«El crecimiento basado en la duplicación de recursos y desechos no puede ser infinito. Muchas cosas cambiarán. Lo que permanecerá inmutable será la agresividad de quienes sean despertados de repente por la realidad y la pelea entre políticos echándose las culpas unos a otros».
Marc Cabanilles. Ateneo libertario Al Margen
Si hay algo que influya en nuestras vidas, guíe nuestro comportamiento y determine nuestras reacciones, es el miedo. Porque el miedo, cuando coloniza un espacio, ya sea una mente, unas instituciones o la sociedad, ya es difícil de eliminar, de gestionar, incluso por el que ha desencadenado la reacción.
El miedo es una emoción o sensación que, tras percibir un peligro real o imaginario, se activa para ayudarnos a hacerle frente, adaptándonos a las circunstancias presentadas o imaginadas, permitiendo evaluar las posibles soluciones al problema, y finalmente aprender para futuras ocasiones.
Los peligros que padecemos van variando con el tiempo y con el tipo de organización social en la que vivimos. Antes eran miedos asociados a la naturaleza, como el trueno, depredadores, volcanes, fríos o sequías. En la actualidad, los miedos se han multiplicado, tanto en cantidad como en calidad, pudiendo distinguir entre miedos exógenos, o sea, aquellos que hacen referencia a características del medio donde se vive (guerra, delincuencia, desahucios, falta de trabajo, contaminantes, radiaciones, pesticidas, superpoblación, la escasez de energía, la falta de agua,..…) y miedos endógenos, aquellos que se refieren a características propias de cada persona (a la vejez, al ridículo, a la pobreza, al fracaso, al éxito, a la soledad, al futuro, a la muerte,..).
De entre todos ellos, hay unos miedos concretos que, aunque, a algunos, nos producen cierto desasosiego, la mayoría de personas (políticos, economistas a sueldo, tecno optimistas, negacionistas del cambio climático, los de “alguien inventará algo”, los de “los recursos son ilimitados”, los de “yo no puedo hacer nada”…), prefieren ignorar o no enfrentar, bien por visiones cortoplacistas, por pragmatismo, bien porque los suponen fuera de su control, bien porque consideran que su tratamiento individual es inútil, o porque por salud mental, se prefiere creer que se trata de asuntos ajenos a nosotros. Hablo del crecimiento constante de la economía, de la utilización de la energía, de la escasez de agua, de la producción de alimentos, de la extracción de minerales, de la superpoblación mundial.
Quienes han decidido organizarse y abordar dichos miedos (ecologistas, usuarios de energías renovables, redes alimentarias alternativas, comunidades de base, agricultura y ganadería sostenibles, seguidores de la permacultura), son una clara minoría a la que se mira con cierta lástima y desprecio por considerar que están perdiendo el tiempo, siendo, además, objeto de burlas por suponer que son unos exagerados, que es una moda o simplemente, porque no van a ningún lado. Sólo basta fijarse en uno de los aspectos antes mencionados, el crecimiento de la economía, para echarse a temblar.
Políticos, economistas, inversores, medios de comunicación, hablan con entusiasmo y alegría sobre el crecimiento. Derrochan parabienes y optimismo cuando el PIB crece. Los empleos, las ganancias, las empresas y las industrias deberían crecer; si no lo hacen, nos dicen que algo anda mal y deberíamos identificar el problema. Sin embargo, pocos hablan del llamado “tiempo de duplicación”, concepto fundamental para entender lo irracional del crecimiento.
Basados en las matemáticas, concretamente en el logaritmo natural de 2 (duplicar una cantidad), se puede ver fácilmente que con un crecimiento anual de la economía del 2,8% (que los economistas suponen un crecimiento normal y sano), en los próximos 25 años se duplica la cantidad de recursos consumidos (agua, energía, minerales, cemento, fertilizantes, maderas…). Y con ese crecimiento “normal y sano” del 2,8%, en 50 años habremos duplicado de nuevo las cantidades y, por tanto, supondrán cuatro veces más de lo que se consume actualmente.
Sin olvidar que, a medida que la economía crece, también genera más residuos, desechos y desperdicios. En los últimos 25 años, la cantidad de desechos sólidos producidos a nivel mundial se ha disparado de aproximadamente 3 millones de toneladas por día a alrededor de 6 millones de toneladas por día (lo pongo en número y en kilos, 6.000.000.000 por día). Si alguien no ve un problema en esto, no hace falta que siga leyendo.
Pero como somos seres racionales, inteligentes y “reyes” de la creación, no nos será difícil imaginar que ese crecimiento basado en la duplicación de recursos y desechos no puede ser infinito, que algún día esa secuencia se interrumpirá. Y llegado ese día, siguiendo con la imaginación, es fácil suponer que las cosas y hábitos, sin duda, cambiarán forzados por la situación, que muchas expectativas desaparecerán, empresas que no seguirán, empleos que desaparecerán, quiebra de un sistema bancario basado en la especulación, por no hablar de posibles hambrunas o guerras provocadas por la búsqueda de los ya escasos recursos disponibles. Lo que sí puedo asegurar que permanecerá inmutable es la agresividad de quienes sean despertados de repente por la realidad y la pelea entre políticos echándose las culpas unos a otros.
Y añadido al problema planteado, deberemos tener en cuenta que cuando llegue el colapso, quienes lo negaron, seguirán ahí, y seguirán siendo mayoría, de nada servirá decirles que “ya os lo dije”. Y serán un problema porque, aferrados a un individualismo atroz, habituados a pensar poco, a hacer nulos sacrificios, acostumbrados a vivir como si nada pasara, nunca imaginaron lo que se nos venía encima, no encontrarán explicación de lo ocurrido, y menos todavía reconocerán que en su día se equivocaron. El concepto de “solidaridad intergeneracional” nunca fue con ellos, entre otras cosas, porque no entendiendo de ningún tipo de solidaridad tampoco pueden aplicarla.
Extenderán el miedo que en su día rechazaron, querrán buscar culpables por una situación que ignoraron, exigirán una solución inmediata sin saber muy bien a quién pedírsela, y seguramente su reacción se aproximará más a la violencia y al egoísmo que a la cooperación y la fraternidad.
Y para terminar, dense cuenta que sólo hablé de un aspecto, el crecimiento, sin mencionar el “factor de duplicidad” aplicado a la energía, a la producción de alimentos, al aumento de población mundial o al consumo de agua. No es difícil concluir que deberíamos empezar a prepararnos antes de que llegue el último ciclo de “duplicación”, porque cuanto antes nos preparemos, más fácil nos resultará afrontar la nueva situación, que, sin duda, llegará si no cambiamos la forma de interactuar con este nuestro maltratado planeta Tierra.











































