El Vaivén de Rafael Cid
<<La vida es breve, la ocasión fugaz, el intento arriesgado y la vida difícil>>
(Aforismo hipocrático)

En su interminable cabalgada, el capitalismo ha asimilado crisis, percances y descalabros sin desfallecer en el intento (lo que no le mata le hace más fuerte). Ese espíritu de <<destrucción creadora>> (Schumpeter, Historia del análisis económico) que le identifica se lleva cobrados dos cataclismo sociales en los últimos siglos. El primero en el XX, inscrito en el memorial con la rúbrica <<crac del 29>>, fue provocado por la simbiosis parasitaria entre banca e industria durante el despliegue de la economía de mercado desde su santuario estadounidense. Y sus réplicas al otro lado del atlántico, donde las insoportables cotas de paro e inflación sembraban la desesperación en amplias capas de trabajadores, abonaron el terreno para la irrupción de fuerzas totalitarias y disruptivas. Bajo el señuelo del pleno empleo que permitía un modelo productivo entregado a la industria de guerra y el restablecimiento de la seguridad ciudadana enarbolada por un autoritarismo estatal-policial, se abrieron paso el nazismo hitleriano (nacionalsocialismo) y el fascismo mussoliniano (nacionalpopulismo). Con ello, experimentos democráticos como la República de Weimar, capotaron en su intento de fidelizar a un proletariado que rumiaba entre el combinado nazifascista y la futura distopía comunista de la aún ilusionadora Unión Soviética. Enemigos íntimos que juntarían sus destinos en 1939 para desencadenar la Segunda Guerra Mundial, en una sangrienta alianza militar que duraría dos largos y cruentos años, periodo durante el cual el tándem caníbal Hitler y Stalin se repartió media Europa.
Concluida la contienda y desatada la Guerra Fría entre los dos bloques antagónicos, y excepción hecha de las crisis del suministro del petróleo de 1973 y 1979, el capitalismo emprendió una larga marcha que culminó en una múltiple mutación a comienzos del siglo XXI. La debacle financiera global de 2008, de nuevo con el amigo norteamericano como instigador; el zarpazo de la pandemia del Covid 19 en 2020, cuando aún supuraban las heridas del austericidio impuesto a las economías del continente; la invasión de Ucrania por la Rusia de Putin; la espada de Damocles del inapelable cambio climático sobre el sistema productivo convencional; y la irrupción depredadora de empleo que suponían las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, provocaron que casi en el centenario del primer tsunami de nuevo las democracias fueran censuradas por amplias capas de población que se consideraban las grandes damnificadas del sistema.
No se trataba de una reedición del relato nazifascista clásico, pero los populismos a diestra y siniestra volvían a arengar sobre el yunque de la intolerancia y la discriminación frente a lo nuevo, lo viejo y lo diferente. Porque si bien la historia ni se detiene ni tropieza, no es menos cabal que <<la tradición de la generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos>> (Carlos Marx, La guerra civil en Francia). Lo notorio a fin de cuentas es que la extrema derecha está cada vez más presente en la mayoría de los países europeos, ya sea a nivel de gobiernos (Italia, Hungría, Finlandia) o de sus parlamentos (Francia, España, Portugal, Grecia, Eslovaquia, Suecia, Alemania), presionando desde las instituciones para achicar derechos que afectan al feminismo, la ecología, la migración, tanto en el plano nacional como en el marco de la Unión Europea (UE). Incluso formaciones que nominalmente no se reconocen en el contexto ideológico ultra les disputan algunas de sus propuestas más mendaces. Mientras Gran Bretaña plantea confinar a los inmigrantes irregulares en una macroprisión-flotante fondeada en el Canal de la Mancha, en Dinamarca debaten externalizar el problema en cárceles de Kósovo, previo pago de 21 millones de euros anuales a los carceleros subcontratados por albergar a 300 extracomunitarios.
Dada la magnitud del proceso y la variedad de los proyectos involucionistas en liza, resultaría un reduccionismo absurdo adjudicar a una sola causa el auge de las formaciones de extrema derecha populista. Tampoco hay que analizar lo que sucede en Europa como reflejo mecánico de lo ocurrido en Estados Unidos con el discurso impostado de Donald Trump contra los poderes facticos (corporaciones, medios de comunicación, etc.) en nombre de la América profunda. Hay una confluencia de motivos que van desde la frustración de los habituales votantes de izquierda con la socialdemocracia; los devastadores efectos sustitutivos sobre el trabajo humano por efecto de la brusca aplicación de herramientas cibernéticas; la creciente desigualdad entre clases sociales y territorios tras el estrangulamiento de los recursos del Estado de Bienestar; la creciente brecha abierta entre el mundo rural y el urbano en cuanto a cantidad y calidad de equipamientos y servicios; la percepción de menosprecio existente en sectores extractivos al creerse preteridos en los programas de la nueva política (agricultores y gente del mar por las regulaciones dictadas desde Bruselas y la prevalencia de acciones a favor de la agenda verde de los gobiernos que conllevan un impacto para su hábitat); la falta de perspectivas para la juventud como víctima propiciatoria de la ruleta rusa del desempleo estructural y la precariedad laboral; y la circunstancia de que muchos trabajadores-contribuyentes compitan en la asignación de prestaciones sanitarias, educacionales o en subvenciones públicas con los extranacionales acogidos. En suma, asistimos a una devaluación de las bases de la democracia liberal realmente existente debido al envite de una democracia emocional y gesticulante de signo iliberal, que no cabe minusvalorar con el recurrente argumento de que se intenta dar soluciones simples a problemas complejos (aunque ciertamente un hombre es un voto y una boina también lo es)
Ese coctel explosivo se empezó a incubar con las revueltas populares en el mundo árabe que provocaron el derrocamiento de los regímenes de Ben Ali en Túnez y Hosni Mubarak en Egipto, dos miembros significados de la Internacional Socialista que hoy preside Pedro Sánchez. Ambos acontecimientos actuaron de revulsivo para otros levantamientos de la sociedad civil en países europeos, destacando las protestas que llevaron al poder a la coalición de izquierdas Syriza en Grecia y al surgimiento del 15M en España a lo largo del 2011. No obstante, las esperanzas puestas en la capacidad rupturista de las mismas se vieron frustradas con la sangrienta represión desatada en El Cairo por el ejército ante la pasividad de las potencias occidentales y, en similar medida por la claudicante negativa de Tsipras a aceptar el veredicto del referéndum que el mismo había convocado para repudiar las leoninas condiciones impuestas por la Unión Europea (UE) en el rescate a la agonizante economía helénica. Es precisamente a partir de ese impasse cuando la extrema derecha comienza a tomar posiciones de rango entre las masas desafectas vapuleadas por la crisis financiera en las democracias continentales.
Pero no existe una unidad de destino en el conglomerado ultranacionalista. Salvo en el apoyo más o menos disimulado a la embestida del Kremlin contra Ucrania (aquí en coincidencia con sus antípodas de extrema izquierda) y en haber atemperado su euroescepticismo inicial, en general todas esas formaciones mantienen un perfil propio de adaptación a su respectivo medio electoral. No representa lo mismo el abandono de la solidaridad nórdica de puertas abiertas a vulnerables y transterrados (con el apoyo parlamentario al ejecutivo de los extremistas Demócratas de Suecia desde octubre de 2022 o la entrada del Partido de los Finlandeses en su gobierno en junio de 2023); que la escalada hacia el poder del partido de Marine Le Pen Agrupación Nacional (AN) en Francia (89 escaños y pisando el terreno a Macron en las últimas presidenciales); los progresos de los neonazis de Alternativa para Alemana en el país germano o el encumbramiento de Georgia Meloni con Hermanos de Italia el año pasado a la cabeza de la tercera economía de la UE. Circunstancias todas ellas que testimonian el fracaso de los publicitados <<cordones sanitarios>> aplicados para revertir el avance de la extrema derecha. Voluntariosas declamaciones más atentas a la rentabilidad propagandística del <<no pasarán>> que a resolver las graves carencias de fondo y forma que estaban adoquinando el auge ultra.
Son distintos pero no distantes. Los de Le Pen han sustentado su crecimiento sobre las bases obreras que en su día seguían al Partido Comunista Francés (PCF) y como mal menor suscribían el voto útil del Partido Socialista Francés (en las pasadas presidenciales el 64% de las adhesiones de AN procedían de trabajadores y parados). Alternativa para Alemania tiene su baluarte y principal cantera en los excomunistas de la antigua República Democrática Alemana (RDA) que se vieron discriminados tras la reunificación respecto a los ciudadanos del oeste. Los seguidores de Meloni, igual que con Le Pen, se nutren en parte del trasvase tránsfuga de afiliados del que fuera poderoso Partido Comunista Italiano (PCI), repunte adobado con una estrategia de dinamización cultural que tiene en el concepto gramsciano de hegemonía su baza secreta (Viktor Orbán hizo su tesis doctoral sobre este teórico comunista). El pragmatismo ideológico no es una anomalía en el vademécum político de la extrema derecha. El primer Podemos, por ejemplo, se servía de la teoría del <<significante vacío>> del marxista argentino Ernesto Laclau, quien a su vez bebía en las fuentes del filonazi Carl Schmitt y su catalogación del adversario político como enemigo a exterminar. Era lo que su líder Pablo Iglesias denominaba <<cabalgar las contradicciones>>.
En este sentido, el campeón del sincretismo es Vox (33 escaños tras el batacazo del 23-J), el grupo que junto al Chega portugués (12 escaños) identifica a la extrema derecha en la Península Ibérica. Pero los de Santiago Abascal son un caso aparte, sin casi paragón entre sus colegas de la galaxia ultra. En su seno conviven reaccionarios al pie de la letra, conservadores, carlistas, católicos preconciliares, ex falangistas, neoliberales y hasta escolásticos del mesianismo marxista. Todos ellos comprometidos con la recentralización del Estado restando competencias a las autonomías por aquello de la igualdad de todos los españoles convertida en anacrónica letanía. Surgido al parlamentarismo en las elecciones andaluzas de 2018, Abascal es un discípulo del pensador riojano Gustavo Bueno, marxista heterodoxo que algunos círculos consideran el filósofo español más importante del siglo XX. El líder de Vox y Bueno, miembros destacados de la Fundación para la Defensa de la Nación Española, comparten la visión de que los <<males de la patria>> radican en el proceso de desmembración del Estado (versión posmoderna de aquella España invertebrada denunciada por Ortega y Gasset). La paradójica comunión intelectual entre el político ultramontano y el filósofo materialista (autores a cuatro manos del libro En Defensa de España) tiene raíces biográficas. Del lado de Abascal por su lucha contra el acoso de ETA en el País Vasco y del lado de Bueno por sentirse decepcionado por una izquierda que había trocado el internacionalismo proletario por el independentismo soberanista. Esas influencias cruzadas debieron pesar a la hora de designar como candidato para la moción de censura activada por Vox al economista Ramón Tamames, antiguo dirigente del Partido Comunista de España (PCE) durante la transición.
El alma neoliberal de Vox, por el contrario, representó una auténtica bendición para el gobierno de coalición <<social-comunista>>. De suyo, fue gracias a la abstención en bloque de los entonces 52 diputados de Abascal que Pedro Sánchez logró la exclusiva para gestionar los multimillonarios Fondos de la Unión Europea sin ningún órgano de control independiente por medio, una excepción en el panorama democrático de los veintisiete. Todos los demás grupos parlamentarios votaron en contra, deferencia de los ultras que llevó a la entonces vicepresidenta Carmen Calvo a declarar públicamente en señal de agradecimiento que <<Vox ha demostrado sentido de Estado>>. El mismo Vox que desde su aparición había sido tildado por Moncloa y Ferraz como el núcleo duro del <<trifachito>>. Astuto espantapájaros con el que PSOE y Unidas Podemos urdieron su <<alerta antifascista>>, aserto que en realidad entrañaba a la vez la victimización nasciturus de la extrema derecha y su blanqueamiento al equipararla con el Partido Popular (PP) y Ciudadanos (Cs). Ya no había duda: si toda la oposición era infame, los únicos progresistas estaban en el gobierno. En palabras de la dama de hierro inglesa: no había alternativa. La cuadratura del círculo que para sí quisiera Ramón Llull. Con estruendo y algarabía se levanta un teórico cordón sanitario, criminalizando al rival al señalarle como icono del tridente facha mientras se esgrime un <<no es no>> que hace imposible levantar tal barrera. Porque para cerrar el paso a la ultraderecha allí donde constituya una amenaza real se precisa, sí o sí, el acuerdo de los partidos mayoritarios. Lo que hizo Feijoo en los ayuntamientos de Barcelona y Vitoria, apoyando la candidatura socialista contra los independentistas de Junts per CAT y Bildu, y no correspondió Sánchez favoreciendo al PP como partido más votado el 28-M y el 23-J para marginar a los terraplanistas de Vox que <<pretenden meternos en un tenebroso túnel del tiempo>> (siguiendo el ejemplo de Revilla en Cantabria, que respaldó al PP para dejar fuera a Vox). Alimentar al monstruo para convertirse en el exorcista. Tampoco la extrema izquierda de Jean-Luc Mélenchon su sumó al consenso general para cortar las alas a Le Pen en la segunda vuelta de las presidenciales. ¿Cuánto peor, mejor? Desde luego hay un método en su locura. La misma izquierda que hoy abandera orgullosa un negacionismo pactista fue la que en 2011, con el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, promovió un acuerdo exprés con la derecha de Mariano Rajoy para reformar el artículo 135 de la Constitución. En la práctica, un cordón sanitario contra el pueblo soberano destinado a priorizar el pago de la deuda sobre cualquier otra contingencia social. Por supuesto, con el voto a favor sin restricciones del entonces diputado socialista Pedro Sánchez.
Llegados al desenlace, tenemos un problema: S.O.S. Suele decirse que cada pueblo posee el gobierno que se merece. Parece lógico, en una democracia se elige de abajo-arriba. Los gobiernos nacen de la voluntad popular expresada en las urnas. O al menos de la papeleta que emiten los electores, que no incluye a todo el cuerpo electoral, ni mucho menos a todos los ciudadanos. Y ahí se rompe el encanto de salida, a partir de ese momento todo se invierte y corrompe, funciona el rodillo arriba-abajo. Por eso al Gobierno también se le llama Ejecutivo. Una reversión del espíritu democrático que se institucionaliza porque conquistado el <<sí quiero>> la mayoría social implicada se autoexcluye, se llama andana. Delega derechos y deberes (no hay unos sin otros) en la élite de los que van a mandar en nuestro nombre. Es como el descargo de conciencia en el confesionario. Se perdonan los pecados y la responsabilidad se transfiere a lo más alto. El tracto así perpetrado se convierte en un troquel de dominio pleno, una suerte de cheque en blanco de los representados a los representantes. Como si ya no existiera sociedad civil y toda la vida política se redujera a lo que sale en el BOE. Especialmente cuando es la izquierda la que llega al poder, entonces subimos un peldaño más en la entrega y pasamos al formato de confianza ciega. Son uno de los nuestros, asegura el eslogan. Un recorrido de despersonalización, en el que se borra el individuo moral y la ética colectiva. Esa es la clave del actual avance de la extrema derecha, el capitalismo de amiguetes, la democracia impostada y otros adefesios, aunque también del cepo de intereses y trampantojos a que nos someten partidos, sindicatos afines y malhechores varios. El secreto, pues, está en la masa, ese colectivo informe y narcisista domado para la obediencia debida. La disyuntiva es elegir entre el gregarismo de ver pasar la historia de nuestra vida como espectadores o asumir mentalidad de sociedad activa haciendo nuestra vida protagonista de la historia. Solo la polinización libertaria (creando conciencia ética, equitativa, autónoma, sostenible, inclusiva, participativa y solidaria) puede expandir un ecosistema dispuesto a refutar la deshumanización rampante.
(Nota. Este artículo se ha publicado en el número de septiembre de Rojo y Negro)










































