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Cagancho y el tío Paco

Jueves 13 de agosto de 2009, por Abel Ortiz


Cuentan las revistas amarillonas de los años veinte, y los blogs de la era Dragon ball, que el día que Cagancho toreó en Almagro, o como se llame a eso que hacen en la arena con los morlacos, previo retrato en taquilla del “respetable”, unos señores armados con espadas y lanzas, y que algunos llaman arte porque tienen amigos toreros, hubo tal escándalo que la guardia civil y un destacamento de caballería intervinieron, sable en mano, para evitar el linchamiento del “diestro”. Aquel día se destriparon su buena media docena de caballos, algo que a todos pareció de lo más normal, y los subalternos acuchillaron al toro con el que Cagancho debía destapar el famoso tarro que transmuta en arte la escenificación de la vida, la muerte, la crueldad, el sadismo, la ambición y la tradición; Moscas, pasodobles, literatura de la miseria, vísceras y chulería.

En esas llegó José Tomás. El “Sastre de Milano” ha revolucionado la fiesta más popular. Además de salir del tribunal por la puerta grande lleva en la mano trofeos cortados en vivo aún chorreantes. Las mulillas arrastran animales políticos presuntamente muertos. En las próximas ferias de las más importantes localidades los carteles tendrán cambios; se mueve el escalafón ante el descalabro de las figuras.

Fuera del ruedo ibérico, ese salmorejo que es capaz de batir a Picasso, Orson Welles, Jesulín de Ubrique, Ortega Cano o Lorca, los espectadores, el peatonaje, unidades de consumo, preferimos, como siempre, el cine a los toros.

En una vieja leyenda de emperadores y trajes bastó la voz de un niño para romper el sortilegio: El vestido que solo veían los listos desapareció. Hollywood adaptó múltiples variantes a pesar de que ninguna de ellas fuera estrictamente valenciana. El president está desnudo. Por listo.

Cuando todo parecía perdido en “El Álamo del Turia” surge de más a menos, en la banda sonora, música de John Williams. Puede ser el séptimo de caballería o el último mutante de la Marvel. No es un pájaro. No es un avión. Rompiendo doce candados, desde las profundidades de la historia, el Cid cabalga. Tras aquel destierro con doce de los suyos, polvo, sudor y padle, vuelve, melena al viento, el Charlton Heston de la estepa castellana. El final de la historia es previsible. La consecuencia es natural; hacer abdominales perjudica gravemente el cerebro. Dios, que buen vasallo si hubiese otro buen Bush.

En el gobierno tiran “voladores”; la oposición histérica de los conservadores desactiva a la izquierda combativa, perpleja ante el sentido onírico que cobra lo supuestamente real. Vuelven los complots judeomasónicos, las conspiraciones paranoides, la Orquesta Mondragón y la Kangoo. La patronal, hablando por boca del lince de Castellón, pide ajo, agua y resina, el gobierno, tacaño, ofrece cuatrocientos euros.

La bolsa sube. Los bancos ganan. Los ciudadanos pagan. La estafa se palpa. En breve, los paraísos fiscales habrán desaparecido, los controles internacionales evitaran las especulaciones financieras y todos seremos refundadores de un capitalismo como el que practicaba hace más de un siglo el marqués de Comillas, que se dedicó al provechoso y edificante tráfico de esclavos en Cuba, antes de ser distinguido con un título aristocrático por Alfonso XII, para pasar a, lógicamente, presidir el banco de Crédito mercantil y explotar minas y mineros de la Hullera española. El último grito en ingeniería financiera.

Cagancho, el hombre, lo pasó mal en Almagro. En el jaleo de la plaza hubo decenas de heridos y contusionados. Durmió en el cuartelillo y pagó una multa considerable. Una mala noche por la que es recordado tras generaciones.

En la Malvarrosa un gitano imaginario viendo el video promocional del President sentencia, haciendo un ejercicio de arqueología de la memoria, sin apelación posible:

- Mira pahí, el tío Paco, como Cagancho en Almagro.

Abel Ortiz


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