La Veranda de Rafa Rius
A partir de la segunda mitad del siglo XX, diferentes países europeos contaron con gobiernos socialdemócratas que implementaron diversas políticas de redistribución de la riqueza y atención preferente a los servicios sociales así como al carácter público de su sanidad, su educación, sus transportes y su vivienda. Ese fue al parecer su canto de cisne.
Los países escandinavos, con líderes como Olof Palme, Alemania con Willy Brandt, el Reino Unido con Attlee o Wilson, más tarde Francia con Mitterand, llevaron a cabo -o al menos lo intentaron- aquellas políticas que, dentro del sistema capitalista, permitían desarrollar su programa reformista. Ahora, todo eso se ha acabado.
El sistema capitalista, claro vencedor en casi todos los frentes, ha engullido todo rastro de la antigua socialdemocracia y ya no queda nada de sus antiguas preocupaciones sociales, tanto es así que cuando gobierna, sus prácticas difieren bien poco de las que suele poner en práctica la derecha de toda la vida. Tanto en política interior -privatizaciones, control de salarios y pensiones, aumento de la edad de jubilación, medidas represivas duras ante las protestas en las calles, ausencia de políticas de inmigración solidarias y creíbles… como en política exterior –mirar hacia otra parte ante el genocidio sionista en Palestina, militarización de Ucrania y ausencia de políticas de diálogo con Rusia, apoyo a la dictadura monárquica marroquí, venta de armas a países en guerra… De las buenas intenciones de un centro izquierda que pretendía marcar diferencias con la derecha tradicional, nuca más se supo.
Siempre habían pretendido vender de cara a sus electores una cierta idea de posibilismo (más vale subir el salario aunque sea unos céntimos que dejarlo como está… más valen unas prestaciones sociales de miseria que nada… al fin y al cabo, hemos hecho lo que hemos podido dentro de nuestras limitaciones…) ¡mentira! Sin salirse del marco del capitalismo y el mercado, sin dejar de ser posibilistas podrían haber hecho mucho más de la misma manera que lo hicieron en los años 50 y 60 del siglo pasado.
Veamos algunos ejemplos actuales:
En Alemania, desde que en diciembre de 2021, Olaf Scholz venciera en las elecciones a la inquebrantable Angela Merkel, el presidente alemán no ha cesado de dar muestras de derechización en sus declaraciones y en sus hechos. Respecto a Ucrania, es el 2º país donante de armamento después de EEUU, en cambio, eso sí, ha recibido hasta el momento un millón de refugiados ucranianos. Pero por otra parte, viene siendo innegable el apoyo a Israel por parte del SPD y su tibieza en la denuncia del genocidio palestino, sin olvidar en el frente interior las políticas de “reajuste” económico tras un crecimiento cero en un país que venía siendo líder industrial en Europa, lo que ha provocado que el tándem de nuevos presidentes del SPD -Saskia Esken y Norbert Borjans- exijan un giro a la izquierda y hayan declarado: “hemos tomado el desvío hacia un páramo neoliberal”.
Por lo que se refiere al Reino Unido, la desastrosa experiencia de unos presidentes conservadores de la talla de Boris Johnson, Lizz Truss y Rishi Sunak, ha propiciado la victoria laborista con un Keir Starmer que se ha apresurado a ahuyentar los miedos que el laborismo genera en los sectores más conservadores de la sociedad y ha prometido que no emprenderá una ola de gastos sin financiación y el ostracismo de un izquierdista Jeremy Corbin que, avergonzado, ha dejado el partido para presentarse como independiente. Bien es cierto que la salida de la Unión Europea ha perjudicado la economía británica y ha agravado las dificultades debidas en gran parte, a los efectos de la pandemia del covid y de la crisis energética desencadenada por la guerra de Ucrania, pero lo cierto es que si el laborismo ha logrado la victoria electoral a base de prometer políticas conservadoras, para este viaje no eran necesarias alforjas socialdemócratas.
Por último, en nuestra querida España, nuestro no menos querido Presidente Sánchez – campeón de resistencia en el cargo y de la retórica del “puedo prometer y prometo porque luego ya veremos lo que hay”– con un Gobierno en continua fragilidad de alianzas y permanente encaje de bolillos de chantajes, promesas incumplidas y con una oposición hecha de bulos, mentiras y dentelladas a la yugular, no tiene ningún margen de maniobra. Y la amenaza del “que viene la derechona” ya no sirve, porque la derechona ya está en el Gobierno. Con la política laboral en manos de los denominados con melindroso eufemismo agentes sociales, la política de vivienda en manos de los fondos buitre, los bancos campando a sus anchas con total impunidad y con las políticas sociales limitadas por unas transferencias que dejan el asunto en manos de los Gobiernos autonómicos del PP, con una Catalunya metida en un laberinto con abundancia de minotauros… la verdad es que lo tiene complicado tobogán acuático hinchable.
Y que se dejen de pedir que dimita y convoque elecciones, porque muy probablemente, tras ellas no tendríamos sino más de lo mismo.
Dentro del sistema capitalista de mercado no hay verdaderas alternativas de justicia social. Nadie les pide a los socialdemócratas que estén por la revolución social a pesar de que sus partidos se llamen laboristas u obreros, pero sí al menos que tengan suficiente honradez para cumplir con lo que predican.










































