La sociedad contra el Estado, al fin

Rafael Cid
Rafael Cid

El Vaivén de Rafael Cid

Hablar de uno mismo, aunque sea en el orden de las ideas, siempre es una horterada. Pero guión obliga. Porque las múltiples crisis (políticas, económicas, financieras, sociales, éticas y medioambientales) que gravitan sobre el sistema están demostrando lo acertada de la histórica aversión del anarquismo al Estado. Ha bastado una situación de emergencia generalizada para que el artefacto Estado, tan bendecido por conservadores y radicales, rojos y azules, haya mostrado su bruñida calavera: como imagen filantrópica para la gente en tiempos de normalidad y como espadón de los poderosos para el control social en momentos de excepción. El Estado Leviatán de Hobbes puesto al día al servicio del dinero.

En este sentido, el rescate de Portugal por un gobierno en funciones resulta paradigmático. De nada ha servido la voluntad general expresada mayoritariamente en el parlamento votando “no” a las contrarreformas propuestas por el ejecutivo socialista. Disueltas las cámaras y convocadas nuevas elecciones, con la rotunda falta de legitimidad que otorga ser el presidente del gobierno saliente, José Sócrates ha aprovechado el vacío democrático para solicitar en nombre del pueblo portugués el rescate a Bruselas, sin importarle que ese pueblo le acababa de decir “no” en el parlamento y le había refutado multitudinariamente en la calle por patrocinar la brutal purga exigida por los mercados. Y como la acción unilateral del mandatario socialista tiene todos los visos de un “autogolpe de Estado”, y su encaje en la normativa comunitaria se antoja espurio, los gurús del ECOFIN han pontificado que se trata de un acuerdo con el Estado portugués y no con su gobierno.

Desde que la moneda única empezó a rodar entre los países de la Unión Europea, nunca se había dado un ejemplo más canalla de lo que significa la pérdida de soberanía de una nación. El pueblo no cuenta. Su parlamento tampoco. Son organismos internacionales off shore, no votados por los ciudadanos de los países afectados, los que pueden decidir sobre su futuro en una versión sui generis de la injerencia humanitaria. Un vuelco espectacular en el principio de subsidiaridad que nos revela una UE sometida al capricho de una nomenklatura enfeudada a los intereses de las grandes finanzas. Algo sabíamos de esa deriva desde el momento en que los referendos negativos sobre la Constitución alcanzados en Holanda y Francia fueron abortados mediante maniobras de ingeniería jurídica de nula entidad democrática.

Y han sido los grandes bancos, los mismos que están en el origen de la crisis que asola a medio mundo, los que han actuado de verdugos del pueblo portugués para justificar el rescate. Esos financieros que durante estos años de crisis han hecho su agosto recibiendo dinero barato del Banco Central Europeo (BCE) para ofrecérselo al Estado luso a mayor precio (el BCE no puede financiar directamente a los Estados) son los “brutos” de nuestra tragedia. Al negarse a seguir asumiendo deuda soberana con la excusa de que los altos tipos de interés alcanzados problematizaban su cobro futuro, han entregado a Portugal a los inquisidores. Con lo que ahora, aprobado el rescate por Bruselas con el dinero de todos los ciudadanos europeos, esos mismos bancos usureros y cleptómanos tendrán garantizada su cartera. Todo porque, como Luis XIV, el Estado son ellos.

Una imagen que a los españoles no debe sorprendernos, acostumbrados como estamos a ver al gobierno socialista correr a recibir órdenes de la plana mayor del empresariado y aceptar consejos políticos de Emilio Botín, el presidente del Banco Santander, en lo que iconográficamente la opinión pública admite como un gobierno bicéfalo PSOE-BSCH.

Pero el Estado tiene arreglo. Basta con ignorarlo sometiéndole al mandato del pueblo soberano. Como han hecho en Egipto y Túnez sus respectivas ciudadanías, sin esperar a recibir órdenes de las autoridades, autogestionando la realidad y dejándose de gaitas, predicadores y salvadores patrios. Siguiendo el ejemplo pionero del admirable pueblo islandés que ha dicho “no” en dos ocasiones seguidas a las pretensiones de sus políticos para que se prorratee entre la gente la deuda contraída por su banca privada, haciendo cierto eso de que “la crisis la paguen los capitalistas” que aquí coreamos sin sustancia. Metiendo en la cárcel a sus responsables y reclamando una nueva constitución que evite el latrocinio del pueblo por el Estado. Ojo, mientras en Grecia e Irlanda, los rescates impuestos no han saneado la economía, la fórmula islandesa de “quien la hace la paga” ha hecho que el país crezca ya al 3%.

Un ejemplo a seguir, sobre todo en España, el único país de la Unión Europea que tiene un índice de paro superior al 20 por ciento de la población activa. Donde los banqueros se atreven a ignorar olímpica e impunemente condenas de cárcel e inhabilitación dictadas por el más alto tribunal de la nación porque saben que el Estado les pertenece y el gobierno proveerá el indulto de los grandes corruptos para que la crisis la paguen las víctimas.

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