Antonio Pérez Collado
Artículos Perecederos
En determinados ambientes de la juventud el hecho de identificarse con posturas ultras se percibe como un signo de rebeldía y modernidad. Sin embargo, nada puede ser más retro y caduco que abrazar ideas y postulados tan vetustos como el fascismo y demás versiones del panorama reaccionario.
Tradicionalmente los jóvenes han representado el campo abonado para que las ideas novedosas, críticas y revolucionarias germinaran y se abrieran camino. A lo largo de la historia los grandes movimientos contestatarios y transformadores se han alimentado principalmente de esas generaciones nuevas que se incorporan a la vida social y anhelan cambiar aquello que ven injusto y anticuado en el mundo que les rodea. Así el romanticismo, el pacifismo, el feminismo, las revoluciones francesa, rusa, mexicana, española, cubana, etc. se nutrieron en sus inicios la energía y los sueños de la juventud de aquellas sociedades.
Otros movimientos que se han dado en la cultura, en el arte, el cine o en la música también han supuesto cambios revolucionarios respecto a los tiempos que dejaban atrás. Igualmente las revueltas de Mayo del 68, el movimiento hippie o más recientemente nuestro 15M han sido otros momentos en los que la juventud ha roto las ataduras con la tradición y el orden institucional para, con más o menos fortuna, de mayor o menor calado, iniciar procesos de debate y renovación de las formas de participar y decidir.
Por supuesto que tratándose de gente joven no faltaron ejemplos de ingenuidad y exceso de generosidad ante aquel fervor revolucionario que solía implicar la adoración sin critica alguna de los mitos de Mao, Che Guevara o Ho Chi Minh; aunque esa adhesión a las ideas de las figuras emergentes del marxismo clásico no era total, existiendo también en los campus de las universidades europeas y americanas grupos activos libertarios y de otras muchas propuestas autónomas muy críticas con el comunismo ortodoxo.
En todo caso, las revueltas juveniles han contado con el entusiasmo y la entrega de miles de jóvenes que soñaban un mundo mejor; más justo, libre e igualitario. Un mundo sin guerras, sin explotación, sin colonialismo y donde las personas fueran dueñas de sus actos y de sus decisiones; buscaban, en suma, acabar con las supersticiones religiosas, los viejos dogmas políticos y las leyes injustas que impiden la libertad individual y el disfrute colectivo de la riqueza.
Venir ahora, en pleno siglo XXI, defendiendo todo lo contrario y presentando ideologías reaccionarias -que tanto dolor y tan grandes retrocesos representaron para los pueblos que las sufrieron- como lo más rompedor y la solución a los problemas que todos reconocemos existen y afectan especialmente a la juventud, no deja de ser la constatación de que quienes esgrimen tales argumentos o no se han enterado de qué quieren realmente quienes lideran esos programas ultras o son tan inocentes que abrazan proyectos que precisamente van en contra de sus propios intereses.
Defender el capitalismo salvaje, el recorte de libertades, una escuela dogmática, la represión de la libertad sexual, la privatización de los servicios públicos o la bajada de impuestos (a los ricos sobre todo) supone ir en contra del bien común y de la gente trabajadora.
Tampoco tiene otro sentido que abrir la puerta a regímenes autoritarios la tendencia de estos supuestos antisistema a machacar a los políticos de izquierdas (por muy reformistas estos que sean) y echar pestes de todos los sindicatos y de las huelgas, mientras se aplauden las manipulaciones y los mensajes de odio de los partidos de corte neofascista y se grita como si fueran lemas subversivos lo que no son sino ideas arcaicas que ya proponían personajes tan grises y criminales como Hitler, Mussolini, Franco y otros dictadores.
En definitiva, de lo que se trataría es de reconducir la rebeldía y las ganas de cambio de la juventud hacia luchas por más libertad, más igualdad y más justicia, en lugar de hacerle el juego a los sectores más reaccionarios y expoliadores del sistema capitalista. Las juventudes de Indonesia, Nepal o incluso Francia dan la esperanzadora sensación de que algo de esto se están planteando.











































