Abel Ortiz
Vendrán tiempos peores y nos harán más ciegos. Así titulaba Sánchez Ferlosio uno de sus libros relativamente reciente. Clarividente. La guerra envilece, quienes participan, como beneficiarios del botín o como actores sobre el terreno, adaptan y retuercen las normas, los usos, las costumbres y por supuesto las leyes, para que sirvan como coartada del crimen. Las sociedades enfermas no pueden tener democracias sanas.
Una democracia necesita para sobrevivir una igualdad que va más allá de contar votos. Hay que contar también emisoras, periódicos, caciques y, sobre todo, hay que contar dinero. Lo que se compra no es democracia es corrupción. La OTAN, actual liga ática, no es democracia. Y, a fin de cuentas, griegas o de goldman sachs, siguen decidiendo las bombas. La bestia, despierta siempre, cuando lo considera oportuno, suelta un zarpazo. Cambiar el sistema no es la cuestión. La cuestión es que el sistema no se deja.
La violencia siempre ha sido útil a los poderosos. Por eso la utilizan, incluso la legislan. La capacidad de aplastar primaveras de los uniformes está probada en muchos episodios históricos. La supervivencia de los bancos, o de las iglesias, a través de los siglos es verificable. La tradición, las tradiciones, los nacionalismos, grandes o pequeños, siguen ejerciendo sus presiones desde tiempos de casas blasonadas y guerras olvidadas.
La correlación de fuerzas, las circunstancias objetivas, terminología marxista, son como para temblar; en toda Europa la mancha azul. La cosa se pone muy seria. Mayo acabará.
¿Vendrán tiempos mejores y nos harán más lúcidos?









































