cuento de un afán sin obje­to. ¿Quién no se ha sentido un poco Sísifo mientras, en una cruda madrugada de invierno o en una agradable mañana de primavera, andaba apartando las sá­banas con desgana y quitándose las legañas de unos ojos enrojecidos, para repetir día tras día un ritual, no por conocido menos enervante, que nos llevará -tras los pasos de rigor- hasta nuestro puesto de combate laboral cotidiano, para, una vez allí, esclavizarnos hoy un poco más que ayer, pero menos que mañana?

Así las cosas, ¿Qué hacer? Habrá que trabajar si queremos comer, vale, pero como mínimo, devolvamos el trabajo a su primitiva condición mitológica de castigo y así, al menos, recuperaremos la mala leche y se nos borrará de la cara ese repugnante rictus de idiotas agradeci­dos.

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