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La condena de la violencia

El dedo en el ojo de Félix García Moriyón

dijous 27 d'agost de 2009, per  Ràdio Klara

«El 15% de los adolescentes vascos que estudian alguno de los cuatro cursos de la ESO, no rechaza o justifica la violencia de ETA y otro 14% se muestra indiferente o no se manifiesta al respecto. Éste es uno de los relevantes datos recogidos en el informe sobre Atención Institucional a las Víctimas del terrorismo que, por primera vez, elaboró la institución del Ararteko y que ayer su titular, Íñigo Lamarca, entregó al Parlamento vasco».


Esa es la noticia y, como no podía ser menos, ha provocado de inmediato variadas reacciones, casi todas en la misma dirección esto es las de honda preocupación, condena inmediata y llamada a políticas educativas más activas que definitivamente deslegitimen el uso de la violencia en la confrontación política. Podemos prescindir ahora de las reflexiones educativas puesto que el informe viene después de que se lleve aplicando poco más de un año un plan de Educación para la Paz, aprobado por el gobierno vasco anterior sin el apoyo del PSE y del PP. Su incidencia, por tanto, es todavía escasa; además, la capacidad de la escuela para incidir realmente en los valores que mantienen los estudiantes no es muy grande. La familia, los amigos y el entorno social son mucho más importantes.

En todo caso, no es la educación ni tampoco el entorno social y político que sustenta y alimenta este tipo de actitudes lo que en estos momentos llama mi atención, sino la rápida y contundente condena del uso de la violencia con fines políticos. Sobre el papel, en el contexto del pensamiento políticamente correcto, no cabe otra opción, en principio, que sumarse a la condena, en especial si restringimos la violencia a aquella que implica daños físicos directos a personas, llegando a la muerte del enemigo. Lo malo es que eso no deja de ser retórica hueca desmentida por la constante práctica política durante la historia de la humanidad. La famosa frase de Clausewitz lo deja bien claro: «La guerra es la continuación de la política por otros medios», y así ha sido durante milenios. Es cierto que nadie inicia una guerra de manera gratuita y suele hacerlo cuando no ha conseguido lo que pretendía por otros medios, entre los que están las negociaciones, pero también variadas medidas de presión. Y sobre todo no se inicia una guerra si no se prevé con ciertas garantías que se va a ganar.

A eso hay que añadir la permanente defensa de la guerra justa, esto es, la guerra defensiva para repeler el ataque de algún enemigo. También se ha teorizado mucho y bien sobre la justicia en la guerra, incluyendo normas que rigen el debido comportamiento de los ejércitos combatientes. Y se han hecho muchas guerras en las que se alegaba la legítima defensa, si bien siempre ha sido complejo saber exactamente quiénes eran los agresores y quienes se estaban defendiendo. Hay criterios para dirimir las disputas, claro está, pero con frecuencia no es tan sencillo decantarse en un sentido u otro.

De la defensa del uso de la violencia como continuación de la política sólo podemos excluir a quienes han defendido la no violencia activa y se han negado a utilizar la violencia en ningún caso. Gandhi sigue siendo un referente de primera importancia, sobre todo porque hizo política de alto nivel, pero al mismo tiempo practicó el pacifismo radical. Su posición es, sin embargo, muy minoritaria y casi excepcional. Es decir, al final prácticamente todo el mundo defiende en mayor o menor medida que existen situaciones en las que es necesario recurrir a la violencia, tanta cuanta sea necesaria para alcanzar los objetivos propuestos.

Si nos alejamos de las guerras, situaciones extremas aunque frecuentes, nos encontramos igualmente que esas condenas verbales piadosas del uso de la violencia no responden a la realidad cotidiana. El Estado moderno y contemporáneo se caracteriza, entre otras cosas, por el monopolio en el uso de la violencia y recurre a ella cuando lo considera conveniente. Y la gente no suele rasgarse las vestiduras. Cada cierto tiempo, en países de elevado pedigrí democrático, tenemos ocasión de comprobar que alguna persona muere como consecuencia de la intervención de la policía o de cuerpos especiales.

Es más, se solía decir que el recurso a las guerras no legítimas era una situación que solo se daba en países no democráticos, pero los hechos una vez más han venido a desmentir esta valoración. La guerra contra Irak fue un perfecto ejemplo de que, llegado el caso, los parlamentos democráticos aprueban guerras ofensivas para garantizar que su situación o sus privilegios se respetan adecuadamente.

Otro tanto cabe decidir del terrorismo. Una vez más, puede que se den condenas generalizadas, como es el caso que nos ocupa, pero son rápidamente desmentidas por los hechos cuando los que lo practican pertenecen al mismo bando que nosotros. Es cierto que en este caso ningún gobierno legítimo suele reconocer que recurre al terrorismo, pero es un hecho que lo utilizan cuando lo necesitan, es un hecho que muchos ciudadanos miran para otro lado avalando con su silencio ese uso de la violencia extrema y es un hecho que con demasiada frecuencia resulta casi imposible castigar a quienes lo practican, a pesar de estar claramente condenado en la legalidad vigente. Es más, el terrorismo, si logra los objetivos previstos, deja inmediatamente de ser llamado terrorismo y pasa a convertirse en violencia practicada en legítima defensa para la consecución de objetivos específicos. Si alguien lo duda, que revisen algunos casos famosos. Para no recurrir al ejemplo del Estado de Israel, experto en la práctica del terrorismo de Estado, basta con citar el caso de Phoolan Devi, conocida como la reina de los bandidos, pero que llegó a ser diputada y propuesta para el Nobel de la paz.

Lo dicho, es preocupante lo que dicen esos estudiantes vascos, pero no dejan de exponer en sus respuestas a la encuesta lo que piensa casi todo el mundo. Pacifistas genuinos hay muy pocos. Personalmente, simpatizando profundamente con esa posición y considerando que posiblemente sea la única alternativa válida para cambiar realmente el orden o desorden establecido, no acabo de estar del todo convencido.

Eso no quita para que analizando el caso específico que nos ocupa, el uso de la violencia por ETA, que es lo que parece preguntar la encuesta a esos estudiantes, hace ya mucho tiempo que el terrorismo etarra dejó de tener alguna justificación. Es una práctica profunda e intrínsecamente inmoral, además de ser una táctica que no parece vaya a alcanzar ningún objetivo a corto, medio y largo plazo. Por eso es preocupante lo que responden esos muchachos. Y por eso mismo quizá no valgan condenas genéricas que no suelen ser muy sólidas.

Artículo extraído de:

http://www.red-libertaria.net/noticias/modules.php?name=News&file=article&sid=2262

Félix García Moriyón en www.radioklara.org


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