
Isabel Montoro
Manos levantadas cuando los convocantes, a modo de encuesta, preguntan por la edad de los asistentes a la Asamblea del movimiento 15M en la Plaza del Ayuntamiento de Valencia. Manos alzadas, a cientos, para cualquier edad, de veinte a treinta, de treinta a cuarenta, de cuarenta a cincuenta; no sólo estudiantes, no sólo desempleados/as, no sólo venidos/as de la misma capital.
Y es que, como se celebra al empezar el acto, el movimiento se hace grande, supera las fronteras y se extiende entre otras plazas hermanas, aquellas que a lo largo de distintas ciudades albergan las voces de la indignación para clamar, al fin, que el momento ha llegado, que es hora de una democracia real ya.
Igual que resuena el augurio del ex mandamás del FMI, Dominique Strauss-Kahn, presagiando el riesgo de los jóvenes españoles a convertirse en una generación perdida. Hoy, se recuerda en la Asamblea, esos jóvenes están en la calle luchando mientras Strauss-Kahn se encuentra y se pierde en la cárcel.
Y no sólo están los jóvenes. Porque mientras los políticos sentencian con autoridad soberbia qué es o no democracia, mientras los banqueros examinan un movimiento no previsto en los haberes de su poder, mientras los jueces inventan nuevas fórmulas que legitimen la censura, la ciudadanía se despliega pacífica y aleccionadora. Síntoma de que algo importante está pasando.











































