La Veranda de Rafa Rius
Vivimos tiempos de reader’s digest, de lecturas resumidas y apresuradas, de buscar lo fácil, tiempos de deglutir con el mínimo esfuerzo mental, pastillas breves de significado unívoco que no requieran demasiado trabajo de comprensión.
La simpleza se impone como paradigma de éxito social -sinónimo actual: viralización. Si queremos que algo llegue a grandes audiencias, mejor si es corto y sin complicaciones semánticas.
Por otra parte, sabemos de sobra que es mucho más fácil difundir un bulo en internet que una verdad. Las grandes plataformas en las redes, de manera para nada inocente, suelen imponer una limitación en el número de caracteres de los mensajes para no complicar las cosas: para insultar o lanzar bulos tampoco hace falta más.
La resurrección -afortunadamente todavía tan real como contingente- de los fascismos, se apoya precisamente en eso: en lo más escueto y primario para difundir sus estupideces en las redes; en poco más: los estudios sobre teoría política escasean entre sus huestes. En todos sus años de control absoluto en Alemania, Italia, España o Portugal, han sido incapaces de elaborar un cuerpo teórico que explique de alguna manera sus ideas (aparte de la breve inanidad disparatada del Mein Kampf) y limitan sus aportaciones teóricas a la consigna o el panfleto.
Visto así, la llamada izquierda no debería caer en el error de imitarlos. Ninguna realidad es fácil de explicar. Cualquier argumento está inevitablemente basado en conjeturas y es permanentemente contingente y revisable. Las verdades absolutas e intemporales no existen y todas deberían estar sometidas de manera permanente a cuestionamiento, crítica o matización.
En ese sentido, la pobreza de argumentos no viene sólo de la derecha: un ejemplo de como la supuesta izquierda comparte la pobreza argumentativa de la derecha serían las citas electorales. Veamos:
Yo -junto con otras muchas personas- llevo muchos años argumentando en artículos, charlas y tertulias, mi posición acerca del hecho de no participar en la gran ceremonia de la confusión que suponen las elecciones -europeas, generales, autonómicas o municipales- e intentando razonar el por qué considero -tras una larga lista de decepciones reiteradas- que no son sino una pasión inútil y contraproducente que sólo sirve para apuntalar y perpetuar el Sistema. En tan largo lapso de tiempo, sólo he cosechado insultos: –“enteradillo, traidor, te crees superior” ; descalificaciones gratuitas y no explicadas: “quien no vota no tiene derecho a opinar”, y por el contrario, ningún argumento esclarecedor y suficientemente analizado, más allá de los tópicos habituales: “-votar es nuestro deber como ciudadanos, si no votas le haces el juego a la extrema derecha”– es decir, nada suficientemente argumentado sobre la necesidad y conveniencia del voto en un contexto como el actual.
Se limitan a repetir como la voz de su amo, lo que han oído aquí y allá, en los medios habituales o en las redes. Nada que se parezca a un razonamiento crítico propio y no mediatizado, más allá del habitual cuento de Pedro y el lobo: (“Que viene la derechona !!!”) Y todo ello desde personas que se autodefinen como de izquierdas. Una vez más, la brevedad unida a la simpleza se impone más allá del posicionamiento político.
En cualquier caso, para cambiar ese estado de cosas, se trataría de hacer un esfuerzo intelectual por ir más allá de los lugares comunes y procurar elaborar un pensamiento personal, tan complejo, matizado y a veces contradictorio, como el tema lo requiera.
De igual manera que los fractales se dispersan en multitud de ramificaciones, el pensar es un ejercicio en muchas ocasiones complejo, confuso, oscuro, arduo, problemático… pero ineludible y apremiante.
Tal como se presenta el panorama, nuestra única posibilidad de salvación podría ser la reflexión crítica no mediatizada y la acción.
Insisto: no deberíamos dar respuestas simples a problemas complejos.











































