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Marines en Haití y perversión mediática

Por Abelardo Muñoz

dijous 28 de gener de 2010, per  Ràdio Klara

Los “imperios” le han cogido gusto desde el XIX a provocar el incendio y luego hacer de bombero


Hay cosas, sobre todo económicas, que no cambian. Bueno, el capitalismo lleva siglos. Ese es el caso del pueblo mártir de Haití. Lo recorrí en la lejana década de los ochenta y el horror cotidiano que vive Puerto Príncipe es idéntico al que contemplé en el 85; sin terremoto. Aquel era un corrimiento de tierras, un abismo social. De todo el aluvión mediático sobre el desastre del pequeño país, la imagen más reveladora del obsceno cinismo del Imperio (los “imperios” neocoloniales Francia y USA) es la llegada de un crucero de lujo a la bahía de Puerto Príncipe, en el centro del caos.

Haití era en los 80 un trozo de África central. La mismas gentes paupérrimas; las aldeas de barro o chapa, bidonvilles, herencia de la ilustrada Francia. La ausencia absoluta de infraestructuras sanitarias; la incipiente desforestación, que ahora es ya total; un ejército y policía, de aspecto zarrapastroso, que extorsionaba el transporte por el país con la naturalidad de un mafioso. Por entonces aun gobernaba la jauría de lobos comandada por el cruel niño grande Papa Doc II. Vástago del sangriento sátrapa Duvalier, el que colocaron los neocolonialistas para garantizar la paz capitalista a costa de la población. El pequeño Duvalier vive feliz, con el producto del saqueo de su pueblo, en París, protegido por la democracia gala.

La violencia, la miseria y la opresión tenían entonces muchas caras. Eran los años anteriores a la huida del dictador y a los fiascos de Aristide y los otros, cuando el Ejército Caníbal quería poner orden. Y ese corazón de las tinieblas era mucho peor que la novela de Graham Greene, el gran viajero y novelista, quien se juró que jamás regresaría allí.

La violencia era ver a un taxista con una metralleta uzi a su costado; a un policía secreta chupar a una ciudadana nada más aterrizar en el país.

La violencia era contemplar un palacio presidencial de estilo colonial, blanco como el vestido de una novia, en el centro de una ciudad arrasada por el abandono.

La miseria eran las mujeres veinteañeras con cara de ancianas, dando de mamar con sus pellejos, en lugar de mamas, a niños de cabeza grande, en el suelo de las calles. Ver correr desesperada a una tendera tras la botella vacía de coca-cola que se llevaba el turista. La violencia era ver a los campesinos de las montañas esperando tirados en el suelo de madrugada a que abriera el mercado.

El miedo era recibir la recomendación del hotelero de no salir de noche por la ciudad oriental de Cap Haitien; los tambores del vudú se escuchaban en la floresta.

La violencia y opresión era comprobar la indiferencia y el desprecio con que pateaban el país los orondos y confiados turistas americanos. En realidad los únicos turistas. Yanquis de mórbida obesidad y caras rojas que echaban unos centavos a los grupos de niños músicos que salían como pequeños ángeles famélicos y fantasmagóricos de la floresta para interpretar un ritmo de minutos y esperar caridad. Esa escena icónica de la explotación capitalista en el tercer mundo era de manual. Sucedía en una turística ascensión a lomos de diminutos caballos esclavos, a la fortaleza de La Citadelle, en el extremo oriental del país, mole construida para mayor gloria del primer monarca mandinga de las Antillas. La violencia y el cinismo era contemplar, en la arruinada urbe de Puerto Príncipe, el comercio reluciente de Kentucky Chicken, mucho antes de que llegara a nuestro país; ese restaurante con pollo frito era un escupitajo en la cara de los hombres y mujeres haitianos que comían unos caldos sin carne con nabos y malanga flotando escaso, como el caldero del El Buscón. Sus billetes, los gourds, eran papeles sucios y viejos. El dólar mandaba en aquella dantesca pobreza

Puerto Pincipe, ciudad de bello nombre pero horrendo aspecto. Los occidentales se alojaban en las Montañas Negras, unas colinas cercanas a la capital, Petion Ville, donde los hoteles de novela de Pearl S. Buck, las buganvilias, las salas de arte y alguna librería eran una alucinación si pensabas la ciudad que palpitaba debajo de las colinas.

Eso era entonces la entrañable ciudad mártir, de los desposeídos de la tierra, de Puerto Príncipe.

Ahora es mucho peor. Francia y EEUU han tolerado que Haití se convierta en un narcoestado; una jugada sucia de la CIA y la DEA norteamericanas, que así controlan Cuba. Por el estrecho de Winward hay contrabando de toneladas de coca colombiana.Si parte del ejército y la policía mejicanos están en el bisnes del narcotráfico, no digamos los milicos haitianos y los ociosos soldados de la ONU.

Los cubanos se cachondean con chistes al respecto. Allí tienen la coca gratis pues a las playas del bello Oriente, por Guantánamo, llegan fardos de narcótico que los traficantes arrojan de las zodiac cuando aparece la guardia costera yanqui o cubana. Como en La línea de la Concepción de Cádiz. La Habana está inundada de esa cocaína. Para el consumo de turistas, porque una de las cosas que el régimen de Raúl oculta bien es el hecho de que el paquete turístico que se ofrece ya no es Copacabana, sino ese binomio perverso de putas y coca, como en España, como en Italia.

Y estas injusticias de Haití se volverán a tapar. Otra de las maldades del capitalismo del siglo XXI es seguir potenciando la caridad en lugar de la justicia; la miseria se barrerá debajo de la alfombra.

Los medios, cómplices

La semántica de los medios, incluso progres, es perversa y contribuye con sus titulares subliminales y tendenciosos a ocultar la verdad, que es la historia. Leer el titular a cinco columnas de la primera de El País: “Los marines desembarcan en el infierno”, sobre la foto de los chicos con cajas de comida al hombro es irritante. Y eso en el mejor diario del estado español.

Ese titular podría invertirse. El infierno lo crearon los marines décadas antes. El imperio exhibe ese estilo desde el final del XIX, encender los fuegos para luego hacer de bondadoso bombero. Que ahora, gracias a la catástrofe de un pueblo, no sólo causada por la Naturaleza, que es el terrible Dios, sino por el capitalismo y el FMI, el agresivo y depredador ejército yanqui se muestre como benefactor es grave. Sobre todo cuando al mismo tiempo está masacrando aldeas musulmanas enteras con cobardes bombarderos sin piloto.

¿Porqué no hay Estado en Haití? , ¿Por qué han destruido el Estado en Irak, Afganistán? ¿Por qué quieren destruir el Estado cubano? En el caso de Francia, la doble y neocolonial moral de Eliseo, tiene la respuesta. Francia quiere mantener su “grandeur”, como nosotros los toros (Ruanda o Chad) y USA su prepotencia. No sólo Haití, el Caribe es un semillero de incoherencias, restos de rancio colonialismo.

Guadalupe, Martinica y la Guayana siguen estando en poder de Francia. Colonias con las que no todos sus habitantes están de acuerdo. En los 80, activistas nacionalistas muy perseguidos, formados en la guerra del Chad, contaron a este cronista que Francia había arruinado la economía guadalupeña, vetando su caña de azúcar para proteger su remolacha continental. París quería la isla para turismo.

No hay conclusión alguna para esta injusticia continental. El patio trasero sigue siendo eso. La única esperanza está en el emergente Brasil, con hombres como Lula a la cabeza. Los españoles, obligados por la débil y tibia socialdemocracia en la transición a mirar Europa como la panacea económica y profesional, consideramos a los heroicos y sufridos pueblos de Latinoamérica como un destino turístico. Es una pena, porque allí, en sus gentes alegres pese a la desdicha, en su música y su belleza sin rival, en su ansia de justicia y libertad, está el futuro del Hemisferio Occidental.

Haití en www.radioklara.org


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