Layo y Edipo: Las difíciles relaciones entre estado y capital

La Veranda de Rafa Rius

Partamos de una hipótesis: a principios del siglo XXI, sólo se puede ser anticapitalista desde una anarquía sin etiquetas. Dicho de otro modo: sólo se puede luchar contra la dictadura del capital a partir de las contradicciones que éste genera en el seno de la estructura estatal. Veamos.

Desde un punto de vista histórico, simplificando, podríamos establecer tres fases en las relaciones entre Estado y Capital. Una primera fase de enfrentamiento durante los siglos XVII y XVIII en los que se produce un claro y progresivo conflicto de intereses entre el antiguo régimen absolutista que detenta el aparato del poder estatal y una burguesía emergente que controla cada vez más el poder económico pero no así el político. Esta contradicción desemboca y se resuelve en la Revolución Francesa, a partir de la cual, una burguesía triunfante va desarrollando la Revolución Industrial y sentando las bases de una organización política y social basada en el liberalismo capitalista y concebida a la medida de sus intereses. Esta segunda fase que podríamos situar a todo lo largo del XIX y primera mitad del XX (final de la II Guerra Mundial) se caracteriza por una relativa coincidencia de intereses y un implícitamente aceptado reparto de papeles entre Capital y Estado.

Basándose en una concepción liberal ortodoxa, con la colaboración de una social democracia que desde dentro suaviza las contradicciones del sistema sin cuestionarlo en ningún momento, se vive un periodo de tregua en el que Estado todavía impone –o cree imponer- sus reglas de juego, aunque episodios como el crack de Wall Sreet del año 29 parezcan apuntar en sentido contrario.

Pero a partir del desarrollo económico capitalista que siguió a la caída del nazismo y especialmente tras el estrepitoso descalabro de los sistemas político-económicos basados en el marxismo-leninismo, hemos entrado en una tercera fase en la que la estructura estatal es cada vez más un estorbo para la libertad de movimientos de un mercado en el que el capital productivo pierde claramente posiciones a favor del capital especulativo.

En un mundo dominado por la cultura cibernética, en el que los movimientos virtuales de grandes masas monetarias saltan a diario por encima de cualquier frontera, las viejas estructuras nacionales, vistas desde la perspectiva del capital triunfante, no son sino anticuados corsés que injustificadamente dificultan su bien ganada libertad de movimientos.

En cambio, desde el punto de vista de los funcionarios de alto nivel y de los feligreses servidores del Estado-Leviatán, el aparato estatal se hace ahora más que nunca necesario para una adecuada defensa de los intereses ciudadanos frente a la voracidad de las grandes corporaciones transnacionales. Bellas palabras que, a poco que se profundice, no ocultan sino una desesperada defensa de sus intereses corporativos, en un contexto en el que los poderes que controlan el mercado prefieren establecer sus propias reglas en las que la parafernalia estatal no es sino, en el mejor de los casos, una rémora y un incordio, y en el peor, un enemigo que, si hace valer sus derechos, puede poner en peligro sus previsiones.

La lucha de Estado por su supervivencia recuerda la de un viejo oso acosado por una jauría de fieros perros jóvenes: la suerte parece echada.

En cualquier caso, la agonía estatal, puede aún prolongarse durante un tiempo indeterminado. A los aprendices de brujo financieros, Estado todavía se les hace necesario en determinados contextos. De un lado como referente simbólico –patria, bandera, himno, selecciones deportivas- que aglutine voluntades en momentos de crisis; de otro lado, como chivo expiatorio que asuma la responsabilidad de todos los desmanes causados por la voracidad del mercado o como guardia de la porra que, con su ejército y sus cuerpos policiales, vele por los réditos de su saqueo en cuanto se vean amenazados.

Lo que si parece evidente es que Estado y Capital han entrado en una clara dinámica de conflicto de intereses y por tanto, desde un punto de vista libertario, bueno sería que aprovecháramos la coyuntura para agudizar sus contradicciones.

Se trataría de caminar más decididamente, con propuestas concretas, hacia una alternativa imaginativa, realista y contextualizada de organización social, frente a un Estado que cada día más se convierte en un anacronismo (no es sino un viejo dinosaurio dando sus últimos zarpazos) y centrarnos más en la lucha contra los nuevos leviatanes de los trapicheos financieros, que esos sí que tienen peligro.

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