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¿Solución o parte del problema?

El dedo en el ojo de Félix García Moriyón

dimarts 4 de novembre de 2008, per  Ràdio Klara

Hace unos días, creo que una semana más o menos, estaba escuchando el noticiario de las 7:30 de Radio Nacional. Juan Ramón Lucas, quien dirige el programa, estaba más bien indignado por la noticia del despido del que había sido secretario general de la CEOE durante veintitrés años, Juan Jiménez Aguilar. Le habían aplicado 45 días por año trabajado, más algún complemento de difícil clasificación, lo que le permitió recibir 1,9 millones de euros; se trataba, claro está, de un despido improcedente: una decisión del presidente de la patronal, Gerardo Díaz Ferrán, que argumentaba falta de sintonía entre ambos.


En esto que entrevista a José María Fidalgo, el Secretario General de CC.OO. y le pregunta su opinión sobre el tema. Ni corto ni perezoso, en plena lucidez mental a pesar de lo temprano de la hora, Fidalgo le contesta que no tiene nada que decir. Insiste Juan Ramón Lucas, comentando que le han aplicado un criterio que la CEOE quiere quitar a los trabajadores. Fidalgo responde que en esos momentos ello no están negociando el tema del despido con la patronal, y añade que Juan Jiménez Aguilar es amigo suyo y que si le corresponde por derecho esa indemnización, hace bien en cobrarla.

Como es de suponer, Juan Ramón Lucas insiste, pero no consigue ninguna palabra negativa de Fidalgo. En la siguiente media hora del programa, pasadas las 8:00 el director del programa se limita a hacer un comentario irónico: los trabajadores estamos de enhorabuena pues la patronal parece defender que la indemnización por despido se calcule a razón de 45 días por año trabajado. Obviamente cito de memoria, pero sustancialmente fue esa la situación y sobre todo fue esa la respuesta de Fidalgo: si a mi amigo le toca, que se beneficie.

Todos sabemos muy bien que Gerardo Díaz, y la patronal a la que representa, llevan años pidiendo un abaratamiento y flexibilización en los contratos de trabajo, asegurando que eso no significa mayor número de despidos, sino todo lo contrario, pues el precio actual del despido impide a pequeños empresarios coger más trabajadores. Así llevan, a piñón fijo, muchos años, añorando un despido libre y gratuito como elemento dinamizador de la economía. Les es igual que exista una crisis financiera o un exceso de costes o una baja productividad, para ellos la solución siempre pasa por flexibilizar el empleo. Supongo que les servirá igualmente para resolver los problemas económicos derivados del cambio climático.

Ahora bien, que digan eso los empresarios, es normal. Van a lo suyo, al euro y al beneficio y su única fuente de riqueza procede de la extracción de plusvalía obtenida del trabajo de sus empleados. También es normal que apliquen doble rasero: despido libre y gratuito para los trabajadores de a pie y contratos blindados y generosas indemnizaciones cuando se trata de uno de los suyos, es decir, de un alto ejecutivo.

Lo malo es que esas afirmaciones y conductas se encuentre con el silencio cómplice de quienes representan, o dicen representar, los intereses de los trabajadores. Mucho más si se trata de sindicatos que se definen comos sindicatos de clase, los cuales, en general, nunca defienden los intereses de los jefes. De ahí que Juan Ramón Lucas no saliera de su asombro. Como yo estoy más en contacto con el mundo sindical, no me extrañó nada la reacción de Fidalgo. Es lo que hay, compañeros.

Durante decenios los sindicatos han constituido un arma fundamental de los explotados y oprimidos para resolver sus propios problemas, pero pensando siempre que estaban con ello resolviendo los problemas de toda la humanidad y no los de un colectivo específico. Esto es, eran sindicatos de clase no sindicatos gremiales y al atacar el sistema de explotación a corto plazo apuntaban hacia una transformación radical de la sociedad a medio y largo plazo.

Cierto es que siempre hubo sindicatos gremiales o sindicatos amarillos y que estos, con excesiva frecuencia, terminaban defendiendo los intereses de la patronal, apelando a que los intereses de los empresarios y de los trabajadores no tenían por qué ser contradictorios. Argumentaban que era posible llegar a acuerdos que no pusieran en cuestión el orden establecido ni apuntaran a una transformación radical, mucho menos a una revolución.

En la lucha por un mundo mejor, por otro mundo posible, los primeros sindicatos, los de clase, eran parte de la solución del problema. Los segundos, los gremiales, eran parte del problema pues actuaban como auténtico opio para el pueblo (la aplicación de este término es totalmente intencionada), gracias a que las pequeñas conquistas laborales servían como adormidera del proletariado que, de ese modo, olvidaba sus sueños de libertad, igualdad y fraternidad.

Desgraciadamente, después del gran pacto social de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, una gran parte de los antiguos sindicatos de clase se deslizaron poco a poco a las posiciones del sindicalismo gremialista. Ese es el destino al que se han visto abocados las dos grandes centrales sindicales españolas, CC.OO. y U.G.T.: se han convertido en agencias paraestatales de gestión de los conflictos sociales.

El mal afecta sobre todo a las cúpulas sindicales, al gran aparato burocrático de un sindicalismo de servicios que ha olvidado que su poder sólo reside en la capacidad e movilización y acción directa de sus bases. Salen en la prensa, se sientan con gente importante, incluso comparten consejos de administración en empresas paraestatales, disfrutan de liberaciones laborales… Al final, sus intereses inmediatos son más bien los de su propio puesto de trabajo, los de su empresa, el sindicato, cuya estabilidad depende de que no se enfrene totalmente a quienes les pagan y mantienen.

Cierto es que a pie de empresa, en los comités y en las fábricas, los militantes de esos sindicatos se muestran más radicales y reivindicativos, sin renunciar del todo a las prácticas sindicales que han cimentado ese sindicalismo de servicios. Eso sí, cuando el conflicto se radicaliza demasiado, es muy probable que reciban instrucciones precisas para no llevar las cosas demasiado lejos.

Lo dicho, la burocracia sindical actual, la de CC.OO. y U.G.T en concreto, son parte del problema, una auténtica rémora para un cambio social en condiciones. Fidalgo no se equivocó: sabe perfectamente que entre sus amigos se encuentra un alto representante de la cúpula empresarial. Ahora bien, este vela mucho mejor que Fidalgo por los intereses de los suyos. A no ser que Fidalgo haya pasado a formar parte de los suyos (los de Jiménez Aguilar, claro).

Artículo extraído de:

http://www.red-libertaria.net/noticias/modules.php?name=News&file=article&sid=2159

Félix García Moriyón en www.radioklara.org


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