Marc Cabanilles
En aras de la objetividad, me limitaré a dar datos comprobables, confiando en que la frialdad de los mismos, quede compensada por la claridad para entender el conflicto.
En la Palestina histórica, que formaba parte del Imperio Otomano a finales del siglo XIX, la población mayoritaria era musulmana, siendo los judíos el 5%.
Según la ONG israelí B’Tselem, desde diciembre de 1987 hasta septiembre del 2023, han muerto 13.400 personas, de las cuales 11.658 eran palestinos y 1.742 israelíes. Una gigantesca asimetría, aún más dramática, si hablamos de heridos. Desde 2008, del total de 158.000 afectados, más de 152.000 son de origen palestino.
A lo anterior, hay que añadir toda una legislación israelí que supone un auténtico régimen de apartheid hacia el pueblo palestino. Un estricto e inhumano «sistema de control», que comprende la continua identificación, la segregación racial y religiosa, la ampliación de colonias judías en Cisjordania, uso de carreteras separadas, el monstruoso muro de separación, la ley de casamientos excluyentes, la aplicación de legislación civil a los colonos israelíes , mientras a los palestinos se les aplica la ley militar, el abuso de mano de obra palestina barata, las desigualdades en infraestructuras, la discriminación en el acceso a la tierra.
Destacar la ley de ‘Presentes Ausentes’, según la cual, los palestinos que fueron obligados a abandonar sus propiedades en 1948, no las pueden recuperar aunque demuestren ser los propietarios. El Centro de Control de Desplazados, un organismo radicado en Ginebra, calculó en 2007, que había entre 150.000 y 420.000 personas «presentes ausentes» dentro de Israel, la gran mayoría de estos, musulmanes (el 90%) y el resto (10%) cristianos.
Con este panorama, siguen siendo muchos los que, encarecidamente, piden la paz en Palestina. Peticiones que muchas veces llegan desde enmoquetados despachos institucionales o desde cómodos sofás de casa. Pero la paz hay que pedírsela a quien lleva manteniendo esta injusta situación desde 1948, cuando la ONU regaló más de la mitad de la tierra a judíos que venían de todas partes del mundo con la excusa que un supuesto dios se la «prometió» hace 3.000 años.
No habrá paz mientras continúe el apartheid israelí, que tanto apoyo y tan poco reproche genera, contrariamente al apartheid sudafricano.
No habrá paz mientras el pueblo palestino no tenga esperanza. Y basta con analizar datos y leyes, para deducir que, hoy por hoy, esperanza no hay, y por tanto, la paz es imposible.
¿Tanto cuesta entender que quien lo ha perdido todo, actúe como si no tuviera nada que perder?










































