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La xenofobia, otro mito del neolenguaje

Abel Ortiz

La xenofobia, el miedo o rechazo, por no decir odio, al extranjero, no existe. Es un camuflaje más del fascismo, esa dura palabra desactivada por los dueños del lenguaje.

Desde hace muchos años, cuarenta o más, visitan este país millones de personas que se gastan un dinero. Una contribución al PIB que, en gran medida, nos da de comer.

Los turistas alemanes, franceses, italianos, estadounidenses y por ahí, aunque muchos no lo crean, son extranjeros. Y la reina Sofía, Messi o Cristiano Ronaldo. Lo pone en su pasaporte. Es dudoso que generen odio en la población. Quizá esto tenga que ver con que vienen con la cartera llena. Es decir; hay que ser muy, pero que muy necio, para no ver claro, como el agua clara, que el odio, disfrazado de xenofobia, es a los pobres, esos que se amontonan en los barrios obreros. El fascismo histórico ha utilizado muchas veces el mismo arma que utiliza ahora; enfrentar a los pobres entre sí.

Convencer a los pobres autóctonos de que los culpables de su situación no son el FMI, el banco mundial, los neoliberales, la escuela de Chicago, las agencias de rating y los selectos clubs privados de poder, reunidos todos bajo el paraguas del consorcio pentágono-industria militar, es fácil. Basta con señalar, utilizando todos los medios a su alcance, que son aplastantes, a un chivo expiatorio visible, identificable e indefenso: El “otro” pobre, a poder ser el vecino.

La culpa de que la sanidad se atasque no es de la mafia farmacéutica, no es de los que meten la mano en la caja, no es de quienes quieren hacer un negocio de la salud. Es de los extranjeros pobres que la utilizan mucho. Se ponen malos sin tener en cuenta que para enfermar hay que tener ingresos. Quienes, desde su propia pobreza, contra toda lógica racional, señalan a los emigrantes pobres como culpables de la situación económica o son tontos, no creo, o se lo hacen. Hay datos incontrovertibles. Las mayores economías del mundo, EEUU, Alemania, Gran Bretaña y demás familias de posibles, son aquellas que han recibido más emigración. Esto no se puede discutir. Explotar esclavitud, mano de obra barata y sin derechos, ha sido tradicionalmente un medio muy habitual para enriquecer personas y países. La Alemania actual tiene una deuda impagable, y criminal, con millones de trabajadores extranjeros, (españoles, italianos y portugueses primero, turcos después), que han trabajado, en condiciones terribles, durante décadas, y cotizado, para que los alemanes veraneen en Ibiza o Tenerife y tengan el salario mínimo al doble que los trabajadores de los países del Mediterráneo a los que, para rematar, llaman vagos.

Los EEUU sostienen su sociedad sobre el trabajo de los millones de personas que llegaron a la tierra de promisión, a lo largo de los siglos XIX y XX, procedentes de todas las partes del planeta. Los chinos construyeron el ferrocarril. Los negros y latinos recogieron las cosechas, cuidaron de los hijos y los viejos de los ricos. Italianos, irlandeses, rusos, griegos, todos trabajaron, hicieron negocios, unos prosperaron, otros no.

Los emigrantes pobres siempre han existido. Canarios, gallegos y asturianos que fueron a Latinoamérica, magrebíes que se ahogaron en el estrecho (hoy mismo otro), indios que trabajaron para el imperio británico, argelinos que llenaron las fábricas francesas, coreanos maltratados en Japón. Quienes los explotaron, persiguieron, insultaron y humillaron, no eran xenófobos, eran fascistas haciendo el trabajo sucio de los ricos, esos que, cuando vienen mal dadas, culpan a otros de sus estafas y crímenes. Muchos de ellos no lo sabían. Y siguen sin saberlo. Es muy peligroso. Es mortal.

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