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No estamos solos

Abel Ortiz

Intentar el sincretismo entre las sutilezas de eso que los profesionales llaman ciencia política y los pareados de las manifestaciones populares es, ha sido y seguirá siendo, la fórmula, casi de alquimia, hoy por hoy sociológica y estadística, para conseguir respaldos sociales cuando estos se consideran necesarios por un grupo, grande o pequeño, que propone una alteración, grande o pequeña, del status vigente.

La alta cultura y la cultura popular viven en dimensiones diferentes con pequeñas zonas de intersección. Y se mantienen las diferencias, desde hace siglos, entre la deseable escuela popular de sabiduría superior, propuesta por Juan de Mairena, donde lo superior es la sabiduría, y la escuela superior de sabiduría popular, algo así como lo que se nos propone desde arriba, donde lo superior es la escuela.

Formar una generación de desposeídos capaz de plantar cara al poder, en cualquiera de sus manifestaciones, es una tarea de décadas, de abuelas comiendo patatas viudas para pagar la universidad del nieto y poder acceder a los saberes secretos de esa clase que fábrica élites dirigentes, cada cinco años, desde hace siglos.

En los pueblos y en los barrios cientos de miles de personas preparadas en aspectos técnicos, teóricos, jurídicos o filosóficos, para discutir con los ideólogos de la dominación en su propio idioma, explican a su entorno familiar y social, las claves del engaño con palabras que sus amigos y vecinos entienden. Trabajadores a los que se les ha robado el tiempo y no han podido acceder a estudiar pormenorizadamente las razones ocultas de su situación, permanentemente bombardeados por la propaganda, mantienen el instinto y la identidad, la cultura sindical histórica, escuchan a sus iguales, a sus hermanos, a quienes viven, como ellos, humillados y ofendidos. No todos son receptivos, la sociedad atomizada es plural, hay lugar para muchas visiones, lógico y normal.

Esa generación, por mucho que algunos se nieguen a verlo, está ahí. Son los nacidos después de los dolores de aquel general superlativo especialista en nudos marineros. Los posteriores años turbulentos, a los que algunos han puesto nombre interesado y tramposo para fabricar un cuento, no fueron sólo, como venden los grandes almacenes, momentos de claudicación, de entreguismo, de renuncia ni de derrota.
Murió gente. Hubo muchos presos. Huelgas enormes, marchas, encierros, lucha armada, censuras, operaciones militares de inteligencia, presiones internacionales, torturas y terrorismo de estado. También traiciones, ambiciones, aventuras, miedos, fracasos y errores. La condición humana.

Quienes lo vivieron hicieron lo que pudieron, en todas las trincheras o búnkeres, y es injusto achacar a la herencia recibida las propias deficiencias. No se puede, o se puede pero es perfectamente inútil, vivir en la ucronía, en el qué hubiera pasado si….
Con la madera que tenemos hay que hacer los muebles. Y esa madera, además, es mucho mejor de lo que nos quieren hacer creer. Somos nosotros. La identidad, quienes somos nosotros, es el suelo primero que hay que pisar con una cierta garantía de seguridad. No podemos decir, en rigor, que somos los de abajo, los más débiles, porque la mayoría no somos mujeres, negras, enfermas, viejas y pobres, el último escalón de la dominación en la modernidad de la blanquitud.
El hombre blanco, sano, joven y rico, el otro extremo de la cadena, representa el límite máximo del éxito social, el habitante admitido y deseable en el paraíso capitalista.

El capitalismo es una religión, hay pocas dudas al respecto. Promete el paraíso a cambio de dinero. Desde la pobreza se puede conseguir ese dinero a través de los milagros; la lotería, el fútbol, el toreo u operación triunfo, en otra vertiente se puede colaborar con la iglesia de Chicago y obtener alguna dádiva. Quienes profesan la fe capitalista, quienes adoran las cuentas corrientes y las tarjetas de crédito, son perfectamente conscientes del origen de su “poder adquisitivo”.
Ese nosotros identitario anterior bien podría partir de ahí. Quienes no creen los mandamientos, ni los dogmas, de la religión capitalista. Quienes no comulgan con la rueda de molino fordiana de que el capitalismo es inevitable, eterno, omnipresente y omnipotente.

Dentro del capitalismo realmente existente, dejando a un lado las fantasías liberales de helicópteros que arrojan billetes o de héroes randianos en talleres místicos, sólo cabe, para los no creyentes, una estrategia de resistencia con una lógica anticapitalista. Pero el anticapitalismo lleva implícita la derrota si no da un inevitable paso adelante y es capaz de imaginar un mundo no capitalista.

El anticapitalismo es fácil de ver, de describir, de analizar. Vemos continuamente fogonazos de la lucha anticapitalista. Contra el capital. El paso siguiente, el difícil, el que casi nadie puede explicar, es el de “sin” el capital. Cómo, para qué, quien, y qué va a producir. Acabar con eso que Machado llamaba el culto perverso al trabajo. Repartir. Liberarse de prohibiciones y destinos escritos por otros. Vivir en paz.
Las dos funciones son necesarias y urgentes. Luchar contra el capitalismo ahora mismo y, al mismo tiempo, desarrollar las ideas de un no capitalismo comprensible, realista, transmisible y, finalmente, posible y alcanzable.

Los intentos históricos de algo semejante fracasaron. Todos. Comunistas, socialistas y anarquistas fueron, y en gran medida siguen siendo, acompañados de actores nuevos, quienes opusieron su modelo al de la dominación. Los resultados deberían servirnos de lección.

El siglo xx, el de las revoluciones obreras y campesinas, se abre con la revolución soviética, de los soviets, es decir las asambleas, arrancando el poder al zar primero y al parlamento después. La consigna todo el poder a los soviets levantó un país. La consigna todo el poder para el partido hundió la revolución. Se acabaron las asambleas, se volvió al sistema de producción capitalista, la fábrica fordiana, la mina inhumana, y la idea nacionalista. La productividad se llamaba estajanovismo. El patrón era el estado. Hasta ahí llegó el impulso de Tolstoi y Chejov, padres espirituales de los Lenin y los Kropotkin.

Aun así negar o minimizar la importancia y el impacto de la revolución de los soviets en las sociedades actuales es desconocer que la configuración actual del capitalismo está directamente relacionada con sus necesidades en la lucha contra los soviéticos. Incluido especialmente el diseño de una socialdemocracia entre dos aguas sobrepasada por los acontecimientos.

En la revolución mexicana, Zapata y Villa, los Flores Magón, también recurrieron a los esquemas sencillos: Tierra y libertad. En un país aplastantemente campesino aquello era toda una constitución. La revolución se institucionalizó. La producción capitalista continuó. Un siglo después Zapata sigue en las montañas pidiendo lo mismo. El México post-revolucionario fue el país que mejor trató a los exiliados de la guerra civil, el gobierno que más ayudo a los combatientes republicanos y el último estado en reconocer a Franquito.

En la revolución de 1936 se consiguió colectivizar dos terceras partes de la producción y los resultados fueron innegables. Los trabajadores y campesinos se hicieron cargo de la economía y hasta el fin de la guerra se mantuvieron las colectividades incluso con la clara hostilidad del gobierno.

En esas experiencias participaron todos respondiendo a su época, sus posibilidades, sus saberes y sus voluntades. Hoy tocaría hacer algo parecido. Asumir la posibilidad de equivocarse y tirarse al barro. No necesariamente al barro electoral, pero al barro.

El anarcosindicalismo, el anarquismo llevado de las musas al teatro, ha demostrado que sus principios son válidos, aunque no suficientes. Demostró como una sociedad se podía articular sin gobierno, sin estado y sin capital. Lo pagó caro durante generaciones. El militarismo y el dinero tienen mucho poder. Sabían a lo que se exponían. Dejaron la vida en el empeño.

Stalin mató sobre todo comunistas. Comunistas que, junto a otros, hicieron la revolución. El estalinismo no puede servir como excusa para negar las luchas de aquellos que creyeron en la abolición de la propiedad privada y el reparto de la tierra. Las cuitas históricas entre anarquistas y comunistas, las cuitas filosóficas de Marx y Bakunín, no nos sirven para relacionarnos hoy, utilizando pasados que no hemos vivido, que hemos leído en los libros, como armas arrojadizas.

Aquí y ahora sobran los prejuicios históricos para contestar a lo que tenemos enfrente. Aquí y ahora se puede hablar desde presupuestos libertarios con militantes de partidos comunistas o anticapitalistas en pie de igualdad y sin sacar el naranjero. Si tenemos esa generación preparada y cada uno cumple su papel podremos sacar esto adelante. Si empezamos a meternos el dedo en el ojo unos a otros acabaremos ciegos y nos pondrán las pilas, otra vez.

Podemos mantener cualquier postura teórica sin insultar y sin presuponer la deshonestidad del otro, que no tiene la misma etiqueta pero si la misma identidad, esa del no creyente en el capitalismo. Podemos o no podemos creer en la vía electoral, en el juego político, pero no podemos exhibir certezas o infalibilidades.
Si mañana subieran un veinte por ciento el salario mínimo y las pensiones, y aprobaran ayudas a todos los parados, no habríamos salido del capitalismo, no habríamos hecho la revolución pero millones de personas accederían a una vida algo mejor, paliarían sus angustias, estarían algo menos sojuzgados. Sería reformismo, eso sí.

Quienes mantenemos que la estrategia anarcosindicalista en la más apropiada no tenemos necesidad de atacar otras distintas. Al revés, escuchando siempre se aprende algo. Los que tienen otra visión, otro punto de vista, no son más que nosotros, tampoco son menos.

La presión sobre el régimen debe ser máxima en todos los terrenos todo el tiempo. Y no hay porqué ahorrarle el dolor de cabeza electoral. Los movimientos sociales que han partido del 15-m han manifestado formas de organización netamente libertarias con mayorías no libertarias. Los anarquismos realmente existentes tienen un papel fundamental. La cultura libertaria de asamblea y autogestión está en el imaginario colectivo porque unos pocos han mantenido el legado. Otros aportan otras cosas. Los yayoflautas, las plataformas, las asambleas, los sindicatos, las asociaciones y colectivos. La unidad de la izquierda no consiste en que nadie reniegue de sus posiciones sino en que considere legítimas las de los demás. Y de la misma manera que exigimos respeto a quienes descalifican la abstención debemos respetar a quienes abogan por la participación electoral.

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