De la puerta del Sol a la Luna de Valencia

Abel Ortiz

El gallinero político periodístico anda revuelto a cuenta de las movilizaciones que han surgido de las redes sociales. Ya se sabe que los chavales, cuando se juntan, tienen, para lo establecido, más peligro que un ciego con una pistola o un danés dogmático y estúpido, con una cámara, lenta o no. Están descolocados, próceres y escribas, ante lo que les resulta incomprensible. Tantos fachas sueltos, en el poder, en los poderes, tantos mafiosos respaldados por las urnas, tantos chorizos de suite en suite, no les parece raro, ni antidemocrático. Que se proteste sin la autorización del director del instituto, el jefe de estudios, la asociación de padres y el gobernador civil es intolerable. Hasta ahí podíamos llegar. Se puede cuestionar todo, pero no se puede tocar nada. Niño, deja ya de joder con la pelota que los mayores estamos hablando de cosas serias; ajustes, recortes, despidos, represión.

En Egipto la juventud es buena y luchadora. Aquí no. Aquí son inmaduros que no saben lo que quieren. Hambre tenían que pasar para que tuvieran que mendigar un trozo de pan a los señoritos o al patrón. ¿Pero no tienen play station? ¿No tienen twiter y facebook? ¿Qué más quieren?

Quieren, sobre todo, que la interminable sucesión de cabrones que han prostituido la democracia reventando el futuro de millones de personas paguen por ello. Quieren, también, que el trabajo realmente existente, los recursos, se repartan. Quieren que la OTAN desaparezca y deje de ser la wehrmacht de la banca militarizada estadounidense, francesa o alemana. Quieren que los banqueros sean todos islandeses con traje de rayas.

Pobres banqueros, con lo que se esfuerzan. Políticos, militares, curas, banqueros; tienen el futuro asegurado, piden calma. Trabajadores, ciudadanos, ven su futuro negro zahino y piden dos cosas, las mismas que se piden siempre en estos casos: Gladnost y perestroika, en versión desparrame soviético o transparencia y cambio, según el hip hop que vino de Chicago. Ninguna de las dos es posible. No puede ser transparente una democracia que oculta un montón de mierda originaria. No puede haber cambio en la democracia del Gatopardo.

La democracia de Churchill y Truman, Hiroshima, Vietnam, Panamá, Corea, Afganistán, Pakistán, Irak y decenas de países más, se gestó en el cuarenta y cinco y fueron las condiciones de los vencedores las que la conformaron. Ya ha llovido. Sin embargo no se toca ni una coma; Okinawa, el FMI, el banco de comercio, las bases por el mundo entero, el imperio construido y sustentado a sangre y fuego. Ah, no, perdón, que hay guerras buenas, bonitas y baratas como nos explicaba el premio Nóbel de la paz.

La democracia nuestra, casera, juró los principios fundamentales del movimiento, y eso, quieras que no, limita bastante. Por eso el post-falangismo y los neo-opusdeistas, demócratas intachables claro, puede tumbar el estatut de Catalunya, paralizar e imposibilitar los juicios por corrupción, inhabilitar a las victimas del franquismo para recuperar su pasado o prohibir manifestaciones de protesta contra el poder.

La democracia no se pone en duda. Su calidad si. Y, aunque es cierto que podría ser peor, eso no les sirve a los desesperados. Antes y después de Fukushima, la población, consciente de la estafa mundial, con los ojos como platos ante la manipulación informativa, sale a la calle. Allí nos vemos. En los bares que se queden los celtas cortos y sus amigos.

Abel Ortiz

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