Rubalcaba se presenta: La calle es suya

El Vaivén de Rafael Cid

Rafael Cid
Rafael Cid

“La calle es mía”. Eso proclamó Manuel Fraga en 1976 tras una larga etapa como ministro de propaganda de Franco, en cuyo bando militaba el actual presidente del PP dando el enterado a sentencias de muerte que la dictadura solía emitir contra los “enemigos del régimen”. Y ahora, esa misma ofrenda la acaba de hacer suya el ministro del Interior socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, al mandar a la policía antidisturbios desalojar por la fuerza a los jóvenes contestatarios acampados en la Puerta del Sol de Madrid. Fraga por su condición de fascista interruptus, Rubalcaba interpretando en la lógica del poder la cínica propuesta del presidente del gobierno Rodríguez Zapatero de tener en cuenta las críticas de los indignados, después de tildarlos de “bellacos”. Es su versión particular de la subversión.

Fraga y Rubalcaba, tanto monta, enarbolan expresiones de una intolerancia política que encubre un ataque a los valores democráticos y confirma los peores augurios denunciados por los manifestantes del 15-M: el nuevo bunker está en el bipartidismo turnista PSOE-PP. Porque lo que en la madrugada del día 17 ha ocurrido en el kilómetro cero de la capital es una demostración de miedo a la democracia real por parte de los poderes públicos, que certifica la justicia de las demandas de la ciudadanía activa. En la España socialista no se permite lo que fue posible en las movilizaciones de Egipto y Túnez. Es más, parece que aquí la postura de autoridades y regidores del statu quo trata de imitar la política represiva emprendida en Bahréin y Siria contra los “antisistema”.

Y llegados a este punto, la cuestión es ¿qué hará el resto de la sociedad ante un acto de fuerza institucional que elimina la justa disidencia del pueblo soberano echando mano de prácticas propias de regímenes totalitarios? Sobre todo, cuando los mamporreros hechos se producen en vísperas de unas elecciones municipales y autonómicas que se pregonan como el vehículo para que los electores hagan uso de su derecho a decidir, que incluye por encima de cualquier otra opción reglada el de decir que “se vayan todos” porque “no nos representan”. Tras los últimos acontecimientos y de persistir en la misma pendiente, alguien podría temer que cuando al amanecer llamen a la puerta de nuestras casas ya no sea el lechero quien espere en el umbral.

PSOE y PP, con la complicidad silente de las cúpulas burocráticas de CCOO y UGT y el auxilio preventivo de los medios de comunicación que no escatimaron recursos para poner sordina -ex ante- a las convocatorias que anunciaban una protesta sistémica en la mayoría de las ciudades del país, se han puesto de espaldas a la democracia aunque formalmente representen el Estado de derecho. Han perdido la poca legitimidad que les quedaba desde que decidieron hipotecar el presente y el futuro de los ciudadanos con el butrón económico-social perpetrado para salvar a las grandes fortunas y a sus protectores en las altas finanzas.

No hace falta esperar al resultado de las urnas. El veredicto es elocuente. La calle es suya, con Fraga y con Rubalcaba, porque el Estado, como con Luis XIV, es de ellos y sólo de ellos. Y desde esa posición dominante creen que todo les está permitido. Son los líderes y nosotros los súbditos. Se descojonan cuando la gente crítica sus políticas de matapobres y luego pasan la mano por encima de los refractarios cuando se dan cuenta que la marea humana del 15-M les puede fastidiar su bonita historia. Aunque la víspera, la delegada del gobierno en Madrid, María Dolores Carrión, fichada de la incubadora de Moncloa, haya ordenado “dispersar” a los protestantes. Por cierto, en el 2001, un Partido Popular con mayoría absoluta “toleró” durante 6 meses de la acampada de 1.500 trabajadores de Sintel en plena avenida de la Castellana.

Todo ello nos lleva una vez más a recordar las palabras de Louise Michel, aquella mujer que inmortalizó con su lucha en las calles de París en 1871 a los indignados de todos los tiempos: “a veces es necesario que la verdad ascienda desde los tugurios porque desde las alturas sólo se desprenden mentiras”.

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