Hostilidad con los vecinos del sur

Antonio Pérez Collado

Artículos Perecederos

Solía decir con orgullo el ex rey emérito que su homólogo marroquí, Hassan II, era su hermano. Realizada ya hace años la sucesión monárquica en ambos lados del estrecho es de suponer, en buena lógica, que Felipe VI y Mohamed VI son primos. Nos es de extrañar, por tanto, los gestos de amistad y generosidad que los dos reinos se intercambian.

Así una de las primeras actuaciones internacionales que el entonces joven rey Juan Carlos I rubricó en 1976 fue el abandono por España del territorio saharaui, que había llegado a ser considerado una provincia española y sobre cuyo proceso descolonizador la ONU había nombrado garante y supervisor al gobierno de Madrid. Recientemente, y ya reinando los correspondientes sucesores a los tronos vecinos y hermanos, se ha producido una segunda traición al pueblo del Sáhara Occidental al renunciar el gobierno español a su habitual ambigüedad en el conflicto por la independencia saharaui, pasando -como ya hicieran Francia, Alemania o EE.UU. tiempo atrás- a colocarse totalmente al lado de Marruecos y su propuesta de dudosa autonomía para un pueblo que lleva 50 años reclamando el derecho de autodeterminación.

Este repentino acercamiento a Rabat ha significado, de facto, el alejamiento de otro vecino norteafricano, Argelia, cuyas reservas de gas le habían convertido en el principal proveedor de España. Así es que, considerando solamente el aspecto económico y comercial, la decisión del gobierno de Sánchez no ha sido precisamente un acierto en estos momentos de crisis de suministros energéticos por la guerra de Ucrania y el boicot al gas ruso.

Habría que buscar en la geopolítica las razones para entender que Occidente, tan vigilante y quisquilloso con las libertades democráticas y los derechos humanos en Irak, Afganistán o Libia, haga la vista gorda con algunos regímenes, como el de Marruecos, cuyo respeto a esas mismas normas democráticas viene siendo sistemáticamente pisoteado por la corona alauita.

Aunque Europa no lo quiera ver, a tan solo 15 km. de su frontera meridional los derechos de manifestación, opinión e información son mero papel mojado y la represión brutal llena cárceles y hospitales de víctimas. Para la UE parece que los bancos de pesca que vigila la armada marroquí (aunque el mayor de ellos está en aguas saharauis) y la inestimable y bien pagada colaboración de Rabat en el control de los flujos migratorios pesan mucho más que las duras condiciones de vida al sur del estrecho de Gibraltar.

Las potencias europeas, que han colonizado África hasta hace cuatro días y continúan saqueando sus muchas riquezas, blindan sus fronteras para que millones de africanos, privados de lo más necesario para poder vivir, dejen sus sueños y su sangre en las vallas levantadas para cerrarles el paso a la esperanza. Europa reparte humanitarios consejos, pero paga generosamente a terceros países (Turquía o Marruecos) para que hagan la parte desagradable del control a las por otra parte incontrolables migraciones. Se evita así que policías de países miembros de la UE se vean implicadas en actuaciones tan poco humanitarias como la que dejó 14 muertos en El Tarajal en 2015.

Los terribles sucesos del pasado 24 de junio en el lado marroquí de la frontera de Melilla, con durísimas imágenes de malos tratos y la muerte de más de treinta inmigrantes africanos, son un punto y seguido en esta vergonzosa política xenófoba que ya ha dejado miles de cadáveres en la travesía hacia lo que nuestros vecinos y hermanos del sur consideran un mundo mejor. Un mundo que los rechaza por el color de su piel, pero que durante siglos se ha enriquecido con sus recursos naturales y su trabajo de sol a sol.

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