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Crónicas de un pueblo: ladrones de vacunas

Miguel Hernández Alepuz

En 1970 el almirante Carrero Blanco le encargó al Director General de Radiodifusión y Televisión, Adolfo Suárez, una serie que trasladara a la televisión “de manera didáctica el Fuero de los Españoles”, es decir, que hiciera propaganda del régimen. Recordemos que en ese momento histórico por primera vez estaban entrando esos aparatos en las casas de millones de hogares. Era esa época en la que en los pueblos donde no había ninguna televisión se creaban teleclubs para no quedar “desconectado” del mundo. La serie se llamó Crónicas de un pueblo, y en ella aparecía una visión idílica de la España franquista. Los hechos transcurrían en un pueblo cualquiera de esa España rancia y casposa, pongamos Puebla Nueva del Rey Sancho, por supuesto nombre ficticio, y en ella aparecían como protagonistas el señor cura, el señor alcalde, el señor cabo de la guardia civil, el señor médico, el señor farmacéutico y el señor señor veterinario. Todos señores, todos hombres, todos con autoridad, todos muy sabios y virtuosos. Es lo que durante siglos se ha llamado por estos pagos las “fuerzas vivas” del pueblo. Los conflictos que surgían, algunos ridículos, ninguno de gran enjundia, eran a la postre solucionados por estos próceres. En cada capítulo se trasladaba el mensaje ideológico pertinente bien claro para que a nadie se le escapara y el final feliz estaba garantizado. 

Pocos años después, el Estado español lavaba su cara, se vestía con un traje democrático y se incorporaba a Europa. Incluso organizaba Expos y Olimpiadas. Ya éramos como los demás, incluso mejor en muchas cosas. Así nos lo querían y quieren hacer creer. Pero aunque la mona se vista de seda mona se queda. La realidad nos demostraba, y nos demuestra, día a día, lo contrario. Entre los que se han colado en el protocolo de vacunas hay políticos, curas, militares y miembros de la justicia, todos señores y señoras, todos con autoridad. Hay algunos más, claro, gente de su entorno, familiares y amigos, pero es gracias a la autoridad de los cargos que ostentan, a su mando en plaza, como han conseguido acceder a las vacunas a su antojo. 

Si en un comercio o un edificio administrativo viéramos que en una cola una persona joven se salta su turno por delante de una persona mayor nos parecería lamentable e indignante. ¿Qué pensaríamos de ese sujeto? ¿Qué nos diría ese acto de su catadura moral? Sin embargo, sólo le habría robado unos minutos de su vida. Pero en el caso de las vacunas no le está robando unos minutos a una persona mayor sino que puede que les esté condenando a muerte a varias de ellas. El índice de letalidad de este virus aumenta de manera acelerada con la edad, pero a estos próceres del siglo XXI no les importa. Incluso algunos tratan de justificarse y se aferran a sus “responsabilidades”. Los políticos han jurado sus cargos ante la sacrosanta Constitución y supuestamente representan a sus pueblos respectivos, pero se olvidan de sus personas vulnerables sin problemas. Incluso un consejero de sanidad, y para colmo médico, dijo públicamente que no le gustaban las vacunas. Los curas dicen que creen en el más allá y en el castigo eterno, pero por si acaso se vacunan antes que algunos que les superan en edad o que están cuidando a enfermos con grave peligro de su salud. Los altos mandos militares presumen de que todos son soldados, pero envían a algunos sin vacuna a Rumanía mientras que ellos disponen de sus vacunas desde sus despachos. Los representantes de la justicia parece ser que creen que esto es legal y justo. Nos quieren convencer de que no sabían que se habían saltado el protocolo, que no han hecho nada malo, que les obligaron, que sobraban dosis y que si no se las ponían precisamente ellos se perderían, pero todos los hicieron a escondidas. ¿Si realmente piensan que no hicieron nada malo por qué no lo dijeron públicamente? ¿De verdad van a seguir en sus cargos? Algunos han dimitido por la presión mediática, pero la mayoría no. ¿Van a seguir siendo nuestros “representantes”? ¿Van a seguir viviendo de nuestro dinero? No solo se irán de rositas, sino que les pondrán las segundas dosis. 

El ultraderechista alcalde de Madrid incluso se atrevió a proponer que se vacunara primero “a las altas magistraturas del Estado” porque “no podemos quedarnos descabezados” (sic). Pero, ¿quién fue considerado como personal esencial cuando el país estaba en confinamiento domiciliario? ¿El rey, la cúpula militar, el Gobierno, el Consejo General del Poder Judicial, la Conferencia Episcopal, o los que tenían que trabajar en esos momentos eran trabajadores sanitarios, camioneros, agricultores, personal de supermercados, etc? ¿Quién es de verdad imprescindible? ¿Quién arriesgó su vida en esos momentos históricos? ¿Quién lo hace hoy?

Nos dicen cada día que creen en la ley, en el orden constitucional, en los valores democráticos, en su dios, blablabla, pero han demostrado, por si todavía hacían falta más pruebas, que es mentira, que ellos son los primeros que no creen en nada de lo que dicen creer. No obstante, tienen mucho interés en que nosotros sí que creamos en todo esa porquería. Desgraciadamente, muchos siguen actualmente con esa mentalidad secular que era muy anterior al franquismo, pero que este régimen no tuvo reparos en retratar y explicitar de manera “amable” en esa serie televisiva. 

Las ratas son las primeras que abandonan el barco. Lo de las mujeres y los niños primero es un mito. Primero ellos, para eso son nuestras “cabezas”. ¿Qué haríamos nosotros sin ellos? Y aún nos piden que sigamos creyendo en todo lo que les sostiene en su posición de privilegio, de poder, de riqueza, de autoridad. Repito la pregunta: ¿quién es imprescindible? Y, por tanto, ¿quién es prescindible?

 

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