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1808-2008: Dos siglos de crápulas, tiranos y desmemoria histórica

El Vaivén de Rafael Cid

dimecres 30 d'abril de 2008, per  Ràdio Klara

La presidenta de la Comunidad de Madrid (a más Aguirre menos Esperanza) cuando no está de pirómana privatizando algo se mete a estadista de postín. Ahora le ha dado por erigirse en muñidora -con fondos públicos, claro- del bicentenario de la Guerra de la Independencia, que no fue ni guerra ni mucho menos independiente; sino una batida de guerrillas hábilmente manejadas por Inglaterra contra Napoleón en el ruedo ibérico. Aparte del negocio que los fastos conllevan para la gran familia de la rancia derecha –José Luis Garci y Arturo Pérez-Reverte se van a forrar gracias a la “furia española”-, lo de la baronesa del Partido Popular es pura desfachatez histórica al servicio de la causa nacional convertida en Cosa Nostra.


Por más que echen confetis de colorines, nos programen actos y exposiciones de exaltación popular aprovechando la genialidad iconoclasta de Goya, y organicen verbenas con agua, azucarillos y aguardiente para que los Borbones se den un baño de multitudes, la historia, como Roma, no paga traidores. El 2 de Mayo de 1808 no fue el acta de fundación de la nación española como impulso integrador de todas las gentes y tierras de España contra el invasor gabacho que tenía secuestrada a la familia real. Resultó justo al revés. Esa fecha significó la respuesta del pueblo llano ante la alta traición de la dinastía borbónica que, acompañada de lo más granado de la nobleza, la curia y los mandos del ejército, habían entregado el país en bandeja a los intereses estratégicos de Napoleón Bonaparte. En la carta de Carlos IV publicada en la Gaceta de la época, éste se “echaba en manos de Napoleón” para “dejar a su arbitrio lo que quisiera hacer de nosotros”.

Lo que ocurre es que, como la historia oficial la escriben los vencedores, Aguirre y sus intelectuales y artistas en nómina, ante la indigencia generalizada de nuestra paniaguada inteligencia y la reverencial sumisión cortesana de políticos profesionales y sindicalistas liberados, pueden presentar lo que fue un soberano latrocinio como una ingente proeza. Sobre todo, cuando tras la derrota de los franceses por ese pueblo en armas, costras y alpargatas, recauchutados ya los eximios traidores en sus reales aposentos, se puso en marcha una contraprogramación política, cultural e ideológica que terminó con aquel ignominioso “vivan la caenas! con que la plebe recibió al crápula mayor de reino, Fernando VII. Seguramente eso es lo que en realidad festeja Esperanza Aguirre y su garrapiñada cuadrilla de patriotas de todo a cien: el funesto ciclo en que los españoles enterraron a la elite más ilustrada y progresista que había dado el país para ceñirse el cencerro del oscurantismo, la beatería y la exaltación monárquica. Fusilados Torrijos y Riego, vencidos y derrotados aquellos primeros rojos que cobijaban mentes liberales como Jovellanos, Patiño o Floridablanca, España volvía a ser católica, apostólica y romana por el Imperio hacia Dios. Tras un breve periodo de (a)normalidad se recuperaba el tradicional camino que arrancando de aquel ¡fuera de nosotros la funesta manía de pensar ¡, que hizo colgar Felipe V en la Universidad de Cervera, nos habría de conducir hasta el no menos fétido grito de ¡muera la inteligencia! vomitado por Millán Astray en el claustro de la Universidad de Salamanca en la “otra” guerra civil del 36 (porque en 1808 una parte del país combatió a la oligarquía borbónica sin saberlo). Pero la lectura que de los hechos hace Esperanza Aguirre, reinventándose a sí misma como una Agustina de Aragón de alta cuna, no es sólo fruto de la ignorancia y la cara dura. Supone también un supremo gesto de coherencia. Hay que reconocérselo. Para quienes han hecho de la reacción causa de vida y entrega de sus más ceñudos afanes, sepultar bajo siete llaves lo poco lúcido, decente y presentable que ha dado una nación amamantada ideológica, política y espiritualmente entre siglos de dictadura y meses de democracia, es un timbre de gloria y un legado que deben transmitir a las desnortadas generaciones futuras.

De hecho, cuando en 1975 acababa la dictadura franquista y se entronizaba una democracia coronada en el Borbón que El Caudillo había designado como sucesor, esa doctrina del Trono y el Altar que ahora se reivindica volvía por sus fueros. Con tanto acierto que será la misma Saga Real que se vendió en cómodos plazos a Napoleón a cambio de un retiro versallesco quien celebre el 2 de Mayo del Bicentenario. Y además lo hará con esa nueva versión del ¡vivan las caenas! que nos regaló el bonopartista presidente del Congreso al proclamar delante de la Corona en pleno que “no ha nacido ni se espera español que valga más que otro”.

Rafael Cid en www.radioklara.org


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