Artículos Perecederos
La masacre cometida por el estado de Israel contra la población de Gaza y la permanente agresión a todo el pueblo palestino merecen un rechazo total, así como la reclamación a los organismos internacionales para que detengan el genocidio y se esfuercen por encontrar una solución negociada, justa y duradera a un conflicto que se prolonga ya más de un siglo.
Pero esa condena de la ocupación israelí, con su secuela de niños asesinados, casas destruidas, caminos cerrados y tierras arrebatadas para nuevos asentamientos judíos, no puede inducirnos a guardar silencio cuando las atrocidades son cometidas -como la matanza de civiles inocentes del pasado 6 de octubre- por los grupos armados del bando contrario; en este caso por Hamas.
Para entender someramente el conflicto entre judíos y palestinos hay que remontarse a principios del sigo pasado, al surgir un movimiento sionista que impulsaba el regreso a la tierra prometida, y muy especialmente al final de la II Guerra Mundial cuando las potencias vencedoras quisieron compensar de alguna forma al pueblo judío por la persecución y el genocidio a que lo sometió el régimen nazi.
La solución adoptada fue la de ofrecer a los judíos una tierra donde pudieran crear un estado que acogiera a sus comunidades, repartidas principalmente por Europa. El problema es que para ello eligieron una zona donde (además de una minoría de judíos) ya vivía otro pueblo, el palestino. Al nuevo estado de Israel se le concedió el 55% del territorio de Palestina (a pesar de que sólo el 7% de la tierra era propiedad de judíos) y para los palestinos quedó el resto, que además eran tierras más pobres.
Muchos habitantes de etnia árabe fueron desplazados para dejar espacio a los judíos que retornaban y otros se quedaron dentro del Israel, pero nunca han sido tratados como ciudadanos de pleno derecho por los gobiernos hebreos. Esta situación de marginación y disputa por las tierras ha venido originando multitud de incidentes y choques violentos y varias guerras que casi siempre se han saldado a favor del Israel, que tiene el ejército más mortífero de la zona.
Las dos colectividades argumentan a su favor el derecho a vivir en un territorio que consideran históricamente les ha pertenecido. Sin embargo hay que tener en cuenta que ni los actuales judíos son herederos directos del antiguo pueblo hebreo ni los palestinos de Cisjordania o Gaza han vivido siempre en esa zona, ya que son poblaciones árabes que se han ido asentando en unos territorios por los que han pasado multitud de etnias durante siglos.
Condenadas las agresiones de ambos bandos y matizado que judíos y palestinos del siglo XXI tienen sus respectivos derechos a vivir y convivir en paz en estas disputadas tierras de Oriente Medio, en la forma en que libre y pacíficamente decidan, quisiera reflexionar sobre actitudes de cierta militancia occidental de izquierdas que no solo justifica los métodos salvajes de Hamas, sino que acusa a quienes ponen alguna objeción a la barbarie de estar con el agresor sionista o mantener una injustificable equidistancia.
No es nueva esta posición de fidelidad programática y escasa reflexión personal. Adhesiones inquebrantables y condenas a las voces críticas ya las hemos soportado cuando esa izquierda dogmática guardaba cómplice silencio ante las atrocidades del estalinismo con los disientes en la URSS, con la invasión de Checoslovaquia y Hungría, o ante la evidencia de que Nicolae Ceaușescu y Erich Honecker eran unos dictadores de tomo y lomo.
Y cuando cayó el muro de Berlín, y con él todo el bloque soviético, no faltaron personajes a los que idolatrar sin poner reparos a sus peculiares formas de asentar las revoluciones en países como Corea del Norte, China, Nicaragua, Siria, Venezuela, etc. llegando en algunos casos al extremo de ver en algún tirano -como el ruso Putin- la continuación de los planes quinquenales de Stalin. ¿La razón? ¡Que no son amigos de los yankees!
Para entender la importancia de saber compatibilizar la defensa de los derechos de los pueblos sometidos y la crítica al asesinato de población civil, nada mejor que recordar aquel principio de «El fin no justifica los medios» que guiaba el pensamiento de muchos viejos anarquistas.