El tiempo de las cerezas

La Veranda de Rafa Rius

comuna-paris

Quand nous chanterons le temps des cerises
Et gai rossignol et merle moqueur
Seront tous en fête …
 ( )
Cerises d’amour aux robes pareilles
Tombant sur la feuille en gouttes de sang
Mais il est bien court le temps des cerises
Pendants de corail qu’on cueille en rêvant
Une plaie ouverte …
 ( )
Ne pourra jamais fermer ma douleur
J’aimerai toujours le temps des cerises
Et le souvenir que je garde au cœur

Le temps des cerises, hermosa canción con una curiosa historia. En la memoria popular francesa, está tan fuertemente ligada a la Comuna de París de la primavera de 1871 a través de la profusión de versiones que de ella se han hecho, que tal parece que hubiera sido escrita por la misma Comuna encarnada en forma de copla. La canción, en realidad había sido compuesta varios años antes (1) y concebida como una canción de amor. Una canción de amor que se transformó por voluntad de su autor (2) en una canción de amor y añoranza de la revolución una vez más perdida (3) y al tiempo, de homenaje a una de sus últimas heroínas anónimas (4).

Más allá de la obvia simbología de las cerezas, con su rojo intenso de pasión, sangre y revolución, la canción nos habla sobre todo del tiempo: de lo efímero de la belleza y de la belleza de lo efímero. Tal como las cerezas que duran apenas unas semanas de la última primavera, así, los momentos de plenitud en los que parece que todo vaya a ser posible al fin, desaparecen en el tiempo como lágrimas en la lluvia. (que decía Roy, el replicante de Blade Runner)

Uno de los estados que mejor define a los humanos en nuestro corto viaje por la vida es sin duda el de la nostalgia: nostalgia del pasado por lo que pudo haber sido y no fue y nostalgia del futuro por todo aquello que para nosotros, muy probablemente jamás será. A pesar de lo cual, tal parece que debamos seguir caminando incansablemente en la dirección que juzgamos correcta como si desconociéramos lo estéril de nuestro afán.

Años atrás, tuve la ocasión de conocer y tratar a personas que habían vivido en España la fallida Revolución del 36 y era digno de ver como todas ellas conservaban fresco en su memoria su particular tiempo de las cerezas. Dada su avanzada edad, su memoria estaba llena de lagunas e imprecisiones y sus recuerdos eran a menudo inconexos y en ocasiones inextricables, pero aquellos meses del 36 en los que vivieron la inefable exaltación de creer que todos sus sueños de una justa sociedad libertaria podrían verse realizados, los tenían de continuo tan presentes y vivos en su mente como si acabasen de ocurrir.

Más ardua es la memoria para aquellos que no tenemos en nuestro pasado ningún momento conmovedor de arrebato y entusiasmo colectivo con el que calentar nuestros recuerdos, aquellos para los que jamás maduraron las cerezas y aún con ello –o precisamente por ello- nos imponemos el deber moral de seguir en la brecha a pesar de la que está cayendo y sin olvidar que, si por un más que improbable azar, el tren de la revolución social llegase hasta nosotros, muy previsiblemente volvería a pasar de largo.

¿Qué hacer cuando la mayor parte de estímulos que el tiempo presente lleva hasta nosotros sólo provocan náuseas y en el análisis de los datos que la realidad nos proporciona nada hay que haga suponer sino que las cosas vayan a ir a peor?

Quizás, apenas, entibiar nuestras depauperadas neuronas con el recuerdo nostálgico de un futuro tiempo de cerezas, maduras al fin.

Pues bien, dejémonos por una vez de nostalgias ahora que hemos tenido nuestro particular tiempo de las cerezas encarnado en el 15M. Toda una legión de descreídos y escépticos que creíamos que jamás llegaríamos a ver algo así nos hemos visto desbordados por la evidencia del tsunami popular.

Mucha gente ha descubierto por primera vez que el verdadero parlamento, el ágora, está en la calle… las asambleas populares se han extendido como un reguero de pólvora por barrios y pueblos… el 15M, con todos sus miedos, sus carencias, sus contradicciones, está aquí para quedarse… y la mejor prueba de su éxito es que ya le han salido buitres en forma de nacimiento de EQUOs y demás espabilaos, que nunca se han comido una rosca parlamentaria y ahora por fin han visto la lús y quieren subirse al carro del 15M para vendernos su moto averiada. Partidos políticos y periodistas siguen sin enterarse de nada y como no entienden de que va la movida, la tienen que controlar, manipular o descalificar…

Como dijo el poeta: Dejadla, no la toqueis, así es la rosa o dicho en frase popular de la España profunda: ¡Deja al macho de mear! Es decir: no agobiemos a la criatura, que acaba de nacer. Ya llegará donde deba o pueda llegar, no queramos que corra antes de aprender a andar.

Mais il est bien court le temps des cerises. . .

Felicitémonos por la existencia del 15M, vivámoslo a tope, con toda la riqueza de sus contradicciones y augurémosle un feliz viaje a través del largo y cálido verano porque sea como sea, habrá valido la pena.

Mais il est bien court le temps des cerises. . .

Sirva todo lo dicho, como homenaje a todas aquellas que creímos y creemos que la realidad puede y debe transformarse para mejorarla.
Va por el 15M.
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1. Le tems des cerises fue escrita en 1866, en tiempos de Napoleón III
2. Letra de Baptiste Clément y música de Antoine Renard.
3. La Commune de París acabó con la brutal represión conocida como la Semaine Sanglante (del 21 al 27 de mayo de 1871) precisamente la época del año en que comienzan a madurar las cerezas.
4. Demos la palabra a Louise Michel que en su obra La Comunne, Histoire et Souvenirs (Paris, 1898) nos dice : “En el momento en que disparaban los últimos cañonazos, llegó una muchacha procedente de la barricada de la calle de Saint-Maur ofreciendo sus servicios. A pesar de los esfuerzos por alejarla de ese lugar de muerte, ella decidió quedarse. Unos instantes después, en una formidable explosión que se llevó por delante todo lo que quedaba de munición, la barricada saltó por los aires, muriendo todos los que allí se encontraban. Nadie la volvió a ver. A esta enfermera de la última barricada (Rue Ramponneau) dedicó Clément tiempo después Le Temps des Cerises (…) La Commune había muerto, sepultando con ella millares de héroes anónimos”.

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