Arrel de la web > Articles > Agentes de autoridad

Agentes de autoridad

El dedo en el ojo de Félix García Moriyón

dimecres 23 de setembre de 2009, per  Ràdio Klara

Ya lo decían los pensadores de la Escuela de Frankfurt: la permisividad es la antesala del fascismo. Desgraciadamente no recuerdo la cita exacta, pero era ese el sentido. Cuando las sociedades dejan de respetar las normas o éstas no están nada claras, el fascismo encuentra un buen caldo de cultivo para dar respuesta a la necesidad de seguridad que tienen las personas. Sin necesidad de recurrir al término fascista, demasiado recurrente y algo excesivo, basta con aludir al populismo autoritario.


Como ya he comentado en otras ocasiones, vivimos en una sociedad en la que el miedo está más arraigado de lo que debiera, sobre todo porque en pocas épocas históricas, por no decir en ninguna, se han dado en el mundo occidental condiciones de vida segura como las que tenemos ahora. Sin embargo, el discurso que resalta el descontrol social, la falta de respeto a la autoridad o el crecimiento de las pautas de comportamiento respetuosas encuentra una favorable acogida en los medios de comunicación. Los políticos, cuya credibilidad anda en números casi rojos aquí y ahora, encuentra ahí un filón para reafirmar su poder y su capacidad de control.

Llevamos ya mucho tiempo oyendo hablar del deterioro de la autoridad en las aulas de nuestros centros educativos, discurso alentado por el victimismo de algunos sectores del profesorado, algo desanimados por causas muy complejas, y jaleado por algunos sindicatos que han visto un filón en ese discurso para ganar audiencia en el sector. El cuadro que suelen pintar es dramático: profesores amenazados constantemente por sus alumnos y sus familias que no pueden ejercer adecuadamente su profesión, lo que va en detrimento del aprendizaje del alumnado académicamente bueno. Los estudios suelen avalar esa imagen, pero sobre todo porque utilizan como dato la percepción que el profesorado tiene de la situación y no otros datos más objetivos que pudieran ratificar la verosimilitud de dicha degradación. Serían necesarios otros estudios algo más rigurosos, pero por el momento no los hay o no los conozco.

El caso es que se da por hecho que existe ese deterioro y que va creciendo. Queda así abierta la puerta a los discursos populistas y autoritarios que, como es lógico, recurren a medidas represivas para remediar los males. El caso de la Comunidad de Madrid es sintomático, pues contamos con una presidenta con clara tendencia al populismo y al autoritarismo. Animada posiblemente por los sucesos de Pozuelo, decide ganar favor popular con la propuesta de una medida radical y definitiva: convertir al profesorado de los centros públicos en agentes de autoridad.

La propuesta recibe un gran eco mediático y una acogida que en principio parece favorable. Abandona la presidenta otros proyectos que estaban dando buen resultado, como el plan Convivir es Vivir que, apoyado en el diálogo y la mediación, ayudaba claramente a la disminución del mal clima escolar y estaba dando muy buen resultado, lo que no ha impedido su cancelación. Se lanza por el contrario por la pendiente del autoritarismo y el castigo duro, reforzando el poder del profesorado. Ahí están el refuerzo de la autoridad y poder de los directores, quienes ya pueden expulsar del centro sin necesidad de comisiones de disciplina y tomar decisiones sin el aval del claustro; o la proliferación de cámaras de videovigilancia en los centros educativos. Esperanza Aguirre no es una excepción en este sentido. Es simplemente la manifestación más clara y explícita de algo que está calando en todas partes en mayor o menor grado. En su caso puede estar más justificado, dado que su liberalismo radical la impulsa a disminuir el papel del Estado en todo, y ahí tenemos su modelo de servicios públicos en general. En el caso de la educación parece convertirse en una fiel seguidora de Foucault por pura coherencia liberal. El Estado debe centrarse sobre todo en la administración de la justicia, la policía y el ejército, por lo que lo mejor es aproximar la institución escolar al régimen carcelario, con lo que la historia de la cárcel, la escuela y el manicomio siguen un desarrollo paralelo.

En todo caso no conviene centrarse en este caso específico ni demonizar de forma especial a Esperanza Aguirre, pues ella no hace más que llevar hasta el final lo que otros van haciendo menos abiertamente ni lo que la sociedad en general está pidiendo: más mano dura.

Recordemos que las cárceles están saturadas y que la gente está pidiendo la cadena perpetua. Y la videovigilancia y los controles de seguridad son ya omnipresentes y han terminado siendo asumidos por todo el mundo.

De todos modos es necesario volver a la raíz del problema y no dejarse llevar por estos furores populistas que nublan la razón y alimentan las bajas pasiones. Para empezar, dudo mucho que la descripción sea correcta. Es decir, puede que sí se describa bien lo que percibe el profesorado, pero no está claro que describa bien lo que realmente está ocurriendo. Es posible que ocurra más bien lo contrario: las relaciones entre alumnado y profesorado son mejores que en otros tiempos y los conflictos, que los hay y pueden ser graves en algunos casos son más bien la excepción que la regla. Lo mismo podemos decir del diagnóstico. Concedamos que ha aumentado la conflictividad escolar; de ahí no se sigue que se estén detectando adecuadamente las causas que la originan. Propongo, sin ánimo de ser exhaustivo, destacar dos causas diferentes. La primera es el ligero crecimiento y estancamiento del fracaso escolar. Hasta un 30% del alumnado de secundaria no titula, esto es fracasa escolarmente. Eso se nota sobre todo en el curso de 2º de la E.S.O., momento en el que es más visible el fracaso escolar, con alumnos que ya han repetido dos años escolares y tienen muy escasas posibilidades de terminar los estudios, por lo que serán derivados a programas alternativos o a mundo del trabajo. Dar clase en esos cursos es, sin duda, más difícil. Quizá atajando con más eficacia este fracaso disminuya el nivel de conflictividad, alimentado por un alumnado que no está recibiendo nada de la escuela y nada espera.

La segunda causa es justo la contraria. Quizá todo esto sea consecuencia de esa permisividad a la que aludía al principio y que tiene algo que ver con la manera de vivir la democracia. Ya no estamos, al menos aparentemente, en una sociedad del ordeno y mando, sino en una en la que la gente tiene derechos y estos deben ser respetados. La obediencia a la autoridad institucional no se da por descontada, sino que tiene que ser ganada por la legitimidad de su ejercicio. Eso es indiscutiblemente bueno, pero puede tener derivas de permisividad que hagan añorar una vuelta a regímenes más autoritarios. Es lo que otro de los pensadores de la escuela de Frankfurt llamaba el miedo a la libertad.

Hay más causas, pero las dos anteriores son muy relevantes. Si algo de razón llevo en ello, los remedios de los males son claramente distintos. Lo que nos está haciendo falta es mejor educación y más y mejor democracia en las escuelas, no justo lo contrario. Convertir al profesor en agente de autoridad puede desvirtuar gravemente la autoridad magisterial que sí es consustancial a la práctica docente. Y escuelas menos democráticas generarán alumnos más sumisos y más obedientes, pero no mejores ciudadanos.

Artículo extraído de:

http://www.red-libertaria.net/noticias/modules.php?name=News&file=article&sid=2273

Félix García Moriyón en www.radioklara.org


Seguir la vida del lloc RSS 2.0 | Mapa del lloc Web | Espai privat | SPIP | esquelet