Bin Laden: la fórmula del sicario

El Vaivén de Rafael Cid

Rafael Cid
Rafael Cid

La muerte de Bin Laden, presunto cerebro de horribles masacres por todo el mundo, desde Nueva York a Madrid, no es tal, es un asesinato con la técnica de los sicarios, matar al asesino para borrar toda posible indagación que pueda llevar a esclarecer los hechos ante un tribunal. Entonces y sólo entonces se podría hablar de algo parecido a justicia, que es la expresión que ha utilizado el declinante presidente Obama para dar la noticia al mundo de haber “vengado” a América. Los ciudadanos que durante estos últimos años han sufrido la embestida de un terrorismo sin rostro, tienen derecho a saber lo que había detrás de esa hermética fachada de Al-Qaeda y de la figura siempre enigmática de un Bin Laden que pasó de ser una eficaz marioneta de la CIA contra los soviéticos en Afganistán a Enemigo Público Número Uno global.

Bin Laden no ha sido detenido y llevado ante la justicia, aunque según lo sabido de la actuación de las tropas de élite norteamericanas que han acabado con su vida podía haberse hecho, dada la relativa facilidad con que sus (no) captores desarrollaron el operativo contra el hombre más buscado del mundo. Y no sólo eso, a la espera de informaciones que nos desmientan, se ha borrado todo rastro que pudiera probar fehacientemente su identidad ante la opinión pública. Sepultarle en el mar, en un lugar no determinado, como hacían los coroneles de la dictadura argentina con sus víctimas narcotizadas, es la manera mafiosa de poner punto final a una historia cuya transparencia, con luz y taquígrafos, podría poner en aprieto a gente importante.

Así Bin Laden se ha llevado su secreto a la tumba, no hay cuerpo del delito ni testigo de cargo. Su exterminio sin dejar huellas significa que se ha optado por la misma solución que ante los casos del asesinato de Kennedy o Martin Luther King, magnicidios hurtados a la acción de la justicia porque sus supuestos responsables probaron a su vez la misma medicina que a ellos se les atribuía, siendo eliminados por oportunos vengadores espontáneos que burlaron la vigilancia policial. La misma macabra técnica que utilizan los cárteles del narcotráfico para sus contratos más importantes: el asesino mata a su presa y el sicario a su vez recibe una certera bala de un segundo contratista para no dejar pistas.

Otro enigma para la historia en plena sociedad del conocimiento y un triunfo de la propaganda.

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