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Collejas a los perroflautas

Abel Ortiz

Tener policías municipales, o mossos, con el coeficiente intelectual de una garrapata violenta es responsabilidad de quien contrata, o manda, salvo en el caso, habitual, de que quien contrate, o mande, sea un irresponsable; uno de esos políticos que llenan de indignación, a diez minutos de la desesperación, las plazas de este país y alguno más.

Tenemos a los tipos más macarras y violentos en nómina del estado, del gobierno, de los ayuntamientos, de las autonomías, entrenados para aporrear a ciudadanos pacíficos. El discursito criminalizador de los que protestan se respalda a hostia limpia y sádica.

Quienes aguantaron la lluvia de golpes defendiendo la plaza son, ni más ni menos, héroes. Héroes en el sentido más clásico, los protagonistas de la tragedia.

Es una tragedia que haya gente armada y entrenada cobrando dinero público por pegar al público desarmado y pacífico. Es una tragedia que la mayoría de la mierda de los medios de comunicación este insultando impunemente a quienes intentan preservar la dignidad de una sociedad. Es una tragedia que, voto a voto, periódico a periódico, programa a programa, banco a banco, pretendan despeñarnos a todos, y sin resistencia, por el precipicio de la miseria y la sumisión.

En esa tragedia surgen los héroes, los protagonistas, que se enfrentan, manos limpias y pecho descubierto, a lo que nos pretenden colar como destino inevitable. Los llaman perroflautas. Que neologismo más fascistoide.

Los cocacorbatas, los audimóvil, es decir los fachas de siempre, son muy de gracietillas de colegio de curas, de etiquetas despreciativas, de colgar estigmas. Que se vayan preparando. Esto empieza a ser una revolución. Y van a caer tortas de todas partes y de todos los colores. Ya empiezan. Buscarán una foto de un contenedor quemado, o un escaparate roto, y con eso lavarán sus conciencias abotargadas y muy bien pagadas.

Leña al ciudadano que es de trapo. Pero en el trasfondo se oye, acercándose, el rumor de los pobres enfurecidos. Indignados, enfadados, apaleados.

Conozco municipales, pitufos, en mi pueblo, que son personas honestas, que ayudan en el paso de cebra a la puerta del colegio, que atienden indigentes, que regulan los actos públicos en la casa de cultura y en la plaza, o dan el toque a los que ponen el buga a ochenta por el paseo del parque. Esas personas, necesarias, se avergüenzan de sus “compañeros”, perfectamente innecesarios, como nos avergonzamos todos, menos los que no condenan la violencia, de tener a sueldo a semejante patulea de cafres.

Alguno que se ha quedado con las ganas de dar collejas a los perroflautas se merece una patada en los cojones que nadie le va a dar. Nadie lo hará por la sencilla razón de que nadie quiere hacerlo. El discurso violento de la izquierda decimonónica, quemar curas, ahorcar banqueros, guillotinar aristócratas, empalar ricos, no está vigente. Apalear y encarcelar pobres, hundir barcos de emigrantes, torturar activistas, ejecutar terroristas, sin embargo, entra en el discurso político tranquilamente. Eurodiputados pidiendo mano dura, ministros italianos atacando campamentos gitanos, ministros españoles saturando los cies, bombas aliadas destripando niños.

La violencia engendra violencia, un saber viejo como el mundo. Quienes utilizan y legitiman la violencia, cualquier violencia, están legitimando la respuesta, que será igual de estúpida y sin futuro. En eso consiste la espiral. Al final todos de entierro.

Pretenden colar también, esta gentucilla, otra idea fuerza. Además de perroflautas son hijos de papá que no quieren trabajar. Esto viene del mayo francés. Solo que aquí no cuela, no cuaja, no hay por donde cogerlo. Se puede vender la moto, más que dudosa, de los estudiantes de Nanterre o la Sorbonne, como élite. Pero quienes abarrotan las plazas son Juan pueblo, se pongan como se pongan en los periódicos del régimen, en las tertulias de neofalangistas o en las radios de los legionarios de cristo. Estamos todos. Y nos vamos a quedar. Y vamos a pasar cuentas. Las cuentas de la sangre y de la libertad.

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