El sudoku chino

Rafael Cid
Rafael Cid

El Vaivén de Rafael Cid

El centro de gravedad del mundo cambia. En 2016 vaticinan que la primera economía del planeta será la china, superando a Estados Unidos, que agota así el tiempo de descuento que disfruta desde la caída en el periodo 1989-1991 de la en otro tiempo rival Unión Soviética. Pero eso no significa progreso, es ante todo crecimiento material, y ello incluso con zonas de exclusión. La prueba es que quienes están llamados a tomar la alternativa no son para nada un ejemplo de democracia ni se distinguen por el respeto a los derechos humanos.

China como Estado Ballena que domina el orbe con su acaparamiento de divisas en dólares es una sociedad desestructurada desde un poder que emplea los peores mimbres del comunismo y del capitalismo, salvajes ambos. Autoritarismo, jerarquización y control espartano (la política de un solo hijo como paradigma penal) se ha combinado con la más cruda y stajanovista competencia de los mercados, hasta convertirle en un coloso canalla, con un politburó endogámico al mando, al que ningún país se atreve a llevar la contraria. Sus reservas monetarias, fruto del sacrificio de varias generaciones (producir sin consumir, vender sin comprar, sobrevivir) y la potencialidad de sus mercados, son el suculento anzuelo ante el que danzan a coro todos los gobiernos.

Cuando China despierte, se decía en tiempos, pensando en el contagio revolucionario que su ejemplo de país donde el socialismo real había culminado su periplo podría significar para otros pueblos oprimidos. Pero como suele ocurrir la realidad ha superado a la ficción, y aquel desvelo se ha convertido en más de lo mismo pero en dosis de empacho. Finalmente, dándole una vuelta de calcetín a la famosa película del italiano Elio Petri, la clase obrera no va al paraíso. Al capitalismo seudo-liberal de Estados Unidos sucede el megacapitalismo de cuartel de China.

Las brutalidades de Tiananmen, la ocupación del Tíbet, las deportaciones masivas de campesinos y el hostigamiento a sus heroicos disidentes internos, no merecen más que un apunte a pie de página en la agenda mundial. La comunidad internacional está de facto satelizada por sus encantos financieros. España en primer tiempo de saludo. Somos hospitalarios con sus nacionales en nuestro territorio, en una proporción que no se cumple con otras inmigraciones mal avenidas. Hemos renunciado al principio de Justica Universal para huir del compromiso que la denuncia sobre la sangrienta represión en el Tíbet ante la Audiencia Nacional representaba. Y el presidente del Gobierno Rodríguez Zapatero ha tenido que rectificar la promesa de una masiva inversión china en las famélicas cajas de ahorro tras girar una visita mendicante al gigante asiático.

Pero nada nuevo bajo el sol. El sorpasso de Pekín, igual que el de la Alemania nazi, (mutatis mutandis) se basa en una movilización general de sus recursos de tipo keynesiano. Keynesianismo militar en el supuesto germano y paramiilitar de uso civil en el chino. Uno pretendía comerse el mundo al paso de la oca y el otro lo ambiciona con el talonario de cheques. El problema, siendo el caso de China de una magnitud incomparable, es que lo que está en juego no es tanto una cuestión de tamaño como la sumisión ante los señores del dinero, estén donde estén y caiga quien caiga. Y en esto, como en tantas otras cosas chusqueras, el socialismo español crea tendencia. El besamos al régimen de Qatar, una monarquía absoluta que figura en el ranking negro de Amnistía Internacional por sus vulneraciones (penas de flagelación, discriminación femenina, delitos de blasfemia con cárcel, ejecuciones, etc.), pasando el platillo de la deuda por su contribución a la guerra de Libia, ha sido su última actuación. Y es que, como reconoció el siempre inefable José Bono ante el caníbal ecuatoguineano, con los de la pasta gansa < es mucho más lo que no une que lo que nos separa>.

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