<<Cuanto peor, mejor>>
(Nikolái Chernyshevski, ¿Qué hacer?)
El Vaivén de Rafael Cid
Gran paradoja: Sánchez sigue en La Moncloa a pesar de no tener Presupuestos gracias a Vox. Porque en su día Abascal ordenó a todo su grupo parlamentario abstenerse para que el Gobierno gestionara en solitario los fondos europeos Next Generation. El resto ha consistido en meter presión con la fachosfera y hacer oposición a la oposición para impedir que el Partido Popular le desbanque. Pan comido.
Responder a la pregunta que encabeza este artículo es fácil si nos atenemos al mainstream, la corriente vulgarmente dominante. Es reo de esa condición quien se pliega al ultrapopulismo que cuestiona la violencia machista, infravalora el calentamiento global o abandera la expulsión de los inmigrantes sin contemplaciones, amén de otras barrabasadas de variado calibre y parecida simpleza. En ese sentido, la lógica convencional concluiría que tan atávica feligresía tendría enfrente a la gran mayoría de la población. La gente de bien. Con lo que las políticas que predican estos patriotas de última generación estarían condenada al fracaso y a una tan irrelevante como ruidosa marginalidad.
Pero la realidad contante y sonante va por otro lado. Son precisamente estos cruzados de la tradición los que van escalando posiciones favorables entre las clases sociales menos pudientes. Vox, sin ir más lejos, según casi todos los institutos demoscópicos, sería el partido más votado por los varones de edades comprendidas entre 18 y 44 años cara a unas elecciones. Es decir, lejos de merecer el desprecio político que por sus reaccionarias proclamas debería cosechar, se alza con el apoyo de esa importante franja de la ciudadanía (hombres), precisamente la destinada a liderar la vida pública y social en adelante.
Con semejantes pronósticos convertidos ya en tendencia, lo responsable es hacernos la pregunta que se hace el protagonista de la novela Conversaciones en La catedral: ¿cuándo se había jodido el Perú? Que en el caso que nos ocupa es tanto como decir también el cómo, el quién e incluso el para qué. Porque el auge de la extrema derecha en España no cabe atribuirla en exclusiva al mérito de Abascal y los suyos. Eso sería tanto como admitir que en nuestro país hay en estos momentos más de tres millones de ciudadanos empecinados en ver la historia por el espejo retrovisor. Con la paradoja de que ese amenazante contexto se confirma precisamente en el momento en que cotamos con una coalición de izquierdas en el gobierno. Desde la aprobación de la Constitución en 1978 y hasta el año 2018, aquí las formaciones de extrema derecha nunca habían pasado de ser una nota marginal en el tablero electoral, sin ninguna capacidad de influencia política.
Los sedicentes progresistas en el poder lo tienen claro: la culpa es de la derecha que compra las tesis de la extrema derecha. En consecuencia, enseguida enarbolaron la alerta antifascista como santo y seña, en sus variados registros semánticos del <<trifachito>>;<<las tres derechas>> o <<la fachosfera>>. Piezas todas ellas de un mismo engranaje para acorralar al Partido Popular de Núñez Feijoo como gafe de múltiples y retorcidas desgracias. En realidad, esa secuencia era la lógica consecuencia de una fundación política-ideológica que emulsionó como banderín de enganche para el gauchismo militante, desde que Pedro Sánchez iniciara su galopada institucional bajo el eslogan <<no es no>>. Lo que en la experiencia gubernamental significaba <<al PP, ni agua>>. Un axioma que, en sus peores declinaciones, alcanza a convertir al adversario político en enemigo a batir, en línea con lo predicado el teórico del nazismo Carl Schmitt.
Cierto es que en alguna medida de casta le viene al galgo. Son muchas las posiciones asumidas por el PP que huelen a naftalina y botafumeiro, y que los aires de modernidad solo logran disipar esas credenciales meapilas en algunas y no demasiado pródigas ocasiones. En temas como el aborto, la emigración, la monarquía, el centralismo y la moral tradicional, la derecha de Génova 13 está todavía a gran distancia de sus colegas conservadores del viejo continente. La última guinda retro la puso en modelo de esperpento el alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. copiando una propuesta de Vox para instruir a las mujeres que pensaran poner fin a su embarazo sobre los riegos de un fantasmagórico síndrome posaborto. Aunque actitudes tan vaticanistas no impiden que en la Unión Europea esas diferencias se difuminen haciendo causa común con el bando socialdemócrata para tejer un cordón sanitario contra la extrema derecha. Por qué aquí no y allí sí es un arcano de la realpolitik.
Por su lado, el PSOE también, por necesidad debido a su debilidad parlamentaria, o por de quemar etapas ha desarrollado políticas que chocan con los principios de justicia social, equidad y ética pública que suele esperarse de la izquierda consecuente. Al margen de los abundantes casos de corrupción que salpican al sanchismo en el partido, en el gobierno y en su entorno familiar, una excusa para el ruin cacareo del <<y tú más>>, asuntos como la entrega de la soberanía del Sahara occidental a Marruecos; la rebaja del delito de malversación de caudales públicos; la eliminación por debajo de 50 megavatios de la Declaración de Impacto Ambiental (DIA) para la instalación de aerogeneradores; ostentar el peor índice de paro y de pobreza infantil de la UE junto al mayor crecimiento del PIB de los 27; y el imposible acceso a una vivienda mientras en cada víspera electoral se pregonan impúdicamente fabulosos planes de construcción masiva, son harina de otro costal. Incluso se llega a comprar el marco xenófobo propio de Vox a través de cesiones a Junts per Cat. Como con la iniciativa de Ley Orgánica para entregar las competencias exclusivas de inmigración a Cataluña, tachada racista por sus antiguos socios de Podemos, cuyo preámbulo exponía que <<El impacto sobre la sociedad es transversal, tocando diferentes ámbitos de la misma como el ámbito educativo, el sanitario, el de los servicios sociales, el de las infraestructuras, el de vivienda o los usos de espacios públicos, entre otros>>. Torre Pacheco redivivo en el BOE.
Hay algo indecente (lo que no se quiere decir) en ese trágala del sanchismo <<el PP y Vox son lo mismo>>, que solo hace engordar al partido de Abascal a costa de los de Feijoo. Una versión parasitaria del <<no es no>> que el Gobierno progresista celebra y alimenta para evitar el sorpasso del PP, como casi estuvo a punto de pasar tras las últimas generales del 23 de julio de 2023, ganadas cuantitativamente por los conservadores. Si dos cosas son iguales, el elector-comprador suele preferir el original a la copia. Transfuguismo dopado desde el poder para impedir que el adversario político le desbanque, aunque sea a riesgo de poner en circulación un peligroso artefacto que puede hacer una enmienda a la totalidad a los principios democráticos. Por lo demás, sin ninguna garantía de que esa sobrevenida alarma antifascista, a la hora de la verdad impidiera que PP y Vox confluyeran para repartirse el poder. Al fin y al cabo, el sanchismo como tal es hijo de un amancebamiento <<indecente>> entre el PSOE y Podemos, cuando Pablo Iglesias pisaba los talones a Pedro Sánchez y el líder socialista decía <<nunca jamás>> a los morados.
A diestra y siniestra todos tienen sus razones, aunque por motivos equivocados. Pero hay un aspecto en esa suicida ruleta rusa que podría convertir a la ultraderecha en nuestro endemismo nacional al facilitarla encarnar el espacio antisistema. Y no es ni la rancia torpeza del Partido Popular, con su manifiesta incapacidad para romper amarras con un paternalismo cívico-ideológico trasnochado, ni la descarada falta de escrúpulos del PSOE y sus compañeros de viaje para mantenerse a flote pactando hasta con el diablo. Hablamos del vaciamiento de los mínimos principios éticos y democráticos; la ocupación autoritaria y clientelar de las instituciones del Estado de Derecho y la Empresa Pública (desde el CIS a Correos, pasando por RTVE: modelo Viktor Orbán); el constante acoso a la separación de poderes; las campañas de descrédito a los discrepantes; el calculado desarme del espíritu crítico; y el control panóptico de las organizaciones de la sociedad civil y el sindicalismo mayoritario como engranajes de su esfera de dominación. Esta es la verdadera alfombra roja por la que podría desfilar la extrema derecha si llega hasta áreas de decisión política a través de las metástasis dejadas por la estela de la polarización casa-cuartel. Porque una es coyuntural y táctica y la otra estructural y fósil.
Uno de los agravios antidemocráticas que se ha normalizado es la simbiosis entre el partido (menguante en afiliados y mucho más en cotizantes), que como su propio nombre indica es una parte de la sociedad y el gobierno, que lo es para todos. Cuando Pedro Sánchez habla, haciendo oposición a la oposición, uno nunca sabe si lo hace como secretario general del PSOE o como jefe del Ejecutivo. Otro tanto ocurre con los ministros Oscar López, María Jesús Montero o Diana Morant, en su duplicidad de fijos-discontinuos y abusando de cuota de pantalla, como titulares de las carteras de Administraciones Públicas, Hacienda y Ciencia y Tecnología, y cabezas de lista a las próximas elecciones en las comunidades de Madrid, Andalucía y Valencia. Surrealismo socialista. Semejante omnisciencia recuerda a esos abogados laboralistas que unos días de la semana defienden a los trabajados y los otros a los empresarios.
Hay estar muy ciego de soberbia para creer que cebar a Vox a costa del PP forma parte de la solución y no del problema, cuando lo verdaderamente importante es la distancia entre bloques ideológicos. Mientras en 2023 el bloque de derechas (PP y Vox) superaba en solo 1,5 puntos al de izquierdas (PSOE y Sumar), en la actualidad esa relación se ha magnificado, y la horquilla es de 8,3 puntos a favor del conglomerado derecha y extrema derecha (9,6 con Se Acabó La Fiesta) y en tendencia ascendente.
El innovador cordón sanitario del PSOE contra la embestida ultra consiste en sobredimensionar a Vox y encadenar a la derecha conservadora a su nudo corredizo, levantando un muro para impedir que la oposición pueda llegar a ser alternativa de un gobierno moderado (para ello, el CIS de octubre situaba al PP a solo 2 puntos de Vox). En un sentido instrumental, Sánchez se ha convertido en la mano invisible de Abascal: explota el <<cuanto peor, mejor>>. Como sostiene el reciente Premio Nobel de Literatura, el húngaro László Krasznahorkai, todo esto ocurre porque lo quieren <<masas ignorantes con derechos>> y porque <<cada vez tenemos menos relación con la realidad y cada vez más con lo que algunos dicen sobre ella>>.
(Nota. Este artículo se ha publicado en el número de noviembre de Rojo y Negro)












































