Zonas de exclusión y humanismo militar

Rafael Cid
Rafael Cid

El Vaivén de Rafael Cid

Durante la guerra fría, el tiempo en que las superpotencias se miraban de reojo, los ciudadanos del mundo estuvieron sometidos a una especie de cuarentena permanente. Las ojivas nucleares de Estados Unidos y la Unión Soviética, capitalismo de Estado versus socialismo de Estado, crepitaban impacientes en sus lanzaderas por si acaso. Los usos bélicos de la energía nuclear, que luego se blanquearía como energía limpia en el entorno civil–“no emiten CO2”, dice el eslogan del Foro Nuclear-, demostraban su devastadora musculatura con un derroche económico único en la historia de la humanidad para hacerse valer. El resultado: dos sociedades calco, que aunque se presentaban distintas y distantes eran hijas de la misma patología. Autoritarismo, explotación y dominación por razones de Estado, cada una a su manera, dieron como colofón idéntico monstruo: el Estado como ogro filantrópico. La función crea el órgano.

Al derrumbarse como un castillo de naipes el “muro de Berlín” y tras él suicidarse la Unión Soviética, demostrando que torres más altas han caído, se dio paso a la tecnología civil en el uso pacífico de la energía nuclear. Fabuloso negocio que supone inversiones de miles de millones de euros que, como era de espera, las multinacionales no podían dejar de aprovechar. Y a pesar de que sendos accidentes en Estados Unidos (Harrisburg) y la URSS (Chernóbil) anticipaban el fin de sus ideologías y el poco apego que tanto el modelo capitalista como el socialista (realmente existente) tenían hacia la seguridad (ellos que habían basado el despliegue balístico intercontinental en el paradigma de la seguridad), el mundo globalizado por y para el mercado pasó a ser la tierra de promisión de las grandes corporaciones del átomo. Y a la nueva era la llamaron el “fin de la historia”.

Golosinadas las antiguas tecnologías de doble uso como la nueva frontera de la globalización donde toda codicia tiene asiento, los grandes de la tierra se vieron libres y justificados para recoger la sustanciosa cosecha que durante decenios habían sembrado como baluartes del llamado mundo libre. Bastó el tobogán de la crisis del petróleo de 1973-1979 para descarase y poner en marcha la agenda oculta que los estados mayores del Capital y del Estado guardaban en sus arsenales. Entonces y sin previo aviso devino la sociedad del riesgo. El mundo unilateral se hizo hostil para los ciudadanos, el pico del petróleo pasó el testigo al negocio nuclear, la sociedad del bienestar empezó a cuestionarse por su elevado coste económico y la narrativa posmoderna del choque de las civilizaciones hizo el resto. Austeridad como receta convivencial, regresión frente a progreso, desempleo estructural y energía nuclear se izaron como flamantes banderas de conveniencia mientras se alcanzaban cotas nunca vistas de desigualdad social. Al proyecto placebo de sociedad inclusiva cantada por los bardos del sistema sucedía la sociedad de la exclusión. La fiesta había terminado casi antes de comenzar.

De ahí al establecimiento de auténticas zonas de exclusión, legales (y a su manera legítimas in vigilando) había un paso, que se ha dado con todas las consecuencias nada más alumbrar el siglo XXI. La primera zona de exclusión es la que ha provocado la crisis económico-social desatada por la ambición sin límites de las grandes finanzas y sus apoyos en los gobiernos neoliberales, que no son sólo los que ostentan la marca de fábrica sino también aquellos que han ido de socialdemócratas-tercera vía por la patilla hasta que les han llamado al orden (poderoso caballero). Ese apartheid se ha cobrado ya cerca de 50 millones de desempleados en todo el mundo (a sumar al triste promedio de rutina), cebándose en países cuya clase empresarial tiene aversión a la inversión y propensión a la subvención del gratis total y al rentismo fácil (en España la cota de paro pasa ya del 20% de la población activa), cebándose sobre todo en la juventud, las mujeres y los inmigrantes. Y todo con la promesa de un mundo peor y las miras puestas en la resignación de una ciudadanía despolitizada por los medios de desinformación de masas que evitan llamar a las cosas por su nombre permitiendo institucionalizar el expolio urbi et orbi. Todo por la patria como siempre, y por su cartera. La bolsa contra la vida.

La segunda gran área de exclusión es la que dramáticamente ha surgido a raíz del accidente nuclear en la central nuclear japonesa de Fukushima y las mentiras de destrucción masiva con que tratan de encubrirle. No fue una catástrofe natural. Lo ha reconocido la propia OIEA. Se pudo haber evitado. Tampoco un suceso provocado por los terremotos y el tsunami. Igual que la crisis económica se pudo haber evitado, como ha admitido también la comisión de investigación del Congreso de Estados Unidos. El shock nuclear ha sido debido a la irrefrenable codicia de las multinacionales energéticas que condicionaron los niveles de seguridad según la tarifa de inversiones. Y aquí de nuevo hubo agencias privadas de calificación de riesgos (las Mod´ys de turno) que concedieron a Fukushima la triple A del sector, e instituciones y buena parte de la comunidad científica que secundaron la patética mascarada.

La eterna cantinela del mercado autorregulado y todo bajo control. Toxico mortal es el hongo radiactivo de Fukushima y tóxico letal la burbuja de las finanzas especulativas y el expolio de los recursos públicos consiguiente. Aunque digan que no hay que “actuar en caliente” y tachen de alarmista a todo un comisario de energía de la Unión Europea (UE) cuando habla sin pelos en la lengua de apocalipsis. El plutonio va a formar parte de las vidas de los japoneses, y a lo mejor no sólo de los japoneses. Hablamos de crímenes económicos contra la humanidad que hasta la fecha no tienen un Tribunal Penal Internacional que juzgue responsabilidades por encima de las cortinas de humo que los propagandistas del sistema y sus coaligados lanzan con tanta soberbia como puntería. Sin pensarlo dos veces y caiga quien caiga.

Porque la exclusión aérea decretada por la ONU a la Libia de Gadafi no es la principal nota discordante de la actualidad. Aunque a la luz de los hechos parezca que el tirano Gadafi, como ETA, puede matar pero no mentir. Ahora resulta que la CIA también sostiene como Gadafi que junto a los insurgentes hay grupos de Al Qaeda. Pero claro, es la letra pequeña de esa “guerra justa”. Otras guerras igualmente sucias no pasan de una simple mención en los periódicos digitales, sin alcanzar el honor de ir a las portadas de papel porque son de “uno de los nuestros”. Como esa noticia que el martes 29 asomaba en la edición electrónica de El País: “EEUU pide disculpas por los crímenes de sus soldados “, en referencia a los “civiles que ellos han matado por diversión y otro tipo de abusos” en el martirizado Afganistán.

Una vez más hay que recordar a León Tolstoi y su identificación del factor humano en la primera línea de Ana Karenina: “Todas las familias felices son parecidas; cada familia infeliz es infeliz a su manera”.

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