La Veranda de Rafa Rius
Alguien en las redes sociales ha recuperado un antiguo texto mío de diez años atrás, que, después de revisado, actualizado y ampliado, no me resisto a traer al presente como demostración de que los políticos profesionales de todos los colores, a pesar de tener siempre en los labios la palabra “cambio”, han conseguido, tras denodados esfuerzos, que la triste realidad apenas cambie.
Un idiota es un idiota
Dos idiotas son dos idiotas
Diez mil idiotas son un partido político-
Franz Kafka
«Como un mal cómico contando un chiste viejo que todos conocen y que no tiene ninguna gracia, porque además no es un chiste sino la dura realidad; en esas estamos. Cada vez que alguno de los cuatro macabros payasos del apocalipsis -Sánchez, Abascal, Feijoo, Ayuso- o alguno de sus monaguillos escuderos, aparece en el escenario, una sensación de cansancio infinito, de síndrome del día de la marmota, de déjà vurecurrente y estúpido, se apodera del paisaje y el paisanaje. (- ¡Ya están otra vez dando la turra! ¡Qué pesaos, siempre con lo mismo!)
Su discurso, por llamarlo de alguna manera, es tan banal como previsible y muy a menudo intercambiable. Antes de que abran la bocaza ya podemos saber de sobra lo que van a decir porque jamás se apartan ni un ápice de lo políticamente correcto (o incorrecto) establecido por las cabezas supuestamente pensantes de su partido. Tras leerse la hoja de ruta diaria que les han escrito con las instrucciones correspondientes, se limitan a repetirla al pie de la letra (incluso abriendo y cerrando paréntesis literalmente) con cansina monotonía en cualquier lugar o situación. La más pequeña salida de tono, la mínima morcilla introducida en el guion es celebrada como un acontecimiento histórico y analizada hasta la extenuación y el ridículo en todo tipo de foros y tertulias.
Un periodo electoral tras otro, se obstinan en insistir en las promesas de cambio, que sigue siendo una y otra vez la palabra talismán y, una y otra vez, el cambio no se ventea por ninguna parte; a pesar de lo cual la fiel feligresía, sigue acudiendo a las urnas como parte fundamental de la sagrada ceremonia de eso que les han dicho que es democracia -y lo han creído, porque en el fondo es una cuestión de fe.
Las Instituciones, empezando por el Poder Legislativo, son cada vez más patéticas en su monotonía recurrente; el Parlamento lleva muchos años convertido en un mal teatro de marionetas en el que sus señoríasrepresentan su papel en el sainete para que todo siga igual.
Decía Cervantes en su famoso estrambote:
Y luego, in continente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
Pues eso, puro postureo; cuando sus señorías se cansan de insultarse y de “ytumasear”, miran al soslayo, se van a casita y no hubo nada. De propuestas serias, de argumentos razonables, de soluciones que mejoren las vidas de los que más lo necesitan, más bien poca cosa.
Y, entre tanto, los verdaderos dueños del cortijo, siguen medrando tras las discretas bambalinas de su Arcadia feliz de cifras macroeconómicas exultantes e Ibex 35 y bolsa en máximos históricos, convenientemente alejados de los focos donde los políticos profesionales se pelean mientras esperan su puerta giratoria.
De tarde en tarde, algún periodista con poco aprecio a su futuro profesional, denuncia que el fondo del problema está en ese puñado de familias todopoderosas, inmunes e impunes, que acaparan los consejos de administración y rigen, desde la discreción y el silencio, el destino de España desde tiempos inmemoriales.
En cualquier caso, en las raras ocasiones en las que alguno de sus numerosos cadáveres aparece en el armario, no importa, porque para esas familias nunca ocurre nada que no interese; para eso tienen a sus mastines fascistas, dispuestos (previo pago) a partirse la cara por ellos y a todos los Poderes del Estado a su servicio.
¡Que no nos pase nada!










































