La Veranda de Rafa Rius
“no hay mal que cien años dure”
1. En Roma existía una tradición que, procedente de los primitivos tiempos monárquicos, atravesó la República y pervivió hasta bien avanzado el Imperio. Tenía lugar el 24 de febrero y era conocida como “la fuga del rey”. En ella se acostumbraba a hacer un sacrificio en los Comicios y, cuando éste terminaba, la persona elegida como rey de los ritos sacros, huía del Foro. Salía tomando una ventaja y los competidores corrían tras él. Cuando el más rápido de los perseguidores adelantaba al rey, éste le entregaba la corona y la vida. De ser ciertas las conjeturas de los analistas de tan cruenta ceremonia deportiva, supondría la ritualización de tradiciones más remotas en las que los reyes latinos personificaban a un dios y en calidad de tal, eran condenados a muerte con regularidad.
2. A los antiguos reyes de Camboya, no les era permitido morir de muerte natural. Al primer síntoma de enfermedad o flaqueza de ánimo, eran apuñalados por sus allegados.
3. Los Shilluk, en la región del Nilo Blanco, observaban una conducta similar: en cuanto el rey presentaba los primeros síntomas de debilidad, evidenciada en la incapacidad de satisfacer sexualmente a sus numerosas mujeres, lo encerraban en una choza y lo dejaban morir de inanición.
4. En esta misma región africana, los Fazoql conservaban hasta tiempos recientes una drástica costumbre: el rey tenia que administrar justicia a diario bajo cierto árbol. Si, por enfermedad o cualquier otra causa, no acudía a la cita durante tres días consecutivos, lo colgaban de una rama con un nudo corredizo que tenía dos navajas tan ingeniosamente dispuestas que, al cerrase el nudo por el peso del real cuerpo, cortaban lentamente el cuello del informal monarca que había osado hacer novillos.
5. A finales del Siglo XIX, todavía existía entre los Yorubas del África Occidental, la tradición de juzgar y condenar al rey. Si éste se había granjeado el odio de su pueblo por excederse en el ejercicio del poder, era requerido para que se fuera “a dormir”, eufemismo mediante el cual era invitado a suicidarse, en evitación de males mayores.
6. En la vieja y sabia Europa, era costumbre entre los antiguos prusianos que su rey fuera inmolado en una pira a la que él mismo prendía fuego.
7. Sin salir de la península ibérica, es de ver la cantidad de reyes godos que hubo en apenas doscientos años. Es algo que sólo encuentra explicación cuando, tras consultar los correspondientes libros de Historia, descubrimos que la brevedad de la mayoría de sus reinados -en algunas ocasiones no llegaba a las dos semanas- se debía al hecho de que el mecanismo más habitual de sucesión era el asesinato.
En otros lugares, el final de los monarcas no se producía por decadencia o mal gobierno, sino que, cualquiera que fuese el signo de su reinado, su muerte estaba predeterminada a plazo fijo.
8. En Quilcaré, en la India meridional, el plazo era de doce años. Al término de este plazo, el rey ante todo el pueblo cogía unos cuchillos afilados y se cortaba la nariz, los labios, las orejas y cuantos miembros podía, arrojándolos a los espectadores. Por último, cuando la pérdida de sangre amenazaba con desvanecerlo, se seccionaba la garganta.
9. De barros, un historiador portugués, refiere una curiosa costumbre en la costa Norte de Sumatra: ningún hombre deseaba ser rey, porque sus súbditos no lo dejaban vivir mucho tiempo. Periódicamente el pueblo se concentraba en las calles al grito de “el rey debe morir”. Cuenta el portugués que, formando parte de una expedición comercial, pudo contemplar en pocos días la muerte de dos reyes, y esto, de la forma más pacífica y ordenada y sin ninguna clase de tumulto. El viajero comentaba: “Daba la sensación de que matar a un rey era cosa de todos los días”.
Consultando bibliografía histórica y antropológica, encontraríamos decenas de ejemplos como los citados, en las más diversas épocas y regiones. El tiempo siempre ha sido un factor fundamental en la configuración de las formas de poder, sin embargo, a partir del último cuarto del siglo XVIII, con el final del Antiguo Régimen y el ascenso de la burguesía en Europa -y, consecuentemente, en todo el ámbito colonial- esas muertes a plazo fijo se han ritualizado y convertido en simbólicas batallas electorales, en las que los contendientes, pueden perder el poder, pero nunca, salvo acreditadas excepciones, la vida.
El hecho de que la tradición de la eliminación física del máximo representante del poder estatal sea algo propio de otros tiempos en las sociedades “desarrolladas” occidentales y que sólo haya pervivido en sociedades de las llamadas “primitivas” nos puede llevar a establecer conclusiones apresuradas, por ejemplo, que el Progreso es el agente civilizador que ha hecho desaparecer tan bárbara costumbre. Nada más lejos de la realidad a poco que lo analicemos. Para empezar, sería demasiado aventurado calificar -descalificar- tal costumbre como bárbara, sin más. Bien al contrario, la eliminación física del sujeto que encarna el poder estatal, denota un alto grado de reflexión sobre los mecanismos que operan en el ejercicio de dicho poder y especialmente sobre los peligros que comporta su uso indiscriminado, arbitrario y sin fecha de caducidad. Por otra parte, la especie pregonada por voces interesadas en la perpetuación de Estado como máximo dios civil, de que el Progreso es la panacea que curará todas nuestras dolencias ancestrales, convendría que nos la tomáramos con calma y le diéramos la vuelta para ver que oculta en su envés.
Si, en el caso que nos ocupa, la anteriormente citada ritualización de la violencia contra el poder, significa que sea convenientemente canalizada por los oportunos cauces electorales, no acabaría de verle yo las ventajas al invento. Llamar Democracia a esa especie de Cristo del Gran Poder Civil que planea sobre nuestras cabezas, controla hasta nuestros más recónditos rincones y elimina en su interior cualquier posibilidad de rebelión, entonces es un escarnio a la etimología: llamar a eso “gobierno del pueblo” sólo puede entenderse desde un elevado grado de intoxicación etílica o desde la demagogia más descarada.
Si democracia es abdicar de nuestra libertad de acción y opinión, reduciendo nuestro libre albedrío a elegir (¿?) cada cuatro años a aquellos a quienes hemos de permitir administrar nuestra sumisión, entonces, vistas así las cosas, no resultan tan descabellados los regicidios de los supuestos bárbaros; al menos ellos eran dueños del destino de sus opresores y éstos ya sabían -quien algo quiere algo le cuesta- el precio de degustar la erótica del poder
Visto desde aquí, si no tenemos la posibilidad de llamar a las cosas por su nombre, sin tótems objeto de tabúes; si, en cualquier momento, no podemos remover de su alto sitial cualquier tipo de autoridad; si no tenemos más remedio que esperar la noche del cinco de enero para descubrir que los reyes siguen pasando de largo; si no tenemos un as guardado en la manga que gane la baza a cualquier rey, entonces: ¡Qué tenemos!











































