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La Veranda de Rafa Rius

La deconstrucción del lenguaje (1) es el primer paso obligado en el proceso de deconstrucción de la realidad, su manipulación y su utilización a los efectos que interese en un determinado contexto. Con su caleidoscopio de diferentes aproximaciones, matices, enfoques y sutilezas varias, el llamado “caso Bárcenas” que salpica de mierda a buena parte del Partido Popular, es un buen ejemplo de todo ello. En este “caso”, cualquier afirmación, cualquier “noticia” resultan tan polisémicas, pueden tener tantos sentidos que a veces es como si no tuvieran ninguno. El posible valor de verdad de una determinada proposición se disuelve en un laberinto de posibilidades hermenéuticas inciertas.

Aprovechando las posibilidades de la deconstrucción y siguiendo los análisis de Jacques Derridá, los especialistas de los diversos think tanks de lo que hay, revisan y reelaboran el canon interpretativo y frente a la negación de cualquier significado estable y reconocible, establecen, bajo una apariencia polisémica, un único código hermenéutico que, obviando la posibilidad de que las diferentes significaciones de un texto puedan ser descubiertas descomponiendo la estructura del lenguaje dentro del cual está redactado, establecen el rango de aquellas interpretaciones que según su criterio pueden ser consideradas políticamente correctas.

Su propio proceso de deconstrucción reafirmará que la envoltura retórica es todo lo que hay. Así, los largos procesos metafóricos plagados de eufemismos y reapropiaciones, devienen complejas alegorías inextricables en las que se pierde cualquier posibilidad de sentido.

Un sentido que, a los ojos de la deconstrucción es interminablemente alegórico y por lo tanto carente de univocidad y de obviedad. Al lenguaje se le reconoce una gran complejidad y una vez descartada la lectura unívoca basada en el mensaje transparente -al pan, pan y al vino, vino- sólo nos queda la deconstructiva, que niega la posibilidad de la denotación pura, de la referencialidad del texto y remite a la plasticidad y corporeidad misma de los significantes.

La casta sacerdotal del sistema, si bien reconoce las posibilidades del acto de lectura, aceptando que genera infinitas diseminaciones, por otra parte impone su propia aguja de marear (puesto que de marear se trata) que indique el rumbo preciso que se debe seguir a través del proceloso océano de signos en que nos movemos.

Frente a la afirmación de que en un texto será imposible determinar una lectura como la correcta y las lecturas posibles serán así infinitas porque jamás a través de lectura alguna se podrá dilucidar un único buen sentido, los gurús de la nueva deconstrucción, utilizarán sus argumentos para, partiendo de ellos, disolver el sentido en una maraña aparentemente inextricable de posibilidades hermenéuticas en la que ellos representan el papel de Sumos Sacerdotes encargados de ponernos en contacto con la Santa Divinidad de la Correcta Lectura a través de los actos de fe de sus rituales comunicativos. Y podrá salir, por ejemplo, la señora de Cospedal diciendo “no me consta”, pervirtiendo el lenguaje y sosteniendo frente a toda evidencia que el PP es el prototipo de la transparencia y la honestidad y el partido más alejado que imaginarse pueda de cualquier tipo de corruptelas.

Quien le iba a decir a Derridá, enfant terrible del postestructuralismo francés, que sus elucubraciones iban a ser rentabilizadas de esta guisa.

En cualquier caso, tarea nuestra será el alejarnos de un lenguaje de monsergas fuleras, desoir los cantos de sirenas devoradoras de neuronas y energías y seguir el difícil camino que nos marcan nuestros propios análisis, nuestra determinación y nuestro deseo.

(1)Según Jacques Derridá, la deconstrucción consiste en mostrar cómo se ha construido un concepto cualquiera a partir de procesos históricos y acumulaciones metafóricas, mostrando que lo que parece claro y evidente está lejos de serlo, puesto que los útiles de la conciencia en los que se verificaría lo verdadero, son históricos, relativos y sometidos a las paradojas de la metáfora y la metonimia.

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