El atentadito

Desde la franja de Mieres

Abel Ortiz

Pude matar a Franco y no lo hice; no se si pedir perdón. Dilema moral.

Se presentó la oportunidad en 1973 cruzando el puente de Medina de Rioseco. La guardia civil sacaba los coches a la cuneta habilitando un carril de sentido único por el que discurría la escolta, el despliegue militar y el buga blindado del generalisérrimo, camino de Valladolid, capital, entonces, de la séptima región militar.

Era una tarde veraniega entre trigo y giganteas, en mis manos la pistola. Nunca había visto tantos guardias ni semejante variedad de uniformes. Miraban en el interior de los vehículos apartados y, como había calculado, me ignoraron. La carretera giraba 90 grados al enfilar el puente obligando al convoy a aminorar considerablemente la velocidad. Durante algunos segundos tendría en el ángulo adecuado al decrépito cerillita.

No me parecieron angustiosos los escasos minutos de la espera. Noté una aceleración en las pulsaciones cuando distinguí al objetivo. Había pocas dudas, solo faltaba un luminoso.

Cuando llegó a mi altura vi la ventanilla cerrada. Aún así vacié el cargador.

No ocurrió nada. Nadie se inmutó. Otro gallo habría cantado si hubiera utilizado munición real. Habría ayudado también no comprar el arma en un kiosko. Hice lo que pude. Tenía siete años.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies