La Veranda de Rafa Rius
“¿Has observado cómo van avanzando las tumbas por la colina, cómo se va llenando?” Ron Silliman. “The Age of Huts”
Ramala, Kabul, Jerusalén, Bagdad, Gaza, Hebrón, Kabul, Damasco, Srebrénika, Sarajevo, Mosul, Laioun… Larga letanía de lutos y locuras. Nombres malditos que yacen sepultados entre las cenizas de los telediarios y los sueltos de las amarillentas páginas –interior izquierda- de los periódicos, arrinconados entre el último modelo de utilitario coreano y la imbatible oferta de viaje al Caribe sobre fondo de playa de palmeras y crepúsculo tropical. Malditos y perdidos también entre las toneladas de papeles mojados inútilmente pergeñados en cientos de siniestros despachos de cientos de siniestras organizaciones internacionales de ayuda y cooperación. Mientras, cada día, millares de muertos recientes nos contemplan atónitos con los ojos muy abiertos… Y enfrente, bandas carroñeras de hideputas malnacidos que son capaces de hacer llorar hasta las piedras mientras ven brotar con desdén cientos de pozos artesianos de mierda y sangre.
En cualquier caso, el verdadero problema nunca han sido esos milicos descerebrados que se mueren por vestirse de gala con sus cascos emplumados y sus pecheras atiborradas de medallones, con la misma facilidad con que visten el traje de faena y ordenan matar a quien se les ponga por delante, amparados en la cobardía mugrienta de “la obediencia debida”. Por muy miserables que sean, y lo son mucho, no hacen sino bailar al son de quien maneja sus hilos, y de esos tenemos una buena colección:
Ultraliberales ultracorruptos que abominan de Estado pero luego no se cortan a la hora de chantajearlo y esquilmarlo cuando les peta, salvapatrias megalómanos que se autoproclaman protagonistas de la Historia, fanáticos majaras trastornados por su dios, especuladores globales a través del ciberespacio o mezquinos mercaderes de codicia , ¿Qué más da? Quienesquiera que sean, siempre encuentran palabras de justificación para cualquier atropello y lo que es peor: oídos cómplices y sumisos a sus falaces argumentos fuleros.
Lo chungo es que quienes manejan los hilos del guiñol tampoco están mucho mejor. Borrachos de riqueza y poder, empecinados y ensimismados, han caído en la estúpida presunción de creerse dioses. Fiados en su autoadjudicada omnipotencia, cómodamente instalados más allá del bien y del mal, hacen todo lo imposible por ignorar algo tan evidente como que todos los humanos –ellos también- somos reos de muerte.
Es bien sabido: hace tiempo que los dioses murieron todos. Sólo les ha sobrevivido el Dios Dinero, vamos, el dios de la pasta, la guita, la tela,el parné. De los otros sólo quedan las cáscaras vacías de sus sinagogas, sus catedrales, sus mezquitas, ámbitos huérfanos de cualquier huella de su dios donde van a vomitar sus miedos fanátizados y sus rituales apolillados. Apoyados en ello, los que manejan el tinglao, y controlan el negocio, imbuidos de su condición de Masters del Universo, apuntan su dedo índice hacia territorios y ciudades cuyo nombre ni recuerdan. Cuando este dictado supremo choca, ya en la tierra, con la estupidez inherente a la especie humana de cualquier condición, expresada en forma de fe ciega en las más variopintas e infumables sandeces. ¡Ya está!, ¡Ya la hemos liao!
Algunos ingenuos piensan que la cosa de las guerras se solucionaría con la desaparición de los ejércitos.¡Quiá! Dejando aparte lo irrealizable de semejante deseo tal y como está el patio, olvidan que el militarismo es el efecto y no la causa del problema.
Dicen los biólogos que la función crea el órgano: en un contexto de mercado, si fabricas lavadoras es para venderlas, si fabricas armas en cantidades ingentes porque suponen un suculento negocio, más pronto que tarde tendrás que utilizarlas para deshacerte de los stocks acumulados y por tanto, deberás buscar en el mapa geoestratégico nuevos escenarios bélicos para ampliar el negocio.
La salida de este sangriento laberinto se presenta complicada. Yo, a pesar de lo que está cayendo o quizás precisamente por ello, sigo pensando que sólo una sociedad en la que cada cual autogestionara su vida y, en lugar de ir repitiendo como un loro lo que le han dicho que diga, fuera dueño de sus propios actos y pensamientos, y respetuoso y solidario con los de los demás (anarquía creo que le llamaban a eso) Sólo una sociedad tal que así, podría hacernos salir de este océano de mierda en el que chapoteamos, pero, tal como están las cosas, me temo que pintan bastos. Visto lo visto, es evidente que corremos desbocados hacia nuestra desaparición como especie.
En cualquier caso, no es como para sofocarse, tampoco hay para tanto. Al fin y al cabo, tan sólo somos poco más que un maldito desajuste en la cadena evolutiva.
Únicamente nos resta desear a las compañeras cucarachas que nos sobrevivan, que se lo sepan hacer algo mejor que nosotros.
¡Suerte, colegas!









































