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El techo de cristal

El dedo en el ojo de Félix García Moriyón

dilluns 9 de març de 2009, per  Ràdio Klara

No cabe la menor duda de que en las últimas décadas se ha producido un importante vuelvo en la situación de las mujeres en la sociedad española y en otras sociedades muy similares a la nuestra. Algunos de los logros podrían sorprender incluso a las pioneras del movimiento feminista, allá a principios del siglo XIX, o incluso a comienzos del XX, por más que ya ellas reclamaran la igualdad social y política de los dos sexos. Sin embargo, sigue existiendo una discriminación que se percibe sobre todo en un efecto que ha recibido el nombre de «techo de cristal».


Dicho efecto hace referencia a la constatación de que la ocupación de puestos en la sociedad y la distribución de los roles tiene un cierto sesgo: los hombres están más presentes en puestos de importancia o poder que las mujeres. Basta con mirar el sexo de los miembros de los consejos de dirección de las grandes empresas, o el número de mujeres en los puestos elevados de la judicatura o en las cátedras de las universidades, por citar solo tres casos, para darse cuenta de que no hay las mujeres que debiera haber.

Quizá convenga centrarse en este problema como problema prioritario dejando de lado otros que, siendo también muy importantes, no tienen tanto peso y tantas consecuencias a medio y largo plazo para lograr una adecuada igualdad entre los dos sexos. Pensemos, por ejemplo, en el gravísimo problema de la violencia ejercida contra las mujeres, con la cifra de unos 70 asesinatos al año y 63.347 denuncias de malos tratos realizadas por mujeres. Cifras altas y preocupantes, pero que quizá no lo sean tanto si tenemos en cuenta que en el mismo año 2007 las denuncias interpuestas por hombres por malos tratos ascendieron a 10.092. Es decir, si el porcentaje de mujeres en la cárcel asciende al 8% de la población carcelaria, el porcentaje de mujeres que maltratan asciende a 13,7%. La superioridad del segundo porcentaje sobre el primero debe hacernos reflexionar algo más sobre el asunto. Utilizo datos del Ministerio de Igualdad, no del Ministerio del Interior. Insisto, el problema es grave y debe combatirse con firmeza; y también es necesario recordar siempre que la violencia ejercida contra las mujeres tiene rasgos específicos que la hacen especialmente odiosa. Ahora bien, quizá no sea este el asunto central de la lucha por la igualdad de hombre y mujeres.

Algo similar ocurre con respecto a las desigualdades salariales. El dato del Instituto de la Mujer viene siendo muy similar en los últimos años: la brecha salarial en el salario bruto entre hombres y mujeres en el 2006 es de un 25,3%. Se incrementa hasta el 51,9% su nos fijamos en el salario en especie. Ahora bien, todo parece indicar que la diferencia no procede exactamente de que cobran menos por el mismo trabajo, sino que cobran menos globalmente, esto es, los ingresos globales de los hombres son superiores a los de las mujeres porque ellos son los que acceden a los puestos mejor pagados y los que acaparan horas extras, pluriempleo y antigüedad. Las leyes de paridad han resuelto parcialmente el problema en los cargos públicos, pero no parece que se hayan resuelto en los demás ámbitos de la vida social, cultural y económica.

Una lectura sosegada de los datos proporcionados por el último informe sobre la mujer publicado por el Ministerio de Igualdad (http://www.migualdad.es/noticias/pd... ) permite darse cuenta de la complejidad del problema y de la pluralidad de causas y matices que inciden en la persistente desigualdad. Pero, y esa es la tesis que pretendo exponer en este artículo, el núcleo del problema o una de las causas centrales se sitúa en la lentitud con la que está evolucionando el reparto real de las tareas en la vida doméstica.

Durante siglos, el reparto del trabajo entre hombres y mujeres se ha basado en una clara división: para las mujeres quedaba el grueso del trabajo doméstico, incluida claro está la crianza de los hijos, mientras que los hombres desempeñaban trabajos externos. Consumada la revolución industrial y vaciado el campo en un acelerado proceso de urbanización, el reparto de trabajo ha cambiado y las mujeres se han incorporado masivamente a los trabajos externos. La tasa de ocupación de las mujeres ya está en el 51,38%, mientras que la de los hombres está en el 69,21%. Es una notable diferencia todavía, pero menor que en otras épocas. Son datos de finales de 2008.

Sin embargo, no ha ocurrido lo mismo con el reparto del trabajo doméstico. También en este caso se ha producido una cierta equiparación: en 1993, estas diferencias eran de 5 h 28’; en 1996, de 4 h 30’; en 2001, de 4 h 12’ y, en 2006, de 3 h 39’. Pero hay que atribuir esa disminución más al hecho de que tanto hombres como mujeres dedican menos tiempo a las tareas domésticas que a un mejor reparto de las cargas que supone ese trabajo.

Es decir, los hombres no están asumiendo realmente los cambios sociales y económicos y están eludiendo asumir las responsabilidades que en la sociedad actual se derivan del hecho de vivir en pareja y mantener una familia, lo que, como es obvio, es mucho más que aportar recursos económicos obtenidos con el trabajo asalariado. Las buenas intenciones mostradas por la ley de conciliación o los cambios de mentalidad favorables a la igualdad no acaban de hacer mella en la manera de entender y practicar las responsabilidades familiares.

Presionadas por ese fondo de discriminación latente, las mujeres se ven forzadas a sacrificar la promoción social que les permitiría acceder a mejores posiciones relativas en el mundo económico y social. No ocupan cargos, no se afilian a partidos, no escalan posiciones en los sindicatos, no aceptan horas extras ni horarios excesivos… Sabe de sobra que sobre ellas van a recaer las cargas del trabajo en casa, incluida de manera especial la crianza de los hijos. Y su día, como el de los hombres, tiene 24 horas.

La otra alternativa es sacrificar la vida familiar para poder promocionar, algo que nunca tienen que hacer los hombres. Ellas son las que renuncian a tener hijos cuando promocionan o para poder promocionar, ellas son las que ven disminuidas sus posibilidades de encontrar un empleo cuando están en la etapa en la que pueden ser madres o cuando ya lo son. Por eso retrasan también el matrimonio, por eso cae la tasa de fertilidad hasta 1,26 hijos por mujer; y eso incide igualmente en que opten con excesiva frecuencia por la interrupción del embarazo. Cierto es que esto es mucho más complejo de abordar y resolver, pues implica cambios culturales y de mentalidad de gran calado; incluso implica modificar una división del trabajo que tiene un fuerte apoyo biológico en el hecho mismo de la maternidad. Ahora bien, mientras la sociedad en general, y los hombres en particular, no asuman realmente en serio un planteamiento igualitario de las cargas domésticas, mientras no asuman con todas sus consecuencias que los hijos son también del padre biológico y algo que importan a la sociedad en general, mientras no asuman que la familia, independientemente del modelo concreto que adoptemos o defendamos, es un espacio fundamental que incumbe a todos, el techo de cristal será una barrera infranqueable que desvelará la perpetuación de la discriminación. Por ahora, los platos rotos de la nueva distribución del trabajo lo pagan las mujeres; y en segundo término, los hijos, o la ausencia de los mismos.

Artículo extraído de:

http://www.red-libertaria.net/noticias/modules.php?name=News&file=article&sid=2215

Félix García Moriyón en www.radioklara.org


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