Un siglo de la jornada laboral de 8 horas

Artículos Perecederos. Antonio Pérez Collado

No hay año que no venga cargado de conmemoraciones; unas más celebradas que otras, estas ensalzadas hasta el tedio, aquellas otras mantenidas en el olvido, para que no recordemos. Por eso, porque no será materia de grandes exposiciones y congresos oficiales, es obligado decir que en 2019 se cumplen cien años del comienzo de la conocida como huelga de La Canadiense con la que, tras 44 días de un conflicto que prácticamente paralizó toda la economía catalana, la CNT y los trabajadores movilizados solidariamente conseguían que el Gobierno español decretara, por primera vez en el mundo, la implantación legal de la jornada laboral de 8 horas en todos los sectores. Antes, en 1886, otros anarcosindicalistas en Chicago habían pagado con su vida por el inicio de la lucha en demanda de esa reducción del tiempo de trabajo. Fue el detonante para que las 8 horas se fueran reglamentando para algunos ramos y profesiones de EE UU y Australia. Poco a poco la reivindicación triunfó en todo el mundo industrializado y el 1º de Mayo se siguió celebrando hasta hoy en recuerdo de aquellos pioneros.

Que se despreocupen de nuestra memoria social no obedece a la desidia de las instituciones que guardan y sacan brillo a los personajes y hechos históricos; es una táctica estudiada que, sin duda, a las castas opulentas les está resultando muy beneficiosa. Si la clase trabajadora olvida que un siglo atrás ya tenía derechos que ahora le son negados, pues será más fácil que se resigne y se desahogue en el próximo partido del equipo de sus entrañas, contra el árbitro de turno, en lugar de en la puerta de la fábrica, contra los atropellos del patrón de siempre.

Han pasado muchas cosas y mucho tiempo desde aquel 5 de febrero de 1919 en que los trabajadores de la sección administrativa de la compañía Riegos y Fuerzas del Ebro (más conocida como La Canadiense, por ser de capital norteamericano) se pusieron en huelga contra una rebaja salarial y por la readmisión de varios obreros despedidos. Rápidamente el paro se extendió a toda la empresa, y después al suministro del gas, el transporte, el textil, la prensa y el resto de ramos. La represión fue muy intensa: miles de obreros despedidos y detenidos, declaración del estado de guerra y participación del ejército en la persecución de huelguistas. Todo fue inútil ante la unidad y la fuerza del naciente movimiento obrero ibérico; se readmitió a todos los despedidos, se mejoraron salarios en varios sectores y se logró el compromiso que arrancaba la jornada de 8 horas en toda España.

Es triste pero lógico que un joven, con más tiempo en el paro que en trabajos esporádicos a través de ETT, y con unos sueldos que hoy nos hacen añorar la época del mileurismo vea –si tiene la improbable oportunidad de que alguien se lo quiera mostrar– como batallitas galácticas de los omnipresentes videojuegos estas historias no tan lejanas de su propia clase social y país. Recordar, por tanto, que no siempre fue así; que se pueden cambiar las cosas si se lucha, que la unidad nos hace fuertes y que si no defendemos los derechos los perdemos irremediablemente, es una tarea pendiente para una izquierda que se asombra de que la gente –tras 40 años de oír promesas incumplidas– ya no crea en nada.

Antonio Pérez Collado

CGT-PV

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