Caridad y esperpento

La Veranda de Rafa Rius

Hace unos meses (verano de 2010) saltaba a las primeras páginas de todos los medios informativos del mundo mundial la inefable noticia de que un grupo de más de 50 multimillonarios, encabezados por el genio de las ventanitas virtuales Bill Gates y el mago de las finanzas globales Warren Buffet, habían decidido donar el 50% de sus fortunas para obras de caridad. Y más todavía, este último verano, el mismo Warren Buffet abundaba en el tema en un artículo publicado en el New York Times titulado “Dejen de mimar a los ricos” en el que reivindicaba que se le subieran los impuestos porque mientras él pagaba el 17% de impuestos por su fortuna, sus empleados tributaban entre el 33 al 41%.

¡Ooooohhhhh! ¡No me lo puedo de creer!

Pues sí, ¿Qué pasa?, los megaopulentos también tienen su corasonsito.

Ni que decir tiene que los mismos medios que se hacían eco de la buena nueva, se apresuraban a felicitarse por una información que venía a demostrar con hechos harto palpables que, en medio de una crisis – de la que los citados magnates eran en gran parte responsables entusiastas- los que algunos querían hacer pasar por miserables especuladores y explotadores, eran los primeros en asumir lo difícil de la situación y manifestar de forma inequívocamente generosa su solidaridad con los más desfavorecidos. Repito: ¡Oooohhhh!

Eso sí, los hiperfilántropos galácticos comunicaron su decisión en una multitudinaria rueda de prensa, no fuera a ser que tan magno gesto pasara desapercibido entre tanta crisis y tanta farfolla como satura los informativos globales. Sí, ya sabemos que los santos varones de la no menos Santa Iglesia Católica –otros que tal- no se cansan de repetir que la auténtica caridad debe ser anónima, pero, como tantas otras sandeces hipócritas que nos endilgan, ellos ni se la creen ni la practican.

Por favor, ingenuidades las justas. No sea que algún alma cándida se vaya a pensar que hay algo de auténtico y genuino en tanta generosidad. A ver si alguien –hay gente pa tó- va a tragarse que ha sido una iniciativa producto de su honda preocupación social y la decisión se ha tomado en un súbito arrebato de mala conciencia.

Un respeto, que para algo se gastan una pasta gansa en pagar expertos en marketing que les aconsejan en cada momento las estrategias más adecuadas para el futuro del negocio. &&&&

De la misma forma que en determinadas partidas de ajedrez es aconsejable sacrificar la dama para ganar la partida, nuestros rumbosos potentados tienen perfectamente asumido que hay pérdidas que a medio plazo devienen beneficios. Faltaría más, para algo se han montado el timo de la crisis, que tan bien les está saliendo.

Entretanto, el abismo que separa a ricos y pobres se va ampliando inexorablemente y en España la tasa de desigualdad, con la socialdemocracia en el gobierno, es la más alta de los últimos veinte años.

Obviando el hecho de lo repugnante que resulta la indigna y vejatoria práctica de la caridad –antítesis de la solidaridad- con toda la inmundicia de su condescendencia preeminente, no habría que olvidar que en la lógica –nítida y sucia a un tiempo- del dinero, no hay lugar para la compasión. La codicia es una patología que no conoce límites, aunque su rapiña desmesurada provoque su propia destrucción. No pueden evitarlo: es su naturaleza.

Visto lo cual, es de suponer que tan repentino arranque de altruismo ha de tener otras motivaciones, no por ocultas menos evidentes. Nos cuentan las historias más disparatadas y delirantes en la confianza de que, convenientemente aderezadas, nos las vamos a tragar sin rechistar.

Una vez más, y van… Nos toman –merecidamente, me temo- por unos perfectos pardillos.

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