Momento películas
Ángeles Sanmiguel

Solaris, es un ejemplo de dos versiones políticas de una misma obra fílmica, la primera con marchamo soviético y la segunda netamente estadounidense, Xavi Berganza crítico de cine, respecto a la dirigida por el también escritor Andréi Tarkovski, reconoce que fue «la respuesta rusa» a 2001 Odisea del Espacio, «la persona que ha dirigido esto es más lista que yo, café para muy cafeteros, me parece muy guay». ¿Cuántas de las estrellas emergentes en la política nacional y otras de carisma anquilosado pueden conseguir ese grado de crear asombro a personas de experimentado análisis? Actualmente el star system de los «sillones» que cada equis tiempo han de recrearse popularmente para sobrevivir, selecciona a sus vedetes de cara a conquistar las urnas y para ello ahuecan su plumaje, bichectomizan (extraer bolsas de grasa en mejillas) rasgos faciales afilándolos en pos del sumun de la fotogenia ofreciendo un impactante hieratismo semejante a la prestancia caracterológica. Sir Gordon Reece, productor de televisión británico, hábil creador de la imagen de la ex primera ministra del Reino Unido Margaret Thatcher, declararía: «Cuando termine este trabajo, habré fabricado el producto que me proponía fabricar». Toda parafernalia bien diseñada mejora tomas ante las cámaras subyugando a la ciudadanía que para entonces, tras precampaña, campaña y sucedáneos, ya está atiborrada de mensajes delirantes, traumatizantes, redentores y en nada fehacientes informativamente, una audiencia ya convenientemente direccionada hacia la expectación por la entrada en el plató del actor o actriz político que se le ha vendido como ente protector y justiciero o, por el contrario, como villano, dos roles indispensables en toda película. Diálogos y gesticulación se ensayan hasta la saciedad, privadamente ante un espejo o en sesiones con estrategas. Nefasto futuro se le avecina a quien no sepa conquistar planos de cámara. Para sobrevivir es preciso contar con la complicidad del equipo que mueve hilos a favor de la candidatura, una mala iluminación y la imagen queda desvirtuada descartando el mensaje, una fotografía errónea panfletaria y la campaña se va al garete, excesos oratorios pachangueros y se corre el peligro de cansar al auditorio por mucho palmero que acompañe, fundamentalismos churriguerescos e inquietudes pseudovanguardistas no dan bien en pantalla.
Como en toda película, todo está guionizado, con protocolos afianzados y pláticas pactadas. Esporádicamente, mediante la devoción de medios de comunicación, aun notoriamente saliéndose del tiesto, se pueden hacer espectaculares cabriolas reavivando la atención cuando el público abomina de vacuas promesas, millones de personas convertidas en sufridoras de políticas de película.
¿Se programan a nivel gubernamental opciones a la contradictoria definición denominada por el historiador literario Eikhenbaum como «vanguardia tradicional»? Idóneos oximorones, harto curiosos, designan viejas/nuevas políticas. ¿»Fijo-discontinuo», «monarquía-democrática», «Estado católico-aconfesional», «energía nuclear-verde»?
«No entendía ni papa de lo que estaba haciendo», comenta Ángel Castillo moderador en un coloquio organizado por Mercacine, sobre el protagonista de Blade Runner, obra magistral del director Ridley Scot, un film denominado actualmente de culto donde el ciberpunk y el romanticismo combinan peculiarmente. Seres creados de manera artificial por el ser humano como máquinas laborales llegan al punto de considerar la insulsez de su existencia cayendo en el tormento del desconcierto ya que cuanto anhelan, vivir la vida, les es negado. ¿Cuántos millones de personas en España están obligatoriamente abocadas a sufrir existencias deprimentes sumergidas en la introspección existencial buscando respuestas? ¿A qué especie de Blade Runner «perseguidor de cuchilla afilada» debe enfrentarse el manipulado pueblo para no ser desechado, como replicante retirable, al enfrentarse a gigaentidades del sistema? En la oscarizada película de mil novecientos ochenta y dos se patentiza una diametral diferencia social, meollo en relatos futuristas, y característica primordial de un continuismo gubernamental solapadamente impuesto por medio de elementos orgánicos o herramientas mecánicas y tecnológicas. ¿En algún momento quienes se han subido al carro de la política han considerado que tienen cuatro años de actividad como cualquier replicante de la citada película? Seguro que lo tienen bien presente y el miedo a caer en el infortunio y reintegrarse a la cada vez más oprimida polis les estruja las neuronas. Agustín Compadre Díez en el ensayo Las lágrimas no se perderán en la lluvia puntualiza que «la ciencia ficción viene a ser una forma de proyectar en el futuro las angustias y realidades del presente (…) humanoides, a medida que «viven experiencias», van tomando mayor conciencia de sí mismos y de su identidad». ¿Qué pasará cuando llegue el momento en el que lo incomprensible se enseñoree? ¿Triunfarán los «peculiares métodos psicológicos de provocación de respuestas emocionales»? «Esas tristes marionetas», creídas de hallarse en una clase especial con nombre propio, en nada se diferencian del resto de seres humanos ante la angustia de la muerte.
«La máxima del cine es la acción, la máxima es que tú lo veas y no lo digas, ¡escribe en acción! El guion se termina de escribir en montaje, el guion es una guía, depende del director, de los actores y del montaje» afirma la directora, guionista y actriz valenciana Victoria Avinyó, en política pasa igual, el proyecto debe contar con un potente conjunto actoral, una inescrutable directriz, cómplices de calibre y el aparato estilista adecuado que otorgue a la candidatura expresividad gestual, oratoria y ademanes que curiosamente se repiten en cualquier bancada merced a lo aprendido en clases particulares de locuacidad ¿Dónde la soltura interpretativa? Orson Welles, actor y director de cine afirmaría, según recoge el libro «El cine mundial y sus citas más famosas» que: «Lo esencial es entusiasmar al espectador. Si eso significa interpretar a Hamlet en un trapecio o en un acuario, así hay que hacerlo».
Sobre La naranja mecánica, otra obra cinematográfica de Kubrick, Carmelo Romero de Andrés, premiado con la «Cámara de Oro» del Festival de Berlín, escribe que esta refleja una «sociedad en descomposición que exalta un individualismo insolidario, basado en la violencia químicamente pura y en el hedonismo, y en la que las instituciones –familia, Estado- han perdido toda capacidad integradora, toda relación afectiva o de servicio y sólo pretende la manipulación del individuo, del súbdito (…) Pasamos del hedonismo y la violencia juvenil a la que ejerce un Estado manipulador, que trata de anular la libertad de elección del individuo». ¿Qué bochornoso patrón de desinformación y explotación se cierne sobre la ciudadanía anonadándola? Charlie Chaplin (Charlot) afirmaría: «No creo que el público sepa lo que quiere. Esta es la conclusión que he extraído de mi carrera». ¿Se llegará a la plena anulación del análisis reflexivo por el sectarismo?
La comedia se ha posicionado como argumentación que granjea votos, el pueblo necesita olvidar tropelías y quien más mojigaterías exprese, siempre con tono creíble, se llevará el premio. Nada más fructífero que el entretener con vaguedades sorteando planteamientos resolutivos y respetuosos con los derechos de personas, animales y medio ambiente. Woody Allen aseveró que «La comedia hurga en los problemas, pocas veces los afronta».