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Una crisis económica y algo más

Tierra y Libertad

divendres 7 de novembre de 2008, per  Ràdio Klara

La crisis económica que sufren Europa y los Estados Unidos, y que más temprano que tarde repercutirá en todos los rincones de nuestro planeta en mayor o menor medida, es la primera de este siglo XXI pero se asemeja en intensidad a las sufridas por las economías occidentales en 1929 y en 1973. No es, desde luego, una crisis final del capitalismo, que no se ve seriamente amenazado por un comunismo en franca retirada, pero tampoco es un simple aprieto pasajero para un sistema que no goza, precisamente, de buena salud en los países del Primer Mundo: su sistema bancario se está derrumbando como un castillo de naipes.


La gravedad de la crisis económica va a marcar, seguramente, un punto de inflexión para el neoliberalismo económico que llevaba décadas empujando a John Maynard Keynes y sus recetas al trastero de la Historia. Más allá de algunas declaraciones grandilocuentes, que sólo intentan eludir responsabilidades personales, el canon político neoconservador, que cantó victoria prematuramente con la caída del Muro de Berlín, y el modelo del capitalismo financiero, basado en la especulación con bienes no tangibles, han sido severamente derrotados por la realidad y sus fórmulas, que ya huelen a rancio pasado, no dan respuesta a los interrogantes económicos de hoy. En las naciones occidentales más desarrolladas se están tomando medidas desesperadas para salvar el complejo entramado financiero con una unanimidad que supera matices ideológicos y con una urgencia que levanta fronteras; en el último mes hemos visto a políticos de todos los colores, desde George W. Bush a José Luis Rodríguez Zapatero, reclamar la intervención del Estado en la economía y levantar de nuevo todas las barreras del viejo proteccionismo nacionalista: el gobierno británico del laborista Gordon Brown ha estudiado la posibilidad de utilizar la legislación antiterrorista para retener fondos de la banca islandesa con el objetivo de garantizar los depósitos de los británicos en las entidades crediticias de ese país nórdico.

Frente a esta defensa cerrada del sistema occidental por parte de sus políticos y financieros, la izquierda apenas ha sido capaz de reproducir viejas consignas que, repetidas como una letanía, no convencen a nadie. Si el análisis de las causas se limita a culpar sin matices al capitalismo financiero y el pronóstico de las consecuencias se reduce a exigir que los trabajadores no paguemos todos los efectos del presente derrumbe financiero, es evidente que la crisis económica no ha hecho más que poner de relieve el conflicto de ideas que sufre la izquierda, sobre todo la de raíz marxista que lleva siglo y medio presumiendo de tener un método de análisis científico y universal. Lamentablemente, la izquierda no está en condiciones de sacar ventaja de la situación. ¿Quiere eso decir que dentro de unos meses, o unos años, todo va a volver a la "normalidad"? ¿Será capaz el capitalismo occidental de renovarse y reciclarse para seguir dirigiendo la economía mundial? No es fácil hacer predicciones, pero todo parece indicar que la actual crisis económica va a limitar aún más el papel de los países del Primer Mundo y de aquellos que han basado su prosperidad en el suministro de materias primas, sobre todo energéticas, a este bloque occidental. En los Estados Unidos y en Europa se ha sustituido, en gran medida, la producción de bienes de consumo por la especulación con activos financieros y, al quebrar la confianza que alimentaba, casi en exclusiva, el sistema económico, ha sido evidente para todos que, como en el cuento, el rey estaba desnudo: los ricos de los países ricos no tenían dinero, sólo tarjetas de crédito.

Rusia y su órdago militar de este verano en Georgia, Venezuela y su exportación de petróleo y revolución bolivariana a partes iguales… todas aquellas naciones que se creían a resguardo porque abastecían a Occidente de materias primas energéticas que satisfacían una demanda que crecía exponencialmente están viendo en peligro sus economías por la reducción del consumo; la fuerte bajada de los precios puede arrastrar a la quiebra a sus economías, más débiles y más dependientes. Con un petróleo en caída libre de precios es dudoso que Vladimir Putin se atreviese a retar a la OTAN como lo hizo este verano en Osetia, amenazando con cortar el suministro de gas a Europa. Sin embargo, no se ha reparado suficientemente en la evidencia de que la actual crisis económica no ha afectado a las potencias asiáticas: China, Japón, India… Es cierto que la Bolsa nipona o la coreana han sufrido algunos de los descensos más acusados, pero ni sus gobiernos han tenido que salir al rescate de sus bancos ni han tenido que adoptar medidas financieras unilaterales. Por el contrario, la crisis bancaria estadounidense va a reforzar a los ahorradores japoneses, que llevan décadas invirtiendo sus ahorros más allá de sus fronteras, y va a fortalecer los bancos chinos, que ya se estaban encaramando a los primeros lugares de la clasificación mundial. La crisis económica sólo es un paso más, aunque muy importante, en el progresivo desplazamiento del centro de gravedad mundial de Occidente a Oriente. Por más medidas que adopten los políticos europeos y estadounidenses, la globalización es una realidad imparable; pero por su peso demográfico, por su economía productiva, por su fomento del ahorro, por su fe en el esfuerzo… China e India serán las potencias que dirijan esa nueva aldea global, que cada vez está más cerca.

Artículo extraído de:

http://www.nodo50.org/tierraylibertad/3articulo.html


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