Estación Finlandia, destino Bruselas

finlandiaEl Vaivén de Rafael Cid

Los medios de comunicación han dado la voz de alarma: ¡qué viene la extremaderecha! La victoria del partido Verdaderos Finlandeses en el país nórdico ha suscitado una curiosa injerencia humanista por parte de los medios de comunicación. Los mismos que callaron la burbuja inmobiliaria-financiera (como los economistas, tampoco la supieron prever), maquillaron sus consecuencias y justificaron el expolio cometido con los ciudadanos para dar una salida neoliberal a la crisis neoliberal (si no quieres caldo, dos tazas como purga) se mesan ahora los cabellos ante la arremetida finesa. Con indisimulada afectación, desde las primeras páginas de los periódicos, nos convocan (habla pueblo, habla) a defender la utopía de la Europa de los derechos y las libertades ante la supuesta ofensiva ultra.

Y claro, uno sospecha que forma parte del guión a que nos tienen acostumbrados los mantenedores el statu quo. La sin duda notable victoria de los nacionalistas no tiene mucho mérito. Era previsible. Si el contexto político de la crisis que ha provocado la mayor involución social que se recuerda desde la Segunda Guerra Mundial ha pivotado sobre el consenso y la omertá de conservadores y socialdemócratas para que los platos rotos los paguen los trabajadores, es lógico que el “lucro cesante” lo administren los partidos que se han opuesto al saqueo.

Digámoslo claro, la derecha populista tiene en estos momentos más capacidad de acción política porque la derecha, el centro y la izquierda del sistema han puesto una alfombra roja a sus pies. Ellos y sólo ellos la han traído en volandas. Su sumisión a los mercados, la traición a sus programas y a sus principios, en el casos de la socialdemocracia, premiando a los corruptos y cargando la factura de los planes de austeridad sobre sus damnificados, está haciendo posible la llegada de formaciones antieuropeistas y xenófobas. En España, quien mece la cuna que llevará al PP al poder es el PSOE en primer tiempo de saludo.
No es la única vez que desde el estallido de la crisis los electores castigan a los gobiernos que han estado apoyando a los saqueadores. El primero en aplicar el rodillo electoral fue Grecia, dando el poder al PASOK, que llevaba en su programa el rechazo de los planes impuestos por Bruselas aunque luego traicionó a sus votantes. También el pueblo de Islandia dijo “no” reiteradamente a los políticos que pretendían endosarle la deuda de los bancos privados. Más tarde Irlanda con más delo mismo y una abstención notable. Y recientemente ha sido Portugal quien ha visto como se formaba una pinza parlamentaria (¿contra natura?) para desalojar a los socialistas que pretendían implementar el “azufre social” decretado por los mercados contra asalariados y pensionistas. Aunque al final, incidiendo en el ejemplo antidemocrático de sus colegas griegos, han consumado su abdicación ante Bruselas aún estando el gobierno Sócrates dimitido y con fecha para unas nuevas elecciones.
Por tanto, menos aspavientos, Caperucita: el lobo eres tú y solamente tú. Además, no tengan miedo. Todo está controlado. Los recién llegados no son antisistema. No hay más que ver la fe que tienen en las elecciones. Son gentes que buscan su hueco para ganar escaños. No hay vacío de poder, que es lo único que de verdad temen los que mandan. La política del sufragio es un péndulo interminable que siempre reposa en el centro. En ocasiones, cuando los referentes dominantes se agotan por defender descaradamente el statu quo, puede que los extremos adquieran algún protagonismo. Pero sin mayores consecuencias. A la larga todo vuelve a su ser y aquí paz y después gloria. Chantal Mouffe lo tiene escrito en su libro La paradoja democrática,
Pero, insistimos, no son antisistema., sino derecha populista y demagógica. No quieren transformar la sociedad, ni son decrecientitas, ni anticapitalistas. Son uno de los suyos, aunque a veces ni ellos ni los suyos lo sepan. Quieren mandar. Tienen los mismos valores patrióticos que sus desbancados ultraeuropeístas de mercado. De los que, salvo en su apuesta porque la crisis de los ricos la paguen los pobres, no se diferencian mucho. De hecho, al mismo tiempo que los media alertaban del peligro xenófobo que significaba la estampida del partido Verdaderos Finlandeses, el civilizado Sarkozy cerraba las fronteras para impedir la entrada de inmigrantes desde Italia y la UE aplaudía. Schengen es sólo una bandera de conveniencia. Como el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, y la prohibición de subvencionar a empresas privadas por parte de los Estados. Únicamente les duele que los recién llegados vendan caro su plato de lentejas y obliguen al gobierno entrante en Finlandia a vetar el rescate de Grecia en el monopoly de Bruselas.

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