La Veranda de Rafa Rius
Partamos de una afirmación: el lumpenproletariado, según la vieja concepción marxista, subsiste en nuestros días, pero tiene poco o nada que ver con el de hace 200 años, cuando se formuló su existencia. Según Marx, designa a la población situada socialmente al margen o por debajo del proletariado, desde el punto de vista de sus condiciones de trabajo o de vida, y estaba formado para Marx, por los elementos degradados, desclasados y no organizados del proletariado urbano. Ahora mismo, el lumpen es, cualitativa y cuantitativamente, muy diferente.
El actual Sistema, ese Leviatán, esa hydra de múltiples cabezas, no tiene un perfil ni unos contornos definidos. Podríamos conjeturarlo como una espiral cuyo núcleo central estaría formado por cuatro grandes moléculas de poder, cuatro pilares interrelacionados que sostienen el entramado social: el económico, el político, el militar y el mediático. Los elementos constitutivos de ese núcleo central se van expandiendo a lo largo de los vericuetos de la espiral social, transmitiendo sus designios y contaminando con sus intereses los territorios por los que transitan.
A partir de un punto variable e incierto del recorrido de la espiral, los territorios y las personas que los habitan, comienzan a difuminarse y aparece una región poco definida de nieblas y brumas sociológicas donde habitan las personas que constituyen el actual lumpenproletariado. Estaría formado por todos aquellos individuos expulsados o ignorados por el Sistema y que viven en sus márgenes. En el actual lumpen, podemos encontrar, junto a las categorías ya señaladas por Marx: personas presas, sin techo, drogodependientes, migrantes sin papeles, minorías étnicas, pícaros y todo tipo de transgresores en general de las normas sociales de buena conducta; nuevas y viejas colectividades humanas que han ido surgiendo de las peculiaridades del postcapitalismo en la sociedad actual.
Desaparecida -o, mejor, hecha desaparecer- la conciencia de ser proletario, ahora pretenden (y consiguen) que cualquier asalariado se considere “clase media”. Más allá de esa espuria middle class y los grandes depredadores que la controlan, sólo quedan las personas que habitan en los márgenes del sistema. Un grupo social numeroso, muy heterogéneo y de difícil cartografía.
Sin embargo, lejos de la inanidad o el carácter reaccionario que les atribuía el marxismo, ahora, esos márgenes del sistema, obligados a sobrevivir más allá del consumismo, de la propiedad inmobiliaria como meta, de la suprema adoración al dinero, de la retórica del éxito social como paradigma vital, constituyen un elemento, en gran medida incontrolable por el sistema, que supone un referente ineludible en las posibilidades de transformación social.
Seducida, fascinada y confusa la clase obrera tradicional, comprada su fuerza de trabajo con unos salarios inestables y precarios que apenas permiten llegar a fin de mes; unos salarios que no transigen en soñar con los oropeles prometidos por la sociedad de consumo; así las cosas, sólo les resta ocupar los espacios situados en el amplio e impreciso territorio del lumpenproletariado.
Y en ese territorio en el que emerge el desaliento y en el que no hay nada que perder, todo está por ganar.










































