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De cada uno según su capacidad…

El dedo en el ojo de Félix García Moriyón

dilluns 19 de novembre de 2007, per  Ràdio Klara

Uno de los lemas fundamentales del socialismo clásico y muy en especial del comunismo libertario fue “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”. El colectivismo libertario se mostró algo reticente y prefería mantener una retribución acorde a los méritos de cada uno. La discusión fue larga, por lo que algunos optaron por un anarquismo sin adjetivos.


Personalmente considero que la primera expresión, la de los comunistas libertarios, es preferible, al menos como horizonte de referencia que orienta tanto nuestras actuaciones presentes como el tipo de sociedad que queremos configurar. En el fondo es uno de los principios básicos de sociedades que aspiran a ser democráticas y que se han tomado en serio sus tres principios esenciales de la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Si bien la libertad y la fraternidad parecen formar parte de la conducta de todos los seres humanos, aunque con constantes derivas liberticidas e insolidarias, no podemos decir lo mismo de la igualdad. En cierto sentido es algo completamente contraituitivo y alejado de lo que vemos en la vida cotidiana. Los seres humanos somos muchas cosas, pero desde luego no somos iguales; las diferencias entre unos y otros son numerosas, hasta el punto de poder decir que no hay dos seres iguales. En la azarosa lotería de la naturaleza, algunos seres humanos nacen especialmente bien dotados y otros cargan con importantes deficiencias que van a hacer de su vida una tarea arduo complicada. La sociedad puede reforzar esas divergencias de tal modo que los que mejor comienzan la carrera de la vida, más lejos van a llegar y van a ocupar las mejores posiciones en el teatro del mundo.

Por eso la propuesta de la igualdad es fundamentalmente una propuesta voluntarista en la que el ser humano apuesta por un modelo de sociedad más justo, adaptado no tanto a lo que hay como a lo que queremos que haya. La experiencia indica que dejadas a su libre manifestación dichas desigualdades sin ningún tipo de control compensador, terminan acabando con la libertad y la igualdad. Desigualmente distribuido el poder, se acaba la libertad de algunos que terminan padeciendo más bien la opresión de otros y se va al garete la fraternidad, arrumbada por un pseudo-realista “sálvese el que pueda”.

Si queremos igualdad, no queda más remedio que defender, propagar e incluso forzar la consolidación de un principio de organización social diferente, que es precisamente el que defiende la frase inicial. Puesto que todos tenemos diferentes capacidades, cada uno debe aportar al conjunto de la sociedad desde lo que tiene: el que más tiene deberá, por tanto, aportar más en beneficio de la comunidad y en última instancia en beneficio propio, puesto que ambos beneficios no son contradictorios salvo en algunas situaciones muy concretas y muy pasajeras.

Y luego tendrá que recibir según sus necesidades. Si nos atenemos a la famosa pirámide de Maslow que establece una cierta jerarquización de necesidades, todos los seres humanos las tenemos muy parecidas, variando quizá en los satisfactores que empleamos para atenderlas. Eso sí, aquellos que tienen han tenido menos suerte en el reparto de las capacidades, tienen sin duda más necesidades, como es evidente en el caso de los discapacitados, por lo que habrá que dedicarles mayor atención.

Para conseguir esto, para trabajar a favor de la igualdad, incluso los sistemas sociales y políticos autodenominados “estados social de derecho” diseñaron algunos mecanismos a los que con precisión hacía alusión en un reciente artículo publicado en El País uno de los pesos pesados de los círculos del PSOE y de Zapatero más en concreto, el profesor Miguel Sebastián.

Un mecanismo es el del gasto social, como muestra, por ejemplo, la reciente ley de dependencia aprobada y en trámites de aplicación. Lo que se hace de ese modo es conseguir que la gente pueda ver atendidas sus necesidades sin tener en cuenta sus capacidades ni su aportación real a la sociedad. La asistencia sanitaria, la educación y las pensiones a todos les llegan sin tener en cuenta su aportación. Existen de hecho los servicios universales no contributivos y muchos son los que defienden con sensatez en estos momentos la renta básica universal. En ese sentido, la sociedad española ha avanzado bastante en igualdad y en gasto social. El segundo mecanismo es el de los ingresos y es aquí donde el profesor Sebastián, que se convierte en vocero del pensamiento único dominante, parece renunciar a cualquier atisbo de exigencia según las capacidades, tan importante para conseguir la igualdad. Los gastos sociales hay que pagarlos con ingresos y estos proceden de los impuestos que pagamos los ciudadanos.

Una tímida, pero imprescindible y muy educativa manera de conseguir una igualitaria recaudación del impuesto es exigir que los impuestos sean progresivos. La recuperación de la democracia en 1978 fue inmediatamente acompañada por la implantación de unos impuestos directos progresivos y bien gestionados. Pues bien, la defensa a ultranza del tramo único, así como la eliminación del impuesto de sucesiones, van directamente en contra de ese principio elemental redistributivo que lleva consigo un modelo progresivo de recaudación impositiva.

Las clases dominantes no han tenido demasiados problemas con los gastos sociales, aunque tampoco verían mal limitar el gasto público a lo imprescindible: grandes infraestructuras, ejército y policía, poniendo el resto en manos de la iniciativa privada. Lo que han boicoteado con más éxito ha sido la recaudación progresiva. Es algo que han conseguido en sus bien más preciado, el capital, pues todas las rentas del capital están gravadas al 18%, sin tener en cuenta el monto, por lo que tributan igual Amancio Ortega, el más rico de España, que un modesto accionista.

Ahora parece que están a punto de conseguir una reivindicación importante: la desaparición de la progresividad en el impuesto sobre la renta de las personas físicas. Cierto es que, como son listos, pueden ofrecer argumentos rigurosos, pero eso no quita el hecho de que la propuesta atenta contra las pretensiones de igualdad social y contra la posibilidad de consolidar un tejido social solidario en el que la gente arrima el hombro conforme a sus capacidades.

Renuncian, por tanto, a profundizar en el reparto que atienda a los numerosos sectores nacionales y extranjeros que todavía viven en difíciles condiciones. Y renuncian también a la enorme lección moral que supone exigir que cada uno pague de acuerdo con lo que tiene y el mostrar un riguroso celo en la lucha contra el fraude fiscal. Sin duda, un desastre social de gran calado.

Artículo extraído de:

http://www.red-libertaria.net/noticias/modules.php?name=News&file=article&sid=1977


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