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Podemos y las dos almas del 15M: volver a las calles

El Vaivén de Rafael Cid

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“A los activistas de Somos Cedeira, la web Ollaparo y el Ateneo Ferrolano”.

Ignorar olímpicamente el impacto de Podemos en el entorno ciudadano representa un error tanto o más grande que considerarlo como la panacea con la que noquear al sistema. Lo primero supone irresponsabilidad por desdén, lo segundo creer en cuentos de hadas. Los movimientos sociales, el activismo político y el sindicalismo de base, libertarios incluidos, deberían abrir sin dilación una profunda reflexión sobre las consecuencias de la aparición del partido de Pablo Iglesias en orden a que su irrupción catapulte un cortafuegos para evitar maximizar la ruptura democrática y la apertura de un proceso constituyente solidario y participativo de abajo arriba. Porque pase lo que pase nada en las próximas elecciones, con su entrada en escena se abre una caja de Pandora cuyos efectos influirán hasta en el abstencionismo responsable.

El fenómeno Podemos se ha instalado en la realidad social española. En parte por la calculada oportunidad de esa iniciativa, y en parte por sus aportaciones al discurso declinante, un activo que la derecha cerril y la sedicente izquierda se empeñan en promocionar con sus ataques y desprecios. Queda claro ya que la presencia de la nueva formación en las elecciones europeas ha supuesto un revulsivo en el estanque de ranas en que se había convertido el panorama político español. Al margen del cuál sea su fuerza de arrastre en el decisivo 2015, capacidad de seducción, padrinazgo mediático y embobamiento le sobra.

Nos hallamos ante un partido político de nuevo cuño, con un hiperliderazgo como principal divisa pública, movilizado como alternativa frente a la izquierda sedicente del PSOE y la izquierda insuficiente de IU, amén de imán para todos aquellos ciudadanos que han salido escaldados de las mentiras y las corruptelas que casi sin excepción atenazan a los grupos que conforman el arco parlamentario. Los análisis realizados sobre el resultado de los pasados comicios del 25M certifican que el aluvión de votos recibidos por el partido de Pablo Iglesias procede fundamentalmente del binomio PSOE -IU, y en mucha menor medida de anteriores electores del PP sin pedigrí, así como de abstencionistas redimidos.

La de Podemos ha sido la victoria de una transversalidad que ha (re)inventado la Ley de Say de la política realmente existente sobre la pauta de que en ocasiones excepciones es la oferta la que crea la demanda, como ocurre en cualquier mercado cerrado, autárquico. No hay que olvidar que la política convencional funciona como un libre mercado donde los partidos-institución compiten por el poder. En este sentido, al erigirse como candidato de la protesta, “el pablismo 2.0” se ha beneficiado del enorme cabreo existente en amplias capas de la sociedad por los “recortes y ajustes” antisociales que tanto el gobierno socialista como su sucesor conservador han realizado al dictado de la troika. Y como ese trágala austericida no tiene visos de remitir a corto plazo, y mucho menos de ser derogada por aquellos que la implantaron, todo indica que el equipo revelación goza de oxígeno político para nuevas escaramuzas.

Lo que nos lleva a situar el asunto en su meollo existencial. O sea, a plantearnos si Podemos es un trasunto colateral del 15M, y por tanto un registro de ese movimiento de oposición al sistema se ha metamorfoseado en partido “contrapoder” (un oxímoron) asumiendo las reglas de juego por “imperativo legal”. Y aquí tengo que recurrir a la taxonomía que sobre el espíritu del 15M estableció en su día el profesor y activista Carlos Taibo, una de las personas que más y mejor conocen el movimiento del asambleismo ciudadano por dentro, al hablar de sus dos almas: una de carácter reformista atenta a derrotar al régimen del duopolio dinástico gobernante desde dentro, y otra volcada a una resistencia de largo aliento para conformar una cultura antisistema radicalmente democrática, solidaria y autogestionaria. Hay que tener en cuenta que un anterior intento de fagocitación de “los indignados” a control remoto por Izquierda Unida (IU) con la cooptación de activistas sociales resultó fallido.

Las dos almas estarían, no obstante, imbuidas del “espíritu del 15M” (Taibo decía “se han vivificado mutuamente”), y pretenderían genéricamente políticas construidas de abajo arriba con la participación ciudadana. Unas señas de identidad que el mismo autor compendiaba en seis puntos clave en un autorizado ensayo titulado El 15M, una brevísima introducción. A saber: permitir la creación de una nueva identidad contestaría; romper los códigos del pensamiento único y reabrir debates prematuramente clausurados; convertirse en punto de encuentro de posturas que habían divergido; haber alimentado el entusiasmo de otros movimientos de reivindicación; implicarse en la realización de espacios autónomos autogestionarios y desmercantilizados; y, por último, conseguir que mucha gente fuese consciente de sus posibilidades y que hay cosas por las que sigue valiendo la pena luchar.

Este bagaje a modo de verbalizada hoja de ruta permite ya una mejor aproximación al caso Podemos en su relación pendular con el 15M nuclear. Deja más o menos claro que estamos ante una declinación contingente del alma “anti-régimen”, reformista, del movimiento y no frente a su emulsión “antisistema”, radical, lo que explicaría el rápido éxito de su apuesta bidireccional entre cohortes de votantes decepcionados con los principales actores políticos. Y lo que es más importante, esa misma eficacia que las urnas han refrendado de manera impactante certifica en alguna medida la pronta renuncia a muchos de esos presupuestos enunciados como valores intrínsecos del imaginario 15M.

De hecho en la propia apuesta electoral del Podemos y en su exitosa culminación se reflejaba parte de ese nuevo atrezo que establecía un antes y un después respecto al “espíritu del 15M”. Su conversión en partido político “contrapoder”, con las consecuencias de su inevitable jerarquización y burocratización, e iniciativas de marketing electoral tan elocuentes como imprimir en las papeletas la silueta de su cabeza de lista, entrañan elementos arrogantes de fidelización impropios de un movimiento orgullosamente horizontal y asambleario. Rasgos todos ellos que se han acentuado cuando se ha hecho público el borrador de la estructura organizativa del partido, que deberá someterse al criterio de su militancia-nube en el próximo otoño, donde se relega a los círculos (teóricos depositarios del derecho a decidir) a un papel subsidiario. Mientras, en el extremo opuesto, la figura de un portavoz soberano parece haberse diseñado a la medida del mediático eurodiputado Pablo Iglesias, aunque hay que ponderar en esa propuesta la iniciativa de revocación permanente de los cuadros.

Todo ello induce a pensar que la estrategia de Podemos de cara a las próximas citas del decisivo año venidero van a ir más destinadas a hollar en los yacimientos del PSOE y de IU que a bucear en los surcos transformadores del 15M, salvo que esos pilares del statu quo insistan en su torpe satanización para tratar de evitar el contagio. Esta perspectiva, que todas las proyecciones de intención de voto realizadas dan como muy halagüeña, dejaría al otro alma del movimiento en barbecho para experiencias políticas que, tipo Ganemos, ritualizan alternativas al sistema en los reductos de acción directa que conlleva de aquella manera el ámbito municipal. Sitios donde la proximidad entre elector y elegido; la función menguante del aparato de los partidos; la no excesiva profesionalización de la representación política y sus elitistas aforamientos y, en fin, la relativa desmercantilización de la función pública en determinado nivel, pueden crear las condiciones para una centrifugación democrática del poder en claves de abajo arriba.

De esta forma no se lograría el cambio en profundidad deseado por el perfil minoritario y adventicio de sus practicantes, pero podría contribuir a evitar consumar el divorcio en ciernes entre esas dos almas del 15M que brotaron de una misma dinámica social. Para ello habría que construir un polo de atracción fluyente mediante la federalización de autonomías locales, de carácter anticapitalista y autogestionario, que inclinara la balanza hacia la ruptura al frenar la deriva caudillista, providencialista y burocrática de Podemos, que podría tener un referente indiciario en la sucedido en Islandia, el único país que ha logrado una salida no totalmente continuista a la crisis gracias a la movilización ciudadana. La fuerza empática del espíritu del 15M en acción debería potenciar las sinergias capaces de evitar una recomposición de la sedicente e insuficiente izquierda con la savia nueva de Podemos, aunque a primera vista ese relato se escenifique como lo contrario. Recordemos el precedente de la cohabitación de los verdes con la socialdemocracia en la antigua República Federal Alemana. O la experiencia del Partido Comunista de España (PCE) compartiendo poder en los ayuntamientos con el PSOE en los primeros años de la transición, que tantos “cuadros políticos” aportó al felipismo cuando a rebufo del 23-F logró cancelar su travesía del desierto.

La naturaleza no da saltos, sostenía Linneo, lo que de confirmarse empobrecería cualquier salida que no tenga en cuenta el cambio en las conciencias de las personas como antecedente para las transformaciones sociales no traumáticas. Aunque la profundidad de la crisis que nos ha infringido el sistema financiero global ofrece una oportunidad histórica para algo más que el tradicional intercambio de roles, es igualmente cierto que en política la gente tiene horror al vacío y, si se quita la red protectora sin existir un quitamiedos alternativo, se corre el riesgo de abonar el terreno para que los más desalmados capitalicen el agujero negro de su incertidumbre. En nuestra responsabilidad está favorecer una acumulación de fuerzas que garantice un cambio real sin dejar los principios en almoneda ni vender el alma al mejor postor.

Y en cualquier caso sería una frivolidad hacer como si Podemos no existiera y censurar el debate sobre el problema de lo que su disyuntiva conlleva. Hay que tener en cuenta que cuando se celebren las elecciones municipales en mayo próximo se cumplirá un año justo de la europeas y, salvo sorpresa, Podemos se presentara a las urnas con las manos vacías, más allá de cuatro mítines-reality para consumo mediático. Por el contrario, si la cara horizontalista del 15 se moviliza genuinamente puede introducir en la realidad diaria el germen de la sociedad futura que preconiza. Empezando por batir al caciquismo y el correlato de su amedrentamiento sicológico.

En este aspecto es un lugar común hablar de la posibilidad de repetir otro 14 de abril de 1931 en tiempo real. Y aunque la historia ni se detiene ni tropieza, y la forma de gobierno republicana puede ser tan mala como la monárquica, es cierto que en esa fecha están condensadas algunas de las demandas de la micro-ruptura que debería abrir un proceso constituyente sinceramente democrático. España es diferentes (o sea, indiferente) y la Segunda República (tras la Primera que no pasó del balbuceo) fue el proyecto que modestamente intentó superar algunas de las lacras que el país había acumulado a lo largo de una experiencia autárquica que no contó ni con Reforma Religiosa, ni con Revolución Industrial, ni mucho menos con los réditos de una Revolución Burguesa (o inglesa o norteamericana). Cuanto menos bulto, más claridad.

Importa poco si Pablo Iglesias es un fenómeno de la naturaleza, según la penúltima ocurrencia del rector Carrillo de la Universidad Complutense, o un perfecto friki que alimenta su ego con un juego de tronos que va de Invernalia a Desembarco del Rey. Lo que interesa es encontrar la llave inglesa que permita atornillar el genuino espíritu del 15M sin migraciones de almas que se canibalicen entre sí. Cosas más difíciles se han visto. Los críos de mi generación solían jugar con gusanos de seda que metían en una caja de zapatos con agujeros hasta que el milagro de la evolución los convertía en mariposas. Y todo porque los mimaban alimentándolos con hojas de morera.
Para soslayar los cantos de sirena del pablismo y su corte de los milagros sobre ese escenario quincemayista hay que volver a tomar las riendas de nuestras vidas. Ocupar las plazas, las calles y los barrios con inteligencia renovada, recuperando la iniciativa de las movilizaciones sin atender a la agenda de los que dentro de Podemos programan un “desarme” unilateral para empoderar su extraño y profético viaje equinoccial a través de las instituciones.

Bien pensado, nada ha cambiado a mejor desde el éxito de Podemos en el parlamento europeo. Todo lo contrario, el rodillo antisocial suma y sigue por encima de la palabrería de los “brotes verdes” y las cantinelas de “regeneración democrática”. Igual que el publicitado “gobierno de izquierdas” en Andalucía no ha supuesto rectificación visible de la crisis social en esa comunidad cleptomanizada desde arriba. Por tanto, no parece que existan razones de peso para abandonar las calles a cambio de reproducir el estéril ritual del parque temático “electoral” 1X2 que las direcciones de los partidos cocinan para franquiciarnos.

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