19 de julio de 1936: 83 años manipulando la memoria histórica

Artículos Perecederos

Antonio Pérez Collado

No, no me he equivocado en la suma. No quiero hablar de los 40 años de silencio impuesto por la dictadura franquista; o por lo menos no hablar en exclusiva de esa negra etapa. Me propongo denunciar también los posteriores 43 años de verdad oficial patrocinada por los historiadores de izquierdas y los partidos políticos que muchos de esos intelectuales e investigadores toman como referencia.

Del oscurantismo y la represión que sucedieron a la victoria de los militares fascistas, la oligarquía nacional y la cúpula de la Iglesia católica en 1939 nunca se dirá lo suficiente. Es necesario seguir abriendo archivos y fosas comunes; recuperar la memoria y los restos de los vencidos, su historia personal y colectiva.

En la segunda etapa, la que va de 1975 a nuestros días, la cosa es todavía más sorprendente y no menos denunciable. Construir un relato donde el gobierno de la II República encarna todas las virtudes y es el depositario único de los valores y realizaciones de todo un pueblo no deja de ser otra manipulación, no por sutil y disimulada menos canalla que la de los cronistas del régimen anterior.

Por supuesto que la agresión, el golpe de Estado, vino de Franco y sus secuaces, eso es incuestionable. Tan irrebatible como que el gobierno legal y legítimo era el republicano. Y tan irrefutable como que las potencias europeas y las democracias antifascistas abandonaron a su suerte al primer país que se enfrentaba al fascismo.

Otra cosa muy distinta es si esa república, burguesa al fin y al cabo, fue el modelo idílico que ahora se nos quiere vender, incluso por aquellos partidos que, a la muerte de Franco, negociaron con sus sucesores para pactar una transición/transacción donde quedaba aceptada la monarquía como forma de gobierno.

A partir de aquel momento se recupera superficialmente una versión de la historia donde el gobierno, el ejército y los intelectuales de la república son protagonistas de una lucha épica contra los sublevados, que acaba con la derrota y el exilio del bando republicano. Pero decir “republicano” es una forma de simplificar las cosas y dar por sentado que todas aquellas gentes que tomaron las armas contra los militares golpistas eran republicanos convencidos. Por hacer conversos, hasta los milicianos anarquistas que entraron como avanzadilla en París son transformados en republicanos por ese nuevo historicismo democrático.

Lo cierto es que en el Frente Popular -el triunfador en las elecciones del 36- había socialistas, comunistas, republicanos y otras corrientes. No menos verdad es que la mayor fuerza social eran los sindicatos obreros, y que los anarcosindicalistas formaban el núcleo central de la corriente revolucionaria que en la mañana del 19 de julio empujó al pueblo a tomar las armas en las principales ciudades, derrotando a los militares rebeldes e iniciando un proceso de cambios profundos que acabaría en mayo de 1937 con el ataque de las fuerzas republicanas a la Telefónica de Barcelona, controlada por los trabajadores como la mayoría de la economía de la zona leal, y la puesta en marcha de medidas gubernamentales para disolver las colectivizaciones y militarizar las columnas populares.

Para la historia oficial de la izquierda dichos sucesos fueron medidas necesarias para poner un poco de orden en el bando republicano y acabar con los experimentos estériles y el desorden propio de los anarquistas. Tampoco parece que existieron para estos profesionales tan poco objetivos la matanza de Casas Viejas, la represión contra la revolución de Asturias, los asesinatos de Andreu Nin, Camilo Bernieri y otros muchos revolucionarios por parte de la policía política del nuevo régimen ni la disolución a tiro limpio de las colectividades de Aragón.

El papel de la CNT y del anarquismo en general se ha procurado ocultar y, como era imposible esconder totalmente las realizaciones de la clase trabajadora organizada, posteriormente se ha construido un discurso partidista en el que el gobierno de la república y los intelectuales con carnet de los partidos de izquierda quedan como los protagonistas de esa revolución fallida.

Por eso hoy, 83 años después, sigue pendiente la recuperación de la historia real, de los proyectos levantados en cada pueblo y en cada fábrica, de las mejoras impulsadas por los trabajadores en el transporte, la industria, los servicios y la agricultura, de la revolución experimentada en la cultura, el arte, la enseñanza o la sanidad… de todo lo que la población trabajadora fue capaz de crear de forma autogestionaria, al margen -o en clara oposición- a los designios de las instituciones gubernamentales. De esa revolución, que se estudia en muchas universidades del resto del mundo, es de lo que tienen que hablar los historiadores españoles para romper definitivamente con el largo período de manipulación iniciado por Franco y sus académicos fascistas.

Antonio Pérez Collado

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