Entre la extrema derecha y la derecha extrema

Rafael Cid
Rafael Cid

El Vaivén de Rafael Cid

Después de toda una legislatura de sobos y magreos mutuos, que culminó en una suerte de pacto de cohabitación en el País Vasco, PSOE y PP se aprestan a escenificar una feroz competencia virtual para intentar rebañar votos cara a las próximas elecciones. Con ese objetivo,  el gobierno socialista rescata del baúl de los recuerdos el atrezo facha que persigue como una sombra al Partido Popular desde su fundación, a costa de la legalización de Bildu, que los de Rajoy califican de rendición, y así movilizar a abstencionistas e indecisos de izquierda que dieron la espalda a ZP por su reaccionaria política social. Y los del PP, por su parte, aprovechan la misma horma tildando al banquillo de Zapatero de radical y antipatriótico para pescar entre los miles de votantes del PSOE  lobotomizados por la cultura de derecha promovida desde el poder socialista durante años para crecer sobre esa masa acrítica. De esta manera los dos partidos hegemónicos de la segunda restauración legado por el franquismo jalean a su manera al resignado voto útil.

Porque buscar diferencias sustanciales entre la gestión gubernamental de PP y PSOE es tarea de ufólogos. Hay matices, claro, temas en los que los socialistas pueden parecer más progresistas que sus adversarios, como en ciertas reformas de ciudadanía, de género y ucronías morales, y otras en la que los cerriles conservadores se muestran casi como la derecha civilizada, por ejemplo en el hecho de haber frenado contrarreformas laborales cuando la protesta social se les enfrentó, pero son excepciones que confirman la decepcionante regla. Uno y otro cultivan el statu quo por encima de cualquier otra consideración. La prueba son esos puntos comunes estratégicos que los configuran como un tándem sistémico: militarismo por bandera (guerra de Irak, Afganistán y Libia); recortes sociales indiscriminados (decretazo, pensionazo y contrarreforma laboral); máxima tolerancia con las clases dominantes (salida antisocial de la crisis, favoritismo financiero, bancarización de las cajas de ahorros, fiscalidad regresiva, pasividad ante la evasión fiscal, etc.); políticas de exclusión que criminalizan la emigración (Ley de Extranjería, paralización de los Acuerdos de Schengen); abuso de posición dominante en la normativa electoral (desigualdad en el cómputo de escaños según la cuota de las formaciones, Ley de Partidos como apartheid ideológico); política energética pro-nuclear); corrupción (urbanismo, Gürtel, EREs); alegal financiación partidos; política educativa privatista y confesional; promoción y defensa de los derechos humanos restrictiva (recorte del principio de Justicia Universal); tutela activa del legado de la dictadura ( procesamiento a Baltasar Garzón, Ley de Extranjería como ley de punto final); y, por no hacer la relación interminable; acción exterior sin referentes éticos (olvido del pueblo saharaui) y sometimiento a los intereses de la iglesia católica (subvención al culto, observancia del Concordato de 1979, prohibición de manifestaciones de laicismo beligerante y jura y promesa de cargos ministeriales ante la cruz y el crucifijo).

Y lo siento por esos amigos y compañeros que temen primar a los ultras si optan por la abstención responsable o se resisten al inútil voto útil. En mi modesta opinión no estamos ante dos modelos alternativos, una derecha y una izquierda. Lo que yo veo es un mapa electoral de pensamiento único, que se reparte entre la extrema derecha del PP y la derecha extrema del PSOE. Y lo de extrema derecha lo pondría técnicamente en cuestión, habida cuenta de que esta España democrática es el único país de la Unión Europea donde los partidos de corte fascista que integraron el Movimiento Nacional de la criminal Dictadura son legales, y que sepamos hasta ahora ni el PSOE ni el PP han promovido leyes para prohibirlos. Además, contra el PP, como contra Franco, se lucha mejor: sus embestidas cargan las baterías de la izquierda ideológica y social. Algo que en el caso del PSOE opera al revés, porque como sus acciones son consideradas fuego amigo invitan a la desmovilización contemplativa y al desarme ético y civil.

Por no hablar de la patológica simbiosis que se observa en los comportamientos de sus principales líderes, cortados por el mismo patrón de sacar beneficio mercantil a su currículum público: un José María Aznar, ex presidente del gobierno por el PP, en la Endesa privatizada durante su mandato; un Felipe González, ex presidente del gobierno por el PSOE, en comisión de servicio para el hombre más rico del mundo, Carlos Slim, y en el consejo de administración de Iberdrola; un Rodrigo Rato, el negado director gerente del FMI que no vio venir la crisis y ha sido compensado con la presidencia de Bankia-Cajamadrid; y un ex jefe de la Oficina Económica de Zapatero, David Taguas, que se pasa con armas y bagajes de Moncloa a dirigir SEOPAN, la patronal de obras públicas. Ah, para nota, un José Luis Rodríguez Zapatero que ha nombrado director de la Comisión Asesora para la Competencia de Moncloa a quien fuera número dos con Aznar en FAES, Miguel Boyer.

Con lo que al margen de algunos aspavientos, piadosas mentiras y golosinas mediáticas, si tomamos el cartabón y la regla, aquí y ahora las diferencias están más en el continente (rancio en el PP y progre en el PSOE) que en el contenido (statu quo a tope en ambos).
De hecho toda la artillería antisocial utilizada por el actual gobierno socialista para la salida de la crisis provocada por sus amigos de las grandes finanzas (los que continuamente le perdonan deudas crediticias, según acaba de denunciar el Consejo de Europa en el último Informe Greco) se disparó con el apoyo del Partido Popular, una veces con el sí descarado de Rajoy, y otras con su indiferencia cómplice.

Por lo que hasta que no surja la necesidad sentida y de esa necesidad social, mayoritaria, pacífica y democráticamente asumida, surja a su vez la ruptura sistémica, no habrá cambio real en España sino distintos procesos de metabolismo integrador que siempre se cerraran con un avance legitimador de la cultura de derechas. El costroso atado y bien atado. Que es al final la traca que esconde ese movimiento pendular que nos invita a elegir entre la extrema derecha y la derecha extrema el próximo 22 de mayo. Alguien puede pensar que este análisis está lleno de prejuicios y perjuicios, que se hace a brochazos y que la realidad de la buena es menos atrabiliaria, que hay brotes verdes. Vale, aceptado.

Pero, para no cerrar con un portazo, demos un último veredicto sobre el asunto más trascendente que ha ocurrido a nivel político en los últimos años: el voto favorable del Constitucional a Bildu, acabando con una vergonzosa y fascistizante exclusión del derecho de participación de un sector de la ciudadanía al amparo de la Ley de Partidos facturada en su día por el PSOE. Ha sido una votación pírrica, salomónica, 6 votos a favor frente a 5 en contra, que ha abierto una brecha entre los tribunales de instancia y el de garantías. Pero lo mejor ha sido la postura oficial del PP y la del PSOE. El PP, meapilas y cutre como de costumbre, ha puesto el grito en el cielo y ha llamado al desacato. El PSOE, más cuco y proceloso, ha dicho que la acata después de haber lanzado a la Abogacía del Estado y a la Fiscalía del Estado a sabotearlo con la patraña de ser una bandera de conveniencia de ETA. Como dijo el ahora liberal Rubalcaba cuando Interior denegó la inscripción de Sortu en el registro del ministerio y Jesús Eguiguren, presidente de los socialistas vacos y abanderado de la distensión con el soberanismo abertzale denuncio la falta de valentía de Zapatero en el proceso.

La diferencia está en la masa.

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